El ocaso del ídolo: Bolívar y el naufragio de la Gran Colombia (1819-1831), por Ángel Lombardi

El ocaso del ídolo: Bolívar y el naufragio de la Gran Colombia (1819-1831), por Ángel Lombardi

Para: Alejandro Rafael

El último rostro es el rostro con el que te recibe la muerte.

-De un manuscrito anónimo de la Biblioteca





del Monasterio del Monte Athos, siglo XI.

Existe una carta reveladora de la caída de la Gran Colombia (1819-1831) luego del rutilante triunfo militar en la Batalla de Ayacucho (1824). En ella Bolívar le comenta a Urdaneta, uno de sus generales más adictos, la causa principal del desastre: “Por no entendernos con Santander: lo hemos perdido todo”.

El Bolívar entre los años 1824 y 1826 es el Bolívar peruano y andino. Un extranjero coronado por los intrigantes en Lima. Su kilométrica vanidad se sostuvo por la fuerza de sus batallones colombianos estacionados en la tierra de los Incas.

El Bolívar militar, audaz y exitoso, fue incapaz de administrar la victoria y de actuar como estadista cuando las exigencias de la paz así lo requirieron. Hay en él las secuelas de los “libros de caballería”.

Una idea traicionera de invocar a la grandeza como un alucinado. Bonaparte siempre estuvo en sus pensamientos. San Martín, otro Libertador, fue más cauto y sabio: se autoexilió.

Las ideas liberales y republicanas nunca fueron del todo asumidas por Bolívar. Un patricio en conflicto con la Democracia. Un ególatra confirmado por el éxito. Tampoco es que se podía ser un demócrata, de la noche a la mañana, dentro de realidades bárbaras y bajo el predominio de las lanzas.

En 1826, Bolívar planteó su idea más descabellada. Quién nos dice esto es Gerhard Masur, uno de sus biógrafos más serios y equilibrados. El proyecto de Constitución de Bolivia dinamitó dos instrumentos legales que esbozaron ideas de una modernidad en ciernes. Más teórica que real.

La Constitución de Angostura fue aprobada el 15 de agosto del año 1819 con la novedad del Poder Moral y una bravata infeliz con relación a la división de los poderes y la majestad de los civiles.

Para ese entonces la guerra aún no estaba ganada. Es más, la causa de los patriotas con Bolívar a la cabeza, entraba en el territorio de la sospecha. Pablo Morillo, el general español Jefe de la Costa Firme, se hacía fuerte e inexpugnable en toda la fachada norte costera donde estaba la sociedad urbana.

A Bolívar le tocó bailar en el monte y junto aliados de poco confiar. Su pana Arismendi, el margariteño, apenas le hacía caso. Y Páez siempre anduvo por la libre con sus llaneros insubordinados. Los caudillos orientales con Mariño a la cabeza ya habían intentado desconocer su autoridad en Cariaco (1817).

A Bolívar solo le quedaba en ese entonces los legionarios británicos y una maltrecha tropa reclutada a toda carrera en los llanos del Casanare por el neogranadino Santander.

Así que lo del Discurso de Angostura fue un acto político de soberanía institucional prácticamente en el aire y bajo las exigencias de una guerra aún no ganada. La propaganda de guerra fue una materia aprobada con sobresaliente por Bolívar.

El otro instrumento constitucional, otra camisa de fuerza para un militar brioso y jactancioso (esto último también es de Masur), fue la Constitución de Cúcuta del año 1821.

Los triunfos en Boyacá (1819) y Carabobo (1821) permitieron ordenar leyes que rara vez se cumplieron. Al fin y al cabo, esa era la bandera para justificar la ruptura del orden monárquico. Los militares que ganaron la guerra carecían de modales civilistas.

“El Congreso eligió por votación como presidente de la República a Simón Bolívar y vicepresidente a Francisco de Paula Santander, pero como Bolívar estaba ausente Santander toma la Presidencia y Antonio Nariño la vicepresidencia”.

Según el anecdotario al uso que es lluvia a cántaros en las efemérides patrióticas que sirvieron para modelar las identidades nacionales, cuando le preguntaron a Santander, el llamado “Hombre de las Leyes”, los alcances de la Constitución de Cúcuta del año 1821, éste respondió: «Significa que la espada de los libertadores tiene que estar, de ahora en adelante, sometida a las leyes de la República».

Muy bonito para ser real. Es más bien una ficción o anacronismo. Recurso preferido utilizado por los partidarios de Santander para justificar su desacato: ayer y hoy.

Santander sabía bien que la guerra impide la aplicación de una Constitución elaborada para regir la paz. De hecho, Santander se quedó en la retaguardia mientras Bolívar y Sucre se internaron hasta el sur andino para conseguir la expulsión de las últimas fuerzas españolas en el continente.

Bolívar en 1826, en la cúspide de su poder, comprendió que la paz era su perdición. Por ello sus devaneos para ir sobre el Brasil, Cuba y Puerto Rico. Su idea de una Federación Andina era la ampliación de la Gran Colombia. El Congreso Anfictiónico de Panamá, otra idea descomunal como descabellada, le quitaba el sueño. Y los adulantes del momento nombran a todo un nuevo país: Bolivia.

Enfrentado a las nuevas realidades por él mismo gestadas, Bolívar tuvo que generar una respuesta ya no como militar sino como gobernante y político. Y aquí no le fue tan bien. Su copiosa grandilocuencia verbal le hizo justificar lo injustificable. Ceñirse la corona o la dictadura vitalicia con tal de no abandonar el poder. Entre 1824 y 1827 fue dictador en Perú. Y en 1828 también en Bogotá al frente de la Gran Colombia.

La excusa más recurrente fue que su prestigio como El Libertador sería suficiente para enmudecer las disensiones entre sus propios aliados, ahora dueños de las muchas comarcas y patriecitas.

El autoengaño fue una red rota en las previsiones optimistas de quién se sintió ungido por la fortuna.

Páez se alzó en Venezuela y dinamitó a la misma Gran Colombia en el año 1826. Santander y Páez disputaron entre legalidad y fuerza. Y en esa república aérea la única palanca real del poder era la fuerza.

Bolívar se constituyó en árbitro. Y se rindió a la fuerza. En vez de apoyar a su vicepresidente le dio la razón al rebelde. En éste capítulo de la historia ya Bolívar no es Bolívar. Se sabe un intruso en tiempos de paz. Una paz sin España a la cuál de seguro extrañaría.

La guerra civil entre los mismos libertadores contradecía toda la obra por la cual en más de quince años había dejado el pellejo. Su mando ya no era acatado. Santander y Padilla conspiran contra Bolívar. En 1828 hay un intento de golpe de Estado en Bogotá que planteó el asesinato del caraqueño. Escapó por los pelos y la reacción contra los complotados fue bestial.

Santander fue el cerebro. Sus ejecutantes, actores de reparto. Como un golpe lleva a otros golpes le tocó a Sucre ser asesinado en Berruecos el 4 de junio de 1830.

Sin que esto fuera suficiente el “amigo” Páez instiga a que el Congreso Constituyente de Valencia en 1830 proscriba a Bolívar del territorio venezolano.

La muerte