
Washington dejó de hablar en condicional y empezó a hablar con hechos, y ese desplazamiento —de la frase a la consecuencia— está reconfigurando el mapa de las dictaduras que durante décadas aprendieron a sobrevivir dentro de un sistema internacional dócil, previsible y, para ellas, utilísimo. Robert Carmona-Borjas, abogado venezolano en el exilio desde hace 24 años y CEO y cofundador de Arcadia Foundation, en entrevista exclusiva para La Patilla sostiene que el ciclo de impunidad que sostuvo a Caracas, Teherán, La Habana y Managua se está quebrando, no por una súbita iluminación moral del mundo, sino por el retorno de un principio elemental: cuando el costo se vuelve creíble, el opresor recalcula. Y, en su lectura, la credibilidad del costo ha vuelto a escena con Donald Trump.
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LaPatilla: Usted ha sostenido que estamos ante un punto de inflexión histórico. ¿Qué ha cambiado para que lo afirme con esa contundencia?
RCB: Ha cambiado lo único que, en el fondo, siempre altera la conducta de los aparatos represivos: la credibilidad del costo. Durante años, el mundo se acostumbró a la tragedia como paisaje. Venezuela, Irán, Cuba, Nicaragua: sufrimientos convertidos en rutina diplomática, en tema de seminario, en expediente que se “sigue con preocupación”. Esa liturgia produce declaraciones, pero no produce consecuencias. Lo que irrumpe ahora es otra gramática: la de un poder que hace coincidir palabra y acto, y al hacerlo vuelve a introducir un elemento que las dictaduras temen más que cualquier discurso moral: la previsibilidad de la sanción. Cuando un régimen percibe que la impunidad deja de ser un derecho adquirido, su cálculo de supervivencia se reescribe.
LaPatilla: Usted coloca a Donald Trump en el centro de este análisis. ¿Por qué?
RCB: Porque, guste o no, la política internacional no se decide por la superioridad ética de una frase, sino por la capacidad de ejecutar y sostener decisiones con efectos verificables. En nuestro hemisferio, el cambio real comienza cuando un liderazgo demuestra que su palabra no es decoración, sino anticipo de consecuencias. Eso, por sí solo, altera el comportamiento de las redes que sostienen a las dictaduras: financiamiento, lealtades, encubrimientos, rutas, intermediarios.
LaPatilla: El 3 de enero en Venezuela marcó, según usted, un umbral. ¿Qué significa ese umbral?
RCB: Significa que se rompió el pacto tácito de impunidad. Venezuela era el ejemplo perfecto de cómo un régimen podía consolidar criminalidad, propaganda y diplomacia de sobrevivencia, y aun así presentarse como “Estado” respetable porque el mundo prefería el ritual de la prudencia. Cuando ocurre una acción decisiva que demuestra que la impunidad puede quebrarse por la vía de hechos, se envía una señal que el hemisferio entiende sin necesidad de traducción: lo que antes parecía imposible, hoy es ejecutable. Y cuando lo imposible se vuelve ejecutable, el miedo empieza a mudarse.
LaPatilla: A Trump lo atacan con la etiqueta de “intervencionista” y con la acusación de haber quebrantado el derecho internacional. ¿Cómo enfrenta usted esa narrativa?
RCB: Entendiendo primero que no es un análisis: es un marco de propaganda. Su objetivo no es describir; es paralizar. La palabra “intervención” se usa como llave emocional; la fórmula “violación del derecho internacional” se usa como coartada sofisticada. Si usted acepta discutir dentro de ese marco, ya perdió, porque lo obligaron a justificar la protección de víctimas como si fuera agresión. La respuesta eficaz es imponer categorías correctas: protección de civiles, responsabilidad individual, rendición de cuentas, desmantelamiento de redes criminales, y creación de condiciones para que los pueblos decidan su futuro sin coerción. El centro moral no es la potencia que actúa; es la población que sufre.
LaPatilla: ¿Qué ocurrió el 28 de febrero en Irán y por qué lo considera parte de la misma lógica?
