Orlando Viera-Blanco: Amnistía condicionada [II] No es jaque mate

Orlando Viera-Blanco: Amnistía condicionada [II] No es jaque mate

“La amnistía no derrota al régimen por sí sola, pero le quita capacidad de coerción, rompe la lógica de rehenes políticos, y vacía de eficacia el terror como herramienta de control social”

La amnistía no resuelve la historia: la ordena para que la historia pueda seguir sin que la violencia sea la única jugada disponible. En términos políticos, la medida puede interpretarse como una forma de desactivar tensiones internas_

La Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática aprobada en Venezuela es, sin duda, una pieza relevante en la historia política reciente. No garantiza la paz y la reconciliación nacional, porque no contamos con la estructura política e institucional para hacer memoria y justicia, por ahora…El momento histórico llegará cuando restauremos el estado de derecho y la democracia.





*La Amnistía es sólo un vehículo político de contención a los abusos del régimen y a la criminalización de la política.*

Sabemos que el régimen tiene en sus manos la posibilidad de abrir las cárceles. Pero también es necesario crear un ambiente de cese de la persecución sistemática. La amnistía representa una oportunidad concreta para liberar a presos políticos, aliviar tensiones y abrir espacios de convivencia. No todos los presos obtendrán libertad plena e inmediata ni están todos los que deberían estar tan las rejas [criminales de lesa humanidad]. Pero ese momento llegará.

Aunque la amnistía está lejos de constituir una herramienta de justicia transicional integral, en tanto carece de mecanismos sólidos de verdad, reparación, garantías de no repetición e independencia judicial, sin embargo cumple un fin inmediato: desarma al verdugo y libera a miles de víctimas de persecución y cárcel […] Más que un puente hacia una reconciliación profunda, parece ser una alfombra cuando menos pragmática, y cuando más, un instrumento de cierre político condicionado en medio de una complejidad latente.

*La amnistía como herramienta política: Una alfombra azul sobre la roja.*

La amnistía-en términos jurídicos-es una medida que extingue legalmente la responsabilidad penal de ciertos actos cometidos antes de su promulgación. A diferencia del indulto individual, que simplemente perdona una pena, la amnistía borra el delito en abstracto para un grupo de personas, dejando sin efecto las sanciones que pudieran derivarse de hechos ya consumados. En tiempos de criminalización de la justicia, la despenalización de tipos delictivos—además difusos y elásticos—es un hecho relevante.

Tras las guerras mundiales, hubo pacificación a costa de equilibrios frágiles. En los dos grandes conflictos del siglo XX, las amnistías jugaron papeles muy distintos según los contextos nacionales.

Después de la I Guerra Mundial—en países como Alemania durante la República de Weimar—se aprobaron amnistías para liberar a miles de prisioneros políticos encarcelados en los tumultuosos años de 1918-1919.

Tras la II Guerra Mundial, las respuestas fueron mixtas. En Europa occidental y central las amnistías no constituyeron un gran pilar de los procesos de reconstrucción, y en muchos casos se optó por juicios por crímenes de guerra y la reversión de leyes injustas. Países como Francia o Dinamarca encararon a colaboracionistas con el régimen nazi en tribunales, y aunque hubo perdones limitados, no hubo amnistía generalizada como política estructural, reflejando que el castigo a violaciones graves se volvió una norma emergente.

*En Italia sin embargo, se adoptó una amnistía de alcance amplio en 1946 (la llamada amnistía de Togliatti) para liberar tanto presos fascistas como partisanos de la posguerra, con la intención de reconciliar a una sociedad profundamente dividida*. Su aplicación práctica mostró sesgos: muchos ex-fascistas fueron liberados con mayor facilidad que quienes habían combatido la ocupación, lo que sembró críticas de injusticia y desigualdad.

El postulado que quién claudica no legisla amnistías, no encaja en el caso venezolano.

*En nuestro caso la claudicación del régimen no ha sido total y absoluta, aunque asemeje una rendición. El régimen tiene el control territorial del país. También cuenta con las FFAA, policías, más control de milicias y colectivos.*

La visita del General Francis Donovan—Jefe del Comando Sur de los EEUU—no es una exageración decir, tiene tanto o más peso que una Amnistía. Recuerda la entrada de MacArthur tras la claudicación de Japón; Maxwell Thurman en Panamá; Clay en Alemania; Clark en Kosovo o Petraeus en Irak. Pero en todos aquellos casos post conflicto, EEUU o la OTAN obtuvieron una victoria total. En Venezuela la incursión fue impecable, pero aun subsiste un orden opresor que debe ser decantado. La Amnistía no se agota en sí misma.

Otros: El régimen deberá hacer lo que indique EEUU en términos de desarme, reestructuración de las FFAA, desmontaje de colectivos, milicias urbanas, entrega de perseguidos por la justicia norteamericana y libertad real de presos políticos, al tiempo de imponer una reintegración de los poderes públicos, garantías fiscales, apertura aduanera y seguridad ciudadana.

