
El Zulia ya no duerme, sobrevive. Lo que en el resto del mundo es un servicio básico, en la Tierra del Sol Amada se ha transformado en un instrumento de tortura sistemática. No estamos ante simples fallas técnicas, asistimos a la ejecución diaria de un sistema que ha decido apagar la vida de un estado productivo.
En una región donde el termómetro rara vez baja los 35 grados y la humedad se adhiere al cuerpo como un manto de plomo, la electricidad no es un lujo, es la frontera entre la vida digna y el colapso orgánico. El Zulia que una vez erigió la bandera energética de Venezuela, hoy languidese en la penumbra que no solo destruye los electrodomésticos, sino la psiquis de sus habitantes. Cada fluctuación de voltaje representa es un golpe al estómago, una angustia compartida que recorre desde las orillas del Lago hasta las barriadas más recónditas de la Sierra de Perijá. El ciudadano vive en un estado de alerta permanente, escuchando el zumbido de los transformadores como quien oye una sentencia de muerte inminente.
El verdugo baja la cuchilla a mediodía, cuando el sol castiga con más fuerza, o en la madrugada, robándole el descanso a una población agotada. Esta dinámica obliga a las familias a elegir entre dormir en la intemperie — a merced de los mosquitos y la inseguridad — o sofocarse tras las paredes de concreto de sus hogares, que a estas horas funcionan como verdaderos hornos de fundición.
Corpoelec no es una empresa de energía, hoy, para el zuliano, representa al martirizador que administra la oscuridad y sentencia la miseria.
En las calles de Maracaibo, el recuerdo de la eficiencia de la desaparecida Enelven — aquella empresa que fue orgullo regional y símbolo de un servicio de talla mundial — permanece como una herida abierta. Para el ciudadano de a pie, aquella excelencia ha sido desplazada por una corporación que ya no es Corpoelec, sino “Cortoelec” un apelativo nacido de la indignación popular que define una institución cuya única gestión eficaz parece ser, precisamente, interrumpir el flujo vital de la electricidad en la región. La realidad golpea con fuerza a la propaganda oficial. Los expertos confirman que el sistema regional de electricidad es un cadáver reanimado con remiendos de precaria calidad. Sin embargo, el rasgo más sádico de esta crisis eterna es su absoluta imprevisibilidad. Las interrupciones ocurren sin previo aviso, lo que demuestra que la institución carece de la competencia mínima incluso para diseñar un cronograma de racionamiento que permita al ciudadano común planificar su agonía.
A este caos se suma un enemigo constante, las fluctuaciones eléctricas que azotan la red durante todo el día. Es el bombardeo de voltajes que sentencian a muerte los equipos eléctricos que las familias han tardado años en adquirir. Aires acondicionados, neveras, lavadoras y bombas de agua sucumben ante la inestabilidad de un sistema que, incluso cuando “funciona” lo hace para destruir el patrimonio de los zulianos. Lo más inverosímil es que, en medio de este desastre, Corpoelec se atreve a exigir el cobro puntual de un servicio que no presta, pretendiendo que el ciudadano pague por la ineficiencia que le arruina la vida. Lo alarmante de este colapso es que, ante los ojos del ciudadano pareciera que el Zulia no tuviera dolientes. Quienes ostentan el poder regional han ensayado una falsa neutralidad pusilánime, esquivando la responsabilidad de alzar la voz frente al centralismo. No existen reclamos institucionales firmes y una defensa genuina del Zulia. Este silencio no es prudencia, es confirmación de la orfandad política donde el pueblo sufre solo, mientras sus líderes se limitan a administrar la crisis desde despachos con plantas eléctricas.
Vivir en el Zulia sin energía eléctrica es habitar en un horno a cielo abierto. Con temperaturas que alcanzan los 40 grados centígrados, el colapso se transforma en una violación fragrante de los derechos fundamentales. El aire se torna denso, una masa caliente que abraza los pulmones. Sin ventilación que desplace el bochorno, las viviendas se vuelven trampas térmicas donde el cemento exhala el calor acumulado durante doce horas de sol inclemente.
En este escenario, el verdugo no distingue, pero se ensaña con los más débiles. En los CDI de Maracaibo y San Francisco, la ausencia de plantas eléctricas funcionales convierte la emergencia en una sala de sufrimiento. Estos centros, que deberían ser el primer auxilio de los barrios, son hoy casas en penumbras. Mientras los ancianos con insuficiencia respiratoria luchan con el aire pesado y el calor, los niños en nebulización dependen de la luz de un celular para que el médico pueda localizar su vía y aplicar un tratamiento. El personal de salud actúa como testigo mudo de la desesperación, viendo como el asma gana terreno ante equipos convertidos en chatarras eléctricas. Es el exterminio eléctrico en su forma más pura. Toda una red asistencial, despojada de luz, se sumerge en el silencio y la muerte en los barrios zulianos. Para el adulto mayor hipertenso, ese clima extremo representa una amenaza cardiaca constante, sus cuerpos pierden la capacidad de termoregularse en medio de la asfixia del calor insoportable. La dieta impuesta por Corpoelec obliga a las familias a pernoctar en el suelo buscando un rastro de frescor inexistente. Es una tortura orquestada por la negligencia de quienes, desde los despachos climatizados ignoran el sudor y el sufrimiento de su pueblo.
Por otra parte, el discurso gubernamental insiste en un “renacer petrolero”, pero esta narrativa choca con una realidad ineludible, no existe recuperación energética sin estabilidad eléctrica. La industria de los hidrocarburos en la cuenca del Lago de Maracaibo depende de un suministro constante de electricidad para los sistemas de extracción y los terminales de embarque.
Cada vez que el verdugo estatal interrumpe el servicio eléctrico de forma errática, no solo apaga un bombillo doméstico, sino que paraliza los pozos que deberían financiar la salida de la crisis del país. Pretender reactivar la producción de crudo con un sistema eléctrico en ruinas es una quimera, un ejercicio de cinismo técnico que nadie en el sector se atreve a cuestionar públicamente.
El proceso es perverso y se repite con una precisión macabra, anuncios de inversión que nunca llegan y promesas de estabilidad que se desvanecen antes de terminar la cadena nacional.
La falta de inversión real, la fuga de personal técnico altamente calificado y la opacidad en el mantenimiento de las plantas termoeléctricas locales han dejado al Zulia desconectado del progreso. La narrativa oficial habla de “estabilización”, pero la explosión recurrente de transformadores en cada esquina revela una verdad que no cabe en los comunicados de prensa. El zuliano se siente hoy un ciudadano de segunda, castigado por la centralización que prioriza la capital mientras deja a la Tierra del Sol Amada hundiéndose en las tinieblas. La humillación es doble, la oscuridad impuesta y la factura obligatoria.
No habrá renacer petrolero mientras el estado más importante del país siga siendo castigado por Cortoelec, la entidad que hoy, con la venia del silencio oficial, la ausencia de dolientes y la desfachatez de cobrar por el desastre, mantiene al Zulia hirviendo a fuego lento bajo sus propios techos.
El verdugo no ha terminado su faena, mientras el resto del país mira hacia otro lado, el Zulia sigue agonizando en el calor y la sombra.
@angelmontielp