RCB: Se confirmó que el terreno de juego cambió. Irán no es un problema regional; es un laboratorio global de coerción teocrática. Cuando se demuestra capacidad de golpear objetivos estratégicos y de romper el mito de invulnerabilidad, el régimen pierde algo que necesita para dominar: la ilusión de eternidad. Esa ilusión es una herramienta de control. Cuando se rompe, el régimen empieza a verse a sí mismo como transitorio, y ahí nacen las fracturas internas que antes parecían impensables.
LaPatilla: ¿Por qué insiste usted tanto en la dimensión comunicacional? ¿No bastan las acciones?
RCB: Las acciones son necesarias; pero sin legitimidad pública, se vuelven frágiles. La guerra central de nuestro tiempo no es solo territorial ni militar: es semántica. Las dictaduras contemporáneas aprendieron a sobrevivir capturando el lenguaje. Pueden tener a un pueblo hambriento y reprimido, y aun así presentarse como “antiimperialistas”, mientras acusan a la víctima de ser instrumento de una potencia extranjera. Ese artificio se sostiene con una narrativa repetida, no con pruebas. Por eso, quien quiera resultados debe ganar también la audiencia: nuestras comunidades, la opinión pública, los decisores, los aliados, los indecisos.
LaPatilla: Usted insiste en que la batalla no es solo de hechos, sino de narrativa. ¿Cuál es el marco que usted propone para enfrentar la acusación de “invasión” y la idea de que se habría quebrantado el derecho internacional?
RCB: Yo propongo nombrarlo con precisión y sostenerlo con disciplina: la Responsabilidad de Proteger (R2P). Ese marco cambia el centro moral del debate. Obliga a dejar de hablar del poder que actúa y a hablar, por fin, de la población que está siendo aplastada por su propio Estado. No se trata de imponer un modelo político ni de “exportar democracia”; se trata de impedir la opresión sistemática, proteger civiles frente a crímenes graves y abrir condiciones para que los pueblos decidan sin coerción. Y aquí entra el punto práctico: si no ganamos esa batalla de lenguaje, el adversario seguirá presentándose como víctima y seguirá vendiendo la represión como “soberanía”.
Por eso, el llamado a las diásporas es inmediato y concreto: tenemos que unirnos para construir una línea pública común, coherente, repetible y resistente a la propaganda, que neutralice tanto el cliché de la “invasión” como la acusación de “ilegalidad”. Venezuela, Irán, Cuba y Nicaragua no necesitan más indignación dispersa; necesitan una coalición comunicacional que sostenga, ante la opinión pública y ante los decisores, que proteger a poblaciones oprimidas no es un capricho, sino una obligación moral y un imperativo político. Cuando esa legitimidad se consolida, las decisiones que hoy se intentan sabotear con narrativa —aunque el Presidente Trump tenga claro lo que debe hacer— se vuelven sostenibles, y el costo vuelve a cambiar de bando.
LaPatilla: Usted ha descrito una lógica de disuasión —palabra que se convierte en hecho, y hecho que se vuelve costo creíble—. Cuando usted dice que esa demostración no se quedará en Venezuela e Irán, ¿a qué escenarios se refiere concretamente?
RCB: Me refiero a los regímenes que dependen menos de una legitimidad real que de un equilibrio artificial sostenido por miedo, por redes y por oxígeno externo. Cuando se rompe la idea de que “nunca pasa nada”, esos sistemas empiezan a vivir un deterioro acelerado, porque su principal activo —la impresión de permanencia— se agrieta. En el hemisferio, ese patrón se ve con nitidez en Cuba y Nicaragua. No porque sean idénticos a Venezuela, sino porque comparten el mismo fundamento operativo: control por coerción y sobrevivencia por cálculo. Cuando el costo se vuelve verosímil, el cálculo cambia.
LaPatilla: Usted mencionó Cuba y Nicaragua. ¿Por qué sostiene que ahí el desenlace puede llegar sin una acción bélica, solo con presión y disuasión?
