
Aunque esté en estas paredes de piedra, me siento libre…
porque he descubierto al hombre dentro de mi
Fiodor Dostoievski
Estuve pensando qué contarles sobre nuestra vivencia como rehenes de un régimen brutal, sin caer en el morbo de los detalles sórdidos que el mundo suele reclamar. He decidido que lo mejor, por ahora es compartir con ustedes, los lectores de La Patilla, una de las tantas lecciones que rescaté de entre las sombras. Porque incluso en la penumbra, se aprende a ver.
Por Rory Branker / lapatilla.com
“Veintiséis años para un país son un suspiro, pero para una persona son la mitad de su vida”. Me lo dijo un compañero de celda mientras el tiempo se estancaba. Su voz nacía del terror, de esa lógica del prisionero que siente que el reloj es su verdugo.
Entendí entonces que el propósito de este estado policial nacido en 2024 no era solo encarcelar cuerpos; era encarcelar voluntades. Buscaban que racionalizáramos la violencia hasta que nuestras ideas se redujeran a la sumisión. Orwell lo vaticinó con una frialdad que hoy me hiela la sangre: “El Partido busca el poder por el poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; solo nos interesa el poder. […] El objeto de la persecución es la persecución. El objeto de la tortura es la tortura. El objeto del poder es el poder”. Querían que pensáramos como mi compañero: “Ríndete, porque la vida se te fue en esto”. Pero mi incompatibilidad con la rendición me recordó que hay algo que el tiempo no puede desgastar: La Verdad.
Mi compañero de celda fue procesado con la celeridad quirúrgica de una maquinaria diseñada para el martirio. Lo imputaron por ‘incitación al odio’ junto a dos supuestos cómplices que jamás había visto en su vida; de allí, lo enviaron a un resguardo policial donde el descanso es un lujo y se duerme de pie. Vi desfilar a decenas de inocentes bajo el mismo oscuro guión. Para muchos de ellos, la ‘Operación Tun-tun’ fue el eco final de la última vez que alguien tocaría a su puerta.
Al ser testigo de esa procesión de arbitrariedades, comprendí que el mayor error estratégico de mis captores fue precisamente este: capturar a un periodista activo de La Patilla. Nosotros somos, por naturaleza y por oficio, huesos difíciles de roer; una indigestión crónica para cualquier tiranía que pretenda tragarnos. Por eso, hoy tengo que contarles qué significa realmente para nosotros formar parte de este equipo.
La Patilla dejó de ser hace ya varios años solo un “outlet de noticias” para convertirse en un juramento. No ”nacimos” en 2010. Nuestra historia comenzó a principios del siglo pasado, con un hombre que entendió que la palabra era un látigo contra la tiranía.
Alberto Ravell (padre) fue el arquetipo del intelectual indómito. En su juventud, el Castillo de Puerto Cabello intentó quebrarlo con el peso de los grilletes gomecistas, pero solo lograron templar su acero. De la tortura física pasó al exilio en México, convirtiendo la radio en una trinchera inexpugnable. Su salud se consumió prematuramente tras décadas de sacrificio, pero nos dejó un legado innegociable: el periodismo no es solo información; es un instrumento de liberación civil.
Esa antorcha fue recogida por Alberto Federico Ravell, nuestro director. Curtido en el exilio desde niño y martirizado hasta hoy por el autoritarismo del siglo XXI, él es el arquitecto de nuestra resistencia. Heredó el apellido forjado en las mazmorras y lo transformó en una maquinaria mediática de impacto atómico. Posee un instinto animal para la noticia y una audacia que raya en la provocación. Han cerrado canales, confiscado antenas y bloqueado nuestras webs, pero no han entendido que no se puede silenciar a quien ha hecho del conflicto su hábitat natural.
En La Patilla no hay miedo porque conocemos nuestra genealogía que está enlazada con la historia de nuestro bravo pueblo. Por nuestras venas corre la tinta derramada bajo Gómez; por nuestras mentes fluyen las ideas que sacudieron la barbarie de Pérez Jiménez y nuestro ADN se hizo resistente a la crueldad sofisticada de Hugo Chávez y toda su abominable herencia.
En este engranaje de historia y coraje, me ha tocado ocupar un lugar que asumo como artesano. Me gusta pensar que mi labor no se define por los grandes titulares, sino por el compromiso silencioso de mantener encendida una pequeña lámpara en medio del apagón informativo.
A lo largo de los años, mi lugar ha sido la sala de redacción: ese laboratorio donde procesamos el caos para devolverle al país un poco de claridad. He trabajado hombro a hombro con Alberto Federico y mis compañeros, aportando la templanza y el rigor que requiere una trinchera editorial. Nunca busqué el foco; siempre me sentí más útil siendo el engranaje invisible que permite que la verdad no se detenga.
Recientemente, la vida me puso a prueba. Casi un año de privación de libertad no es una medalla de oro, es una cicatriz compartida con tantos otros que han pagado el precio con su integridad. Viví ese tránsito con la mayor serenidad posible, reafirmando una lección de humildad y Resolución Absoluta: somos piezas de algo mucho más grande que nosotros mismos. La cárcel no me hizo más importante; me hizo más consciente de la fragilidad de la libertad. Me enseñó a defender la verdad con mansedumbre, pero con una firmeza que ninguna reja puede doblar.
Hoy, sigo siendo un trabajador de la palabra. Mi satisfacción no nace de la fama, sino de la lealtad y de la confianza de quienes nos leen. Al final del día, solo aspiro a ser recordado como alguien que, en tiempos de ruido ensordecedor, prefirió la sobriedad del trabajo bien hecho. Alguien que, a pesar de las tormentas, nunca dejó de creer que contar la historia de Venezuela es un deber sagrado que se lleva con respeto y en silencio.
Pero basta de mí y de las centenares de historias que podría contarles; en nombre de la brevedad, prefiero cerrar estas líneas compartiendo el propósito verdadero de todo esta editorial dedicada a ustedes. Ocurrió durante la primera visita que recibí tras siete meses de desaparición forzada, cuando me encontraba “depositado” en La Fosa (Boleíta) y mi madre logró verme por primera vez.
Era cerca del mediodía del 14 de septiembre del año pasado. Me pidieron que me uniformara correctamente porque recibiría visita. Yo no estaba en las mejores condiciones; me arrastraba todavía bajo los efectos de lo que denomino “la mengua”, ese estado que solo puedo describir como la inanición del alma tras prolongados periodos de aislamiento extremo.
Nos reencontramos en un abrazo interminable. Después de explicarle mi situación y de secar sus lágrimas —mientras yo luchaba por disimular las mías—, hablamos de Dios y de las horas de oración que ella había dedicado a mi libertad. Su memoria ya no era la misma de siempre, pero su corazón logró comprender la magnitud demencial de lo que estaba ocurriendo. En su sabiduría infinita de madre, justo antes de despedirse, me entregó la carga de vitalidad necesaria para soportar los meses de detención y terror que estaban por precipitarse sobre mí. Fue una frase premonitoria y que hoy les comparto para que la lleven con ustedes en estos días y semanas donde Venezuela demandará coraje, valentía y serenidad de todos nosotros: “No te preocupes, hasta la cuerda más larga tiene un final”.
