
Construir sobre el vacío parece una contradicción para quienes aprenden a cimentar estructuras sobre tierra firme. Sin embargo, para ciertos soñadores, la estabilidad se encuentra al borde del precipicio, donde el viento patagónico desafía la gravedad mientras el arte se fusiona con la ingeniería extrema. Allí, a casi 300 metros de altitud, Luis Aparicio materializó un concepto inédito donde consolidó su perspectiva a gran escala.
Su obra maestra, OVO Patagonia, figura como una de las cápsulas de lujo más sorprendentes del mundo, tanto así que fue galardonado con los AHEAD en Nueva York y DNA Paris Design Awards. Pero su ruta hacia la cima requirió sortear cambios imprevistos y un clima impredecible que pusieron a prueba sus habilidades técnicas. Conoce la travesía de un arquitecto tachirense, el visionario detrás de una experiencia realmente transformadora.
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La vocación por el diseño de espacios no surgió como una revelación temprana en la vida de este andino. Inicialmente, su camino académico apuntaba hacia los números y la programación, un terreno rocoso. “Terminé estudiando arquitectura porque en realidad cursaba ingeniería informática. Nunca logré pasar el filtro de ingeniería, me comió, que es química, física y matemática. Nunca pasé Matemática 2, nunca pasé Física 2, ni Química 1, me quedé pegado ahí», contó entre risas a La Patilla.
Un periodo de prueba en la Universidad Nacional Experimental del Táchira (UNED) lo obligó a replantear su futuro. Las pruebas de aptitud vocacional arrojaron que tenía una clara inclinación hacia las áreas creativas, razón por la cual decidió cambiar su carrera hacia la arquitectura. Aunque también la influencia familiar jugó un papel determinante en esa elección.
«Mi familia tenía una constructora y dije: ‘bueno, voy a estudiar arquitectura, y tal vez pueda conseguir trabajo dentro de la constructora’, o al menos así lo pensé en ese momento, y me lancé por ahí, la verdad. Parece una historia medio sin pasión, porque no fue lo que deseaba. Luego fue que desarrollé pasión mientras la estudiaba», recordó.
Pasión por la altura
Esa motivación creció a la par de otra fascinación igual de vertiginosa: el ascenso de cumbres. Su hermano lo introdujo al mundo del excursionismo y lo impulsó a explorar los picos más altos de la geografía venezolana. La media montaña nacional sirvió como campo de entrenamiento inicial para formarse en la escalada.
«Estando en la universidad, mi hermano hacía montañismo en ese momento, así que empecé a ir con él a las juntadas que hacen en la montaña, y me uní al grupo de excursionismo de la UNED. Escalé por la montaña de Mérida, hice el Pico Bolívar, hice el Pico Humboldt, hice bastantes cosas por allí en Venezuela», relató Aparicio sobre sus primeros contactos con la altitud extrema.

Sin embargo, la curiosidad lo impulsó a cruzar fronteras para experimentar otros retos como el hielo y las temperaturas gélidas en Ecuador. Allí descubrió que el conocimiento técnico le abría rutas inexploradas entre las rocas y los precipicios. «Me di cuenta que podía caminar entre montañas en una cuerda, en una cinta en realidad, a hacer equilibrismo, y me puse a hacer equilibrismo en altura, así que eso me llevó a habitar la altura, a entender lo que era tener mi cuerpo y mi mente expuesto a la altura, y todo lo que sucede allí adentro en esos estados perceptivos”.
El año 2015 trajo consigo nuevos horizontes para Luis. Las tensiones sociopolíticas y el cierre repentino de fronteras terrestres aceleraron los planes de partida del joven. Con un boleto comprado de forma apresurada, decidió establecerse en Argentina para buscar otras perspectivas. Al pisar suelo sureño, su actitud resiliente le permitió visualizar oportunidades donde otros solo notaban carencias o dificultades. «Siento que tuve bastante suerte acá (…) mi sensación era que había trabajo por todos lados, todavía lo veo. Y mientras escuchaba cómo la gente se quejaba de que no había trabajo, yo solo veía trabajo, pero creo que es como el estado de ánimo en el que llegué», reflexionó sobre su adaptación.