*En este sentido la Amnistía—aun siendo condicionada—es [positivamente] un salvoconducto de habilitación política. No nos extrañe ver pronto a un Freddy Superlano candidato a la gobernación de Barinas, a Perkins Rocha como Presidente del TSJ, Enrique Márquez o Juan Pablo Guanipa formando parte de un gobierno colegiado; una nueva composición del CNE [en medio de un proyecto de Ley de modificación de los procesos electorales] o Maria Corina entrando a Caracas de la mano de la Sra. Laura Dogu o el citado General Francis Donovan. Sepamos esperar la decantación*

_La amnistía como partida de ajedrez: no es jaque mate, es contención estratégica_

En los procesos de transición política, la amnistía suele ser juzgada con un criterio binario: o es justicia, o es impunidad; o es victoria moral, o es traición ética. Ese marco es pobre para comprender su verdadera función en escenarios de poder asimétrico, donde el régimen autoritario no ha sido derrotado militarmente ni colapsado institucionalmente.

En esos casos, la amnistía se parece menos a un veredicto final y más a una jugada intermedia en una partida de ajedrez: no busca jaque mate inmediato, sino neutralizar piezas del adversario, descomprimir el tablero y ganar tiempo político.

Como en el ajedrez hay partidas que no se ganan por fulminación del rey enemigo, sino por ahogo estratégico. Se limitan los movimientos del rival, se reducen sus piezas activas, se lo obliga a jugar en defensiva. *La amnistía no derrota al régimen por sí sola, pero le quita capacidad de coerción, rompe la lógica de rehenes políticos, y vacía de eficacia el terror como herramienta de control social*. Así la amnistía no es claudicación: es contención de la opresión.

Es estrategia, no moralismo. es una jugada y no una rendición […] La amnistía, cuando se diseña con exclusiones claras para crímenes de lesa humanidad y delitos graves, actúa como una jugada de “desarme parcial”: reduce el número de piezas activas del régimen (presos políticos como instrumento de chantaje), limita su narrativa de enemigo interno y debilita su monopolio del miedo.

Carl von Clausewitz definió la guerra como “la continuación de la política por otros medios”. En transiciones políticas incompletas, la política es la continuación del conflicto por medios no violentos. La amnistía se inserta ahí: no cancela el conflicto, lo traslada a otro plano. No resuelve el antagonismo estructural, pero cambia el terreno de juego: de la cárcel y la tortura, al espacio institucional y simbólico. Eso explica por qué la amnistía incomoda tanto a los maximalistas de ambos bandos: i.-Al autoritarismo, porque pierde un arma de dominación; ii.-Al moralismo punitivo, porque no ofrece una victoria total inmediata.

Neutralizar sin absolver: la amnistía como purga funcional del conflicto, no como borrón y cuenta nueva

Hannah Arendt distinguía entre perdón y comprensión política. El perdón, decía, pertenece al ámbito moral; la política opera con categorías de responsabilidad colectiva, estabilidad y futuro común. La amnistía no perdona en sentido moral: “reordena el campo de responsabilidad para hacer posible la convivencia política mínima” [Dixit Arendt].

_Es clave de la teoría de juego: no se trata de perdonar a la reina enemiga; se trata de sacarla del centro del tablero, forzarla a jugar sin movilidad ofensiva, y abrir espacios para que el juego deje de ser una masacre unilateral._

Reinhold Niebuhr advertía contra la ingenuidad moral en política: “La capacidad del ser humano para la justicia hace posible la democracia; la inclinación del ser humano a la injusticia hace necesaria la coerción”. Habría que agregar: Sin coerción no hay orden, sin orden no hay justicia y sin justicia no hay paz. Luego a la paz y a la moral, la preceden el orden punitivo que suprime el poder tirano.

La amnistía opera en ese dilema: no presupone virtudes morales en los actores del régimen, sino que busca reducir su margen de daño, crear incentivos para la desmovilización de la represión y permitir que sectores intermedios abandonen la lógica de guerra interna, porque hay un poder coercitivo sobre ellos que impide abatirse o negarse. Es una purga funcional del conflicto, no su negación. Decanta: separa lo que es políticamente transitable de lo que es penalmente intolerable.

*No resolverlo todo es parte del diseño.*

Isaiah Berlin recordaba que los conflictos entre valores son trágicos e irresolubles en términos absolutos: *libertad, justicia, paz y verdad no siempre se armonizan plenamente*. *Exigir que la amnistía lo “resuelva todo” es pedirle a una jugada de naturaleza intermedia—por ahora—que haga el trabajo de un partido final*.

La amnistía no hace justicia completa. La amnistía no garantiza reconciliación emocional. La amnistía no sana la memoria colectiva. Lo que sí hace—cuando está bien diseñada—es cambiar la geometría del conflicto:

_i.-Reduce el costo humano inmediato; ii.-Rompe la economía del terror; iii.-Abre ventanas para procesos posteriores de verdad, reparación y justicia transicional._

George Kennan, arquitecto de la política de “contención”, defendía que frente a regímenes autoritarios no siempre se trata de derrocar de inmediato, sino de limitar, cercar, desgastar su capacidad de expansión y daño hasta que el sistema colapse por sus propias contradicciones. La amnistía cumple una función análoga: contiene la opresión, no la redime; reduce la presión, no la borra; desarma mecanismos, no almas.

