Gehard Cartay Ramírez: Las transiciones políticas y los militares - LaPatilla.com

Gehard Cartay Ramírez: Las transiciones políticas y los militares

Cada transición ha tenido sus actores y contextos particulares y ningún caso se parece a otro. Todos resultaron distintos entre sí, por lo que sería una extravagancia, por decir lo menos, señalar que se siguió una especie de “Manual de procedimiento” para adelantarlas.

Advirtamos, desde luego, que en Venezuela no está en marcha aún una transición verdadera, pero debería venir en camino. Y es que, independientemente de los cambios ocurridos luego de los sucesos del pasado tres de enero, lo que se desarrolla, por ahora, es un curioso experimento entre quienes siguen en el poder y quienes los manejan desde Washington.





Este ensayo privilegia la estabilización y ciertos cambios en la estructura económica y fiscal del país, pero pareciera pretender alargar innecesariamente la transición política y democrática que los venezolanos ansían, algo que no debería demorarse más.

Cada transición, insisto, tiene sus propias características. Desde luego que existen elementos concomitantes entre algunas de esas experiencias y por ello merecen un estudio más detenido. Pero así como existen estas, hay también elementos dispares y hasta contradictorios entre sí, por lo cual pienso que cada transición política ha sido única en cierto modo y así serán las que se sucedan en futuro.

Sí debo destacar que entre las escasas características casi comunes que registran las transiciones sucedidas hasta ahora hay una fundamental: el papel cumplido por la institución armada de cada país, ya como actor o como facilitador de las mismas. Hasta donde conozco sobre este tema en particular, las experiencias de España, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay –por citar las que se mencionan como transiciones políticas exitosas y nos resultan cercanas– lo fueron porque los mandos militares actuaron a favor o, al menos, no se opusieron a ellas.

La misma transición ocurrida aquí en Venezuela en 1958 fue posible por haber contado con el apoyo de la mayoría de la institución castrense, como más adelante se reseñará. Ese proceso se inició el primero de enero de 1958 con el alzamiento de un grupo de oficiales de la Aviación y del Ejército en Caracas y Maracay que, independientemente de su fracaso, puso de manifiesto las grietas que existían en el apoyo militar al dictador. A partir de allí se conjugaron la protesta civil y callejera que, al final, conducirían al golpe castrense que derrocó a Pérez Jiménez.

Hubo entonces un papel determinante jugado por el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, quien ocupó la presidencia de la Junta de Gobierno por ser el militar de más alta graduación y, según se ha dicho, por recomendación del propio Pérez Jiménez (¿?). La historia ha reivindicado la actuación inteligente, habilidosa y valiente de Larrazábal -militar civilista, sin duda- como conductor y garante de aquella breve y efectiva transición iniciada entonces, a pesar, como ya se anotó, de los intentos golpistas de algunos oficiales de extrema derecha que veían con desconfianza la posibilidad de que Betancourt y su partido retornaran al poder en las elecciones siguientes.

No fue fácil conducir aquel complejo proceso en tan poco tiempo. Tempranamente, en abril, un sector militarista encabezado por el ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, ya estaba reclamando mayor protagonismo y criticando la preponderancia de los civiles. En mayo se produce una crisis en la Junta de Gobierno y el gabinete ministerial. En junio se alza Castro León exigiendo cambiar a la Junta encabezada por Larrazábal. Fracasa aquel intento, y él y sus aliados salen al exilio. En septiembre hay otro movimiento golpista que fracasa también por falta de apoyo popular. La actitud de la mayoría de los militares –entonces y después– apoyando la transición en marcha fue un factor clave para que, al final, aquella diera sus frutos y trajera consigo la instauración de la democracia en Venezuela.

Aquel accidentado proceso de transición se afianzaría con la firma del “Pacto de Puntofijo” por parte de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba –los tres líderes democráticos principales- y a partir de diciembre de ese mismo año cuando resultó electo el primero como presidente de la República.

Tal como se ha analizado de manera somera en este texto, la contribución de los mandos militares ha constituido un elemento fundamental –aunque no el único, desde luego– para que algunas transiciones políticas tengan éxito.