La urgencia económica propia de la migración lo empujó a tomar cualquier labor lícita disponible para sobrevivir el día a día. Desde lavar platos en un bar local hasta la atención de mesas, cada oficio sumó peldaños en su ascenso. Eventualmente, un gimnasio le brindó la oportunidad de fusionar su sustento con su habilidad como instructor de escalada. “Conseguí trabajo en un gimnasio, siendo profe de escalada y cuidando el gimnasio. Por ahí empecé a seguir mis pasos”.
Entre las cuerdas y los muros artificiales, el arquitecto conoció a profesionales del acceso por arneses o “riggers”. Fue entonces cuando optó por especializarse en la vertiente artística de este oficio, con el diseño de sistemas seguros para teatros y acróbatas aéreos. Esta arriesgada pero lucrativa actividad le facilitó soltar progresivamente sus empleos nocturnos y estabilizar sus finanzas.
Un salto independiente
Una vez calmado económicamente, retomó su profesión principal al ingresar a una pequeña empresa textil denominada Galpón de Ropa. El concepto del negocio consistía en revalorizar prendas de segunda mano con una experiencia de compra de primer nivel. Allí, el venezolano asumió el reto de transformar la estética de los locales comerciales para cambiar la percepción del público. Su intervención arquitectónica elevó los estándares de la marca a niveles insospechados durante cuatro años continuos de labor.

“Entré allí, y empecé a elevarles la vara de la arquitectura de los locales, a tal punto de que en tres años, logramos tener locales que, la gente desconocía que estaba en un local donde se compra ropa usada, porque era como entrar a un Zara, era como entrar a un local de cualquier tipo de multimarca», detalló con orgullo.
Tras alcanzar la cúspide de su crecimiento corporativo en esa compañía, decidió fundar su propio estudio junto a un socio estratégico. Así nació Perspectiva Aérea, una iniciativa enfocada en la unión de espectáculos visuales con diseños habitables suspendidos. No obstante, la pandemia cambió sus planes rápidamente.

“La pandemia básicamente me agarró justo después de renunciar a ese trabajo que tenía. Me agarró bajando de la montaña. Nosotros estuvimos en la montaña 20 días, y cuando bajamos, nos dijeron: ‘váyanse ya para Buenos Aires porque están cerrando todo’. No entendíamos absolutamente nada de lo que estaba pasando, porque no estábamos enterados de noticias, así que ahí empezó Perspectiva Aérea, con la pandemia y nosotros en casa, básicamente contactando clientes para diseñar cosas en altura”, mencionó.
De esa resiliencia en plena cuarentena germinó la semilla de su obra maestra patagónica, concebida para retar los sentidos. Erigir cápsulas transparentes a cientos de metros del suelo en El Chaltén representó una prueba titánica en múltiples niveles técnicos. Para el arquitecto criollo, el verdadero triunfo de esta obra reside en la metamorfosis psicológica que experimentan los visitantes al ingresar.

«Cuando quieres enseñar algo sensorial o perceptivo, no tienes otra opción que exponer a esa persona a esa nueva percepción, si no, no tengo cómo enseñarlo, cómo mostrarlo, porque no es teórico del todo, te lo puedo explicar con teoría, pero hasta que no lo apliques y lo sientas en tu cuerpo, no lo vas a entender”.
“Entonces está buenísimo ver a las personas transformarse en un solo día o en dos días de experiencia, que la persona llega, empieza a sentir muchísimos nervios de que va a ingresar a la pared mientras les colocan los cascos y los arneses. Van caminando, cuando llegan a la pared se paralizan de miedo, sienten dudas. Como que pasan por todos esos procesos, pero bajo un sistema totalmente controlado, porque no necesitan tener ningún tipo de experiencia para ingresar, con cuerdas ni con nada”, explicó.