*La amnistía como sacrificio táctico.*

La amnistía implica un sacrificio simbólico: se posterga una parte de la justicia punitiva inmediata para ganar oxígeno político y social. No es olvido; es priorización estratégica del cese de la violencia estatal como condición posible para la justicia futura.

*Henry Kissinger—con todo lo polémico de su legado—formuló una máxima cruda del realismo político: “La estabilidad suele preceder a la justicia; sin un mínimo de orden, la justicia es impracticable y moralmente ilusoria*”.

Leído críticamente, esto no legitima la impunidad: describe una secuencia política. La amnistía busca descomprimir primero la violencia estructural para que luego puedan operar mecanismos más exigentes de verdad y responsabilidad. Es una jugada de “ganar el medio juego”, no el final moral de la partida.

Entender la amnistía como jaque mate es un error conceptual. Entenderla como rendición, también. No hay romanticismo en esto. Hay realismo político: sin neutralizar la represión, no hay transición; sin reducir el terror, no hay política; sin abrir el tablero, no hay final de partida posible.

La amnistía no resuelve la historia: la ordena para que la historia pueda seguir sin que la violencia sea la única jugada disponible. En términos políticos, la medida puede interpretarse como una forma de desactivar tensiones internas y permitir un reinicio institucional tras el período de Maduro, esto es, reducción de cargas judiciales y penitenciarias como incentivar la participación política de grupos excluidos y cerrar capítulos traumáticos sin reabrir conflictos latentes.

La Ley de Amnistía de Venezuela 2026 se convierte en un ejemplo esclarecedor de cómo la justicia, en contextos de transición incompleta, puede ser tanto una herramienta de esperanza como un espejo de las limitaciones del poder político en tiempos de cambio; una Amnistía condicionada que no tiene la misión de sustituir a la justicia hoy, sino hacerla posible mañana.

En consecuencia, desde una visión de poder, la amnistía no es sólo una medida jurídica, sino una herramienta de gobernabilidad. En palabras de Guillermo O’Donnell: “*Las transiciones pactadas suelen producir democracias delegativas, donde los pactos de salida priorizan la estabilidad del poder antes que la consolidación del Estado de Derecho*.” En otras palabras, es la búsqueda de autoridad, control y seguridad antes que la refundación de la república.

Este marco conceptual resulta útil para analizar la amnistía venezolana: no emerge de una transición institucional plena, sino de una reconfiguración interna del poder que busca estabilizar el sistema político sin desmontar los dispositivos que permitieron la persecución.

Por eso—más que una política de justicia transicional—la ley opera como un mecanismo de pacificación selectiva [sic], una herramienta suspensión condicional de la persecución política y un instrumento de control político blando sobre disidentes y ex perseguidos. Riesgos prácticos: intimidación, selectividad y chantaje político.

En este contexto el orden tutelado por los estados unidos tendrá otras tareas de estabilización en la cartilla: re-conformación del poder judicial; reestructuración de las policías judiciales; de inteligencia militar, vigilancia política y contrainteligencia. Como advierte Carlos Nino al analizar los límites del derecho penal en contextos autoritarios: “Cuando el Estado utiliza el proceso penal como herramienta política, todo acto de sometimiento procesal deja de ser una garantía y se convierte en un riesgo para el ciudadano.” Esto lo sabe Washington, la CIA, El Departamento de Justicia y el Pentágono. La decantación no basta con la Amnistía.

Para cerrar vale la pena recordar algunas frases de las reseñas de los juicios de Nuremberg: “Ahí estaban los hombres poderosos de Hitler. Ahora reducidos, moralmente abatidos, materialmente rotos, invadidos de terror y aislamiento. Pasaron de verdugos miserables o pequeños hombres, indefensos y míseros […] Frente a la justicia ahora lucían perplejos, acorralados, disminuidos, sin poder casi respirar y con la mirada al suelo. La historia rápidamente los bajó de la cumbre del poder, la soberbia y la barbarie, a seres humanos sin alma, sin fuerza, sin escapatoria.

*La Amnistía no redime al criminal, tampoco lo habilita ni lo libera de su miseria. La historia los juzgará irremisiblemente. Y los reducirá a lo que hoy exhiben sus caras: terror, abatimiento, soledad, miseria y ruptura*. No hay romanticismo en esto decíamos, es realismo político. Es una amnistía condicionada, para tirios y troyanos, que abre el tablero y facilita el quiebre gradual [y final] del poder.

Huelga ahora pedir discreción y prudencia a aquellos que cuestionan la amnistía ferozmente, desde una retina personal. Con esa misma ferocidad e incomprensión serán tratados por la historia […] La amnistía no es jaque mate, no es moral, no reconcilia la verdad, la justicia, la paz y la libertad [Dixit I.Berlin]. No lo resuelve todo…

Es contención, es abonar caminos, es bajar el costo político y ciudadano del terror al opresor, y es facilitar su quibre y caida definitiva.