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El 2026 comenzó con un terremoto geopolítico. Donald Trump decidió dejar atrás la diplomacia tibia y entró de lleno en la fase de demolición del andamiaje criminal que durante años sostuvo a los tiranos del planeta.
El primero en caer fue el narco–tirano Nicolás Maduro, capturado en una operación quirúrgica que, en cuestión de minutos, puso fin a uno de los regímenes más corruptos y represivos del hemisferio.
Luego vino el golpe contra el narcotráfico continental: la aprehensión de alias “El Mencho”, símbolo de una estructura criminal que durante años envenenó pueblos enteros con su negocio de sangre.
Y ahora, la ofensiva alcanzó al régimen extremista islámico de Irán. El llamado “Líder Supremo”, Ali Khamenei, fue sacado de circulación junto a piezas clave de su engranaje militar y político: Ali Shamkhani, Mohammad Pakpour, Abdolrahim Mousavi y Aziz Nasirzadeh, figuras centrales de la cúpula que sostenía el aparato represivo y expansionista iraní, incluyendo estructuras como la llamada Guardia Revolucionaria Islamica.
El mensaje es claro: los intocables ya no lo son.
Mientras caen como fichas de dominó, otros regímenes tiemblan.
En La Habana, Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro saben que el tiempo de las dictaduras hereditarias se agota.
En Managua, Daniel Ortega y su círculo más cercano observan el tablero con pánico. Ya no hay margen para la arrogancia; sólo queda la cuenta regresiva.
Rusia guarda silencio. China mide sus palabras. Los aliados tradicionales del chavismo lucen hoy debilitados o en retirada. El eje del mal que durante años respaldó al narco–Estado venezolano se resquebraja.
Y esto tiene un impacto directo en Venezuela.
Los socios estratégicos del régimen están viviendo sus horas más amargas. Los financistas del terrorismo internacional están bajo presión. Los operadores oscuros que se movían con impunidad hoy revisan rutas de escape.
El miedo cambió de bando. Esa es la verdadera razón por la que “la interina” y su hermano han optado por un tono más dócil frente a Washington. No es convicción democrática; es instinto de supervivencia.
Saben que el margen de maniobra se les reduce cada día.
Pero jugar a frenar la desfiguración total del régimen es jugar con fuego.
La transición no puede ser cosmética ni administrada por quienes fueron cómplices del saqueo y la destrucción nacional.
El mundo está entrando en una nueva fase. Los tiranos ya no negocian desde la impunidad eterna.
El tablero global se reconfigura, y Venezuela tiene la oportunidad histórica de ocupar un lugar protagónico bajo el liderazgo firme de María Corina Machado.
La era de los castillos de arena terminó. Los naipes están cayendo. Y esta vez, no habrá reconstrucción para los verdugos.
Sin más que agregar, nos leemos la próxima semana.