Asimismo, admitió con notoria emoción que “ver a esas personas que no eran capaces de hacer algo así, y que están felices porque lo hicieron, ese proceso de transformación pequeñito que vivió la persona, para mí es lo mejor, más allá de que es un proyecto increíble, que hicimos algo increíble y que nos están dando premios. Para mí es como ver a las personas de que se les transforma la vida, es súper enriquecedor».
Vencer la incredulidad
Pero materializar esta visión requirió derribar barreras de escepticismo entre los inversores y lidiar con fuerzas naturales implacables de la región. Convencer a terceros sobre la viabilidad de una estructura casi sin precedentes mundiales exigió paciencia y demostraciones palpables. Tuvieron que ensamblar una primera unidad con recursos limitados para generar confianza y atraer el capital necesario. “Nosotros tuvimos que construir una sola cápsula primero, con el dinero que había, y con esa cápsula empezar a levantar todo el capital para terminar el proyecto entero”, expresó.
A la incredulidad financiera se sumó la ferocidad del entorno natural, un factor que dictó los ritmos de cada ejecución. «El Chaltén es muy agresivo. Es un clima patagónico especialmente agresivo, que bueno, hubo que aprender a trabajar en base a él y no como nosotros queríamos. Y nosotros íbamos según la lectura del clima».

Pese a los desafíos, el esfuerzo descomunal rindió frutos. La industria global del diseño reconoció la audacia del proyecto con galardones prestigiosos. «Internacionales recibimos los AHEAD en Nueva York y recibimos los DNA Paris Design Awards. Los dos premios fueron en octubre del 2025″, confirmó Aparicio.

Aunque lejos de conformarse con las distinciones, el estudio avanza en el desarrollo de tecnologías constructivas completamente innovadoras. «Actualmente, estamos haciendo avances para hacer proyectos de la misma naturaleza colocados en laderas o en paredes de este estilo. En México, en la Sierra Gorda de Querétaro (…) Dentro del estudio, nosotros estamos desarrollando un algoritmo o una línea de código que nos permite poder crear un sistema constructivo que es para habitar el espacio aéreo. Creo que eso es uno de nuestros logros que vamos a estar dando este año con fuerza», adelantó Luis.

Aunque el desgaste físico y mental invertido en la obra del sur argentino transformó su enfoque hacia los próximos desafíos profesionales, su meta para el futuro cercano involucra materializar nuevas locaciones exóticas, pero bajo esquemas de gestión menos extenuantes. «Para hacer OVO lo tuvimos que dar todo y la verdad es bastante desgastante. Creo que no podría hacer cuatro proyectos así en mi vida porque muero, entonces es como poder gestar más proyectos de estos, pero con mayor tranquilidad. De repente algo en Costa Rica sería lindo y no en la Patagonia«, mencionó.
El arte de ser disruptivo
Para la diáspora venezolana que busca conseguir éxito a través del trabajo honrado y mucha dedicación, el consejo principal de Luis radica en la importancia de apartar distracciones para enfocarse de lleno en las verdaderas pasiones creativas. Reducir los gastos al mínimo vital le permitió en su momento rechazar empleos por necesidad y priorizar su verdadero propósito.
«Si tienen la oportunidad, den el espacio a hacer lo que deseen, hacer lo que gustan, que si son músicos no dejen de grabar y que saquen música. Si estás creando contenido, no pares de hacer contenido hasta que alguno se vuelva viral», acotó.

Añadió que “no es que quería hacer algo como OVO Patagonia, yo no tenía ni idea de qué quería hacer, pero le di el espacio como a la sensación, a que buscara qué era lo que yo quería hacer. Sabía que me gustaba la altura y también sabía que me gustaba la arquitectura, pero no tenía ni idea que iba a terminar haciendo esto, pero simplemente dejé que sucediera y fui eliminando de mi camino las cosas que me estorbaran”.
La identidad de este talentoso arquitecto se resume en una mezcla indomable de terquedad constructiva y pasión desmedida. Su capacidad para romper moldes lo llevó a diseñar espacios vitales donde la mayoría solo percibe abismos insalvables. Al definirse con tres palabras, resaltó esa rebeldía para ver estructuras donde nadie puede. «Creo que soy disruptivo, cabezadura y apasionado. Sí, porque de verdad creo que ser tan apasionado por lo que quería ser, me hizo poder ser tan cabezadura de superar los obstáculos de vida», concluyó.
