El trago amargo del realismo, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

El trago amargo del realismo, por @ArmandoMartini

La política es tan fascinante como la guerra, e igual de letal. Con una salvedad, en la guerra se muere una sola vez, en política, innumerables veces. Máxima que adquiere resonancia trágica al observar el drama venezolano, una nación que se resiste a asimilar las ásperas lecciones del realismo.

El espejismo del cambio instantáneo y prístino es un ensueño peligroso. Innumerables sociedades se aferran a ilusiones confortables, placenteras, mientras el abismo se ensancha. En la década de 1930, Europa prefirió creer que Adolf Hitler era un estadista razonable antes que enfrentar la incomodidad de frenarlo. Hoy, en Venezuela, se exige con sobrada justificación ética y moral la salida inmediata del régimen opresor, tiránico, y la instauración de una democracia real y pura. Un anhelo noble, sin duda. Pero en el fango de la historia, de nada sirve conformarse con intentar «lo mejor posible»; se debe hacer lo necesario. Y lo necesario exige tragar el agrio reconocimiento de la realidad del poder.





La oposición legítima exhibe un coraje admirable. Pero el valor, por sí solo, no desactiva cuarteles ni desmonta estructuras totalitarias. El precio de la grandeza es la responsabilidad y el compromiso de mirar los hechos de frente, sin ambigüedad ni alternativas distractivas. Quien controla los recursos, las armas y el aparato burocrático, -guste o no-, dicta los peajes de la transición.

En octubre de 1944, Churchill y Stalin dividieron la influencia sobre Europa en una servilleta. ¿Fue un pacto moralmente edificante? En absoluto. ¿Se traicionaron ideales? Para muchos, sí. Pero el encargo de un estadista no es complacer a los principistas que jamás han tomado decisiones complejas y difíciles, sino evitar el colapso absoluto. En la guerra, resolución; en la derrota, desafío; pero en la negociación, realismo.

Hoy, quienes operan los hilos de una solución para Venezuela parecen comprender esta brutal aritmética. La presencia transitoria de figuras de la déspota autocracia, en el engranaje de contención no obedece a simpatías personales o ideológicas, sino a una estricta utilidad operativa. Se negocia con quien posee el control de los nodos críticos del Estado para evitar un vacío de poder que haga arder hasta los cimientos.

La diplomacia es el arte de mandar al prójimo al infierno de tal manera que pida direcciones y valla contento. La encrucijada venezolana exige esa destreza, construir puentes temporales con quienes detentan el poder fáctico. No por estima, sino porque es la vía transitable hacia la estabilidad. A este plan se le denomina «realismo sucio»: primero se pacta con quienes tienen armaduras, luego se instala una administración técnica, y solo al final se abre el cauce a la legitimación democrática. La disyuntiva es atroz pero ineludible, ¿pureza de convicciones o supervivencia de la nación?

La transición venezolana implicará pasos que parecerán fiascos, producirán desilusiones y las contrariedades estarán a la orden del día. El derecho internacional ha demostrado exasperante ineficacia e ineficiencia, la Corte Penal Internacional investiga con letargo y los tribunales acumulan sentencias decorativas. Mientras tanto, potencias indeseables han tomado control de nuestros recursos. La soberanía, ese talismán retórico del chavismo, hace años que dejó de ejercerse.

El dilema de los venezolanos, entre la convicción y la supervivencia, merece la verdad, por descarnada que sea. El país requiere sudor, esfuerzo y un realismo gélido que separe la nación que anhelamos de la que efectivamente existe. El realismo mágico de García Márquez es una joya literaria, pero un instrumento desastroso e inútil para resolver crisis de Estado. El realismo político no promete finales felices de cuento de hadas, ofrece algo más modesto y vital; orden, estabilidad y posibilidad de reconstruir.

Los idealistas clamarán traición y tirarán piedras en el camino. Pero la historia, juez implacable, dará la razón a quienes actuaron con responsabilidad y edificaron sobre cenizas, no a quienes prefirieron morir abrazados a su pureza. En política, nada es más mortífero que confundir nuestros deseos con los hechos. Realpolitik.

@ArmandoMartini