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Hay hombres que pasan por la historia como una sombra. Y hay otros que la atraviesan como un relámpago que deja el cielo marcado. Rómulo Betancourt fue de estos últimos. Un líder con ideas definidas, con convicciones a prueba de vendavales, con la lucidez suficiente para rectificar a tiempo y el coraje necesario para sostener su palabra.
Lo conocí en San Juan de los Morros, en la casa del exgobernador José Inés Díaz Milano. Yo era apenas un muchacho que empezaba a asomarse al vértigo de la política. Lo vi entrar con esa pipa que no era un simple objeto: era casi una extensión de su carácter, un símbolo inconfundible. Cuando estrechó mi mano sentí que tocaba a un hombre de otro mundo, no por distante, sino por su densidad histórica. Claudio Pino, mi mentor político en el Guárico, me presentó como “una joven promesa del semillero adeco”. Yo apenas comenzaba a entender la magnitud de aquel momento.
Mi bautizo político había ocurrido años antes, siendo un adolescente de trece años. Me colé entre una muchedumbre de hombres y mujeres con banderitas blancas, manos alzadas y un coro que retumbaba: “¡pipa sí, chiva no!”. Agarré una banderita y sumé mi voz sin saber del todo lo que significaba. Después comprendí que “pipa sí” era respaldo a las políticas firmes de Betancourt y “chiva no” era rechazo a las injerencias de Fidel Castro. Era el pueblo, con su sabiduría instintiva, defendiendo su soberanía.
Betancourt supo definir su rumbo ideológico cuando muchos se extraviaban. Aquel “sarampión del comunismo” que tocó a buena parte de su generación, él se lo curó a tiempo. Y dejó frases que todavía resuenan como advertencias: “Los venezolanos podemos importar creolina, pero no doctrinas”. Fue de los primeros en olfatear las malas intenciones de Fidel Castro. Entendió que la independencia no se negocia ni se subordina a caudillismos foráneos. Por eso afirmó también que “los venezolanos, cuando hemos ncesitado de héroes, no los importamos, los parimos en la patria”.
No fue improvisado. Ensayó caminos con ORVE y el PDN hasta llegar, el 13 de septiembre de 1941, a la fundación de Acción Democrática. Construyó partido, no capilla; forjó cuadros, no adulantes. Y cuando le correspondió encabezar la Junta Revolucionaria de Gobierno en 1945, asumió el compromiso de no aspirar a cargos públicos al concluir ese período. Cumplió su palabra y respaldó la candidatura del maestro Rómulo Gallegos en 1947. En 1973, cuando solo bastaría que él dijera “aspiro ser candidato otra vez”, para ser proclamado como el abanderado del partido, más bien declino y dejo el camino despejado para que Carlos Andrés Pérez terminara haciendo una campaña victoriosa. Hablamos de tiempos diferentes, porque ahora la política se desfigura en ambición personal, de allí que ese gesto de Rómulo Betancourt, conserva una estatura moral enorme.
Fue lector incansable y escritor metódico. Desde su ocio disciplinado encuaderno libros y tesis programáticas que se convirtieron en faroles para nuevas generaciones, así nos legó, entre muchas de sus obras, “En las huella de la pezuña”, escrito al alimón con Miguel Otero Silva; el Plan de Barranquilla y “Venezuela, Política y Petróleo”.
Rómulo fue honesto sin matices, frontal sin estridencias, firme sin renunciar a la tolerancia democrática. No era hombre de medias tintas. Era de posiciones claras y debates abiertos. Vivió también la amarga experiencia de la ruptura con jóvenes promesas seducidas por la penetración castrista. Pero incluso en la discrepancia dejó sembrada una lección: la democracia es convivencia en la diferencia, no sumisión ideológica.
En mi vida he experimentado dos momentos profundamente dramáticos vinculados a esa generación. Fui parte de la comisión designada por la dirección nacional de Acción Democrática para viajar a Nueva York a repatriar los restos de Betancourt (19 de octubre de 1981). Años después, viajé a Atlanta para acompañar el vuelo que traía a Maiquetía los restos del expresidente Carlos Andrés Pérez (4 de octubre de 2011). Uno y otro, unidos por una historia común. CAP fue discípulo bien tallado por Betancourt, formado incluso para discrepar. La vida los unió en grandezas y controversias, pero la historia ha venido reivindicando sus obras.
Hoy, cuando Venezuela padece la confusión inducida, la dependencia ideológica y la demolición institucional, recordar a Rómulo Betancourt no es un ejercicio nostálgico. Es una necesidad ética. Fue un líder con ideas definidas en tiempos de niebla. Un constructor de partidos cuando otros preferían caudillos. Un demócrata firme cuando el autoritarismo seducía a muchos.
Y quizás eso sea lo que más necesitamos hoy: claridad de rumbo, valentía para rectificar y determinación para defender la soberanía sin complejos. Porque las naciones no se sostienen sobre consignas vacías, sino sobre principios bien definidos. Y Rómulo, con su pipa encendida y su verbo afilado, fue precisamente eso: un hombre de principios.
Antonioledezma.com