RCB: Porque esos aparatos no se sostienen por una mística heroica, sino por administración de riesgos. Su permanencia depende de que el mundo acepte una ficción: que son intocables, que el tiempo siempre juega a su favor, que la represión no tiene consecuencia. Si esa ficción se rompe, aparece lo que la propaganda oculta: la disposición a negociar salidas para preservar intereses personales y evitar costos mayores. Esto no exige épica militar; exige coherencia estratégica, presión sostenida y una narrativa pública que impida al régimen presentarse como víctima. En cuanto entienden que la impunidad dejó de ser un destino garantizado, empiezan a buscar un carril de salida.
LaPatilla: Usted ha hablado de transiciones inducidas por realineamiento y no por invasión. Cuando usted describe ese tipo de salida en el caso cubano, ¿a qué se refiere exactamente?
RCB: A un desplazamiento de incentivos. No se trata de tanques ni de ocupación. Se trata de que un régimen, al quedarse sin oxígeno —financiero, energético, diplomático— descubre que su continuidad se vuelve inviable y que su margen se reduce a negociar condiciones de apertura, cesión gradual y reacomodo, antes de enfrentar un colapso desordenado. La propaganda teme esa posibilidad porque desmonta su mito central: que solo sobreviven a fuerza de resistencia “antiimperialista”. En realidad sobreviven mientras el costo de sostenerlos sea bajo y el costo de desafiarlos sea alto. Cuando eso se invierte, el régimen se reconfigura o se quiebra.
LaPatilla: Usted viene insistiendo en que la impunidad fue posible porque el sistema internacional, en la práctica, toleró y hasta administró estas tragedias. Cuando usted dice que las dictaduras “usaron el sistema”, ¿qué significa, en concreto?
RCB: Significa que aprendieron a convertir los mecanismos internacionales en una coreografía que les compra tiempo. Usaron el lenguaje del derecho internacional para demorar el derecho, invocaron soberanía para blindar crímenes, y explotaron el deseo de estabilidad de terceros para vender represión como “orden”. Convirtieron foros en teatro, “diálogos” en anestesia, y condenas en rutina. El sistema, en vez de cerrar la puerta a la impunidad, en la mayoría de los casos la administró: la volvió soportable, gradual, normalizada. Ese modelo se debilita cuando reaparece una relación directa entre abuso y consecuencia, y cuando la narrativa deja de estar en manos del opresor.
LaPatilla: Para finalizar, Prof. Carmona-Borjas usted ha descrito cómo el sistema fue usado para comprar tiempo y cómo la narrativa puede sabotear incluso decisiones que ya están en marcha. Cuando usted mira este cuadro completo —la ruptura del pacto de impunidad, la disuasión como método y el deber de las diásporas de sostener legitimidad pública—, ¿qué es lo que, a su juicio, el mundo todavía no ha entendido y que define lo que viene para Cuba y Nicaragua?
RCB: Que la era en la que las dictaduras podían eternizarse administrando el lenguaje llegó a su fin. Durante décadas, esos regímenes vivieron de una ficción internacional: podían oprimir sin pagar, podían mentir sin costo, podían refugiarse en palabras grandilocuentes mientras convertían a sus pueblos en rehenes. Esa ficción se sostuvo porque el mundo toleró la impunidad como si fuera una condición natural. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, la impunidad dejó de ser una garantía y volvió a ser un riesgo. Y cuando la impunidad se vuelve riesgo, la cronología se acelera.
Por eso hablo de Cuba y Nicaragua no como una hipótesis lejana, sino como un desenlace que se aproxima a gran velocidad. No por romanticismo, ni por voluntarismo, sino por cálculo: a esos aparatos les importa la supervivencia de sus cúpulas, no la épica de sus consignas. Si entienden que el costo de mantenerse se volvió superior al costo de negociar, negociarán. Y si la opinión pública —en nuestras diásporas y más allá— sostiene una narrativa clara que desactive el chantaje de “intervención” y la coartada de “ilegalidad”, entonces el margen para dilatar se reduce hasta desaparecer. Ahí está la clave: no es una batalla de slogans, es una batalla por la legitimidad que vuelve sostenible la acción. Y cuando la legitimidad se consolida, el resultado no llega “algún día”: llega cuando el régimen descubre que ya no tiene dónde esconderse, ni en los procedimientos, ni en las palabras, ni en la inercia del mundo.
