![]()
Pido disculpas al lector por permitir que estas líneas se tornen tan personales, pero a veces la única forma de narrar una tragedia colectiva es a través del pulso de una herida propia. Escribo este manifiesto de una conciencia invicta como un eco de aquellos que, unidos por hilos digitales, compartimos esa «celda sin barrotes» llamada clandestinidad. Para muchos, estar oculto parece una huida, pero desde la psicología de la resistencia sabemos que este encierro invisible es una forma de encarcelamiento que puede ser incluso más voraz que la prisión física; aquí el muro es la incertidumbre y el carcelero es un silencio ensordecedor que pone a prueba la cordura.
Se me ha impuesto este exilio en las sombras por el simple hecho de pensar distinto, aunque en realidad mi pensamiento no es una isla: deseo lo mismo que anhela más del 90% de los venezolanos, un país honesto, sin violencia y con igualdad de oportunidades. Vengo de una familia que siempre aportó a esta nación desde la paz y el honor, anteponiendo los intereses comunes a los propios, y esa es una herencia que me niego a abandonar. Fui criado con el «tetero de la democracia» y llevo los valores de mi padre y mi madre como una brújula innegociable. No podía aceptar los grillos mentales que otros lucen con orgullo a cambio de comodidades manchadas. En este tránsito por el infierno, mi supervivencia ha sido un milagro sostenido por una fe inquebrantable en Dios y la Virgen, y por ese ejército de guardianes que nunca me soltó la mano: San Judas Tadeo, el Padre Pío y mi protector mayor, el Arcángel San Miguel. En este desierto emocional, me tocó desaprender las certezas del pasado para aprender la verdadera estatura de la dignidad.
Debo confesar que el vacío me habría devorado sin mis ángeles de cuatro patas; a mis mascotas les debo la vida, pues en los momentos donde el terrorismo de estado intentaba convencerme de mi insignificancia, ellas solo veían a un ser humano digno de amor. Pero mi fuerza también se alimentó de otros valientes: mis amigos de clandestinidad. A esos hermanos que, a través de videoconferencias y llamadas de internet, me recordaron que no estaba solo, les debo la luz en los días más oscuros. Hoy miro mis bolsillos y me encuentro devastado en lo económico, pero miro mi alma y me descubro como el hombre más rico del mundo. Existe una riqueza que el régimen y los cómplices jamás podrán comprar: el orgullo de haber hecho lo correcto mientras otros callaban o colaboraban. Esta etapa amarga hoy está superada, no porque el peligro haya cesado, sino porque el miedo ya no tiene poder sobre mí. Aunque todavía no seamos totalmente libres en nuestras calles, por dentro soy un hombre plenamente libre; esa es la única soberanía que ningún tirano podrá jamás expropiar.
Vamos por mas…
@jgerbasi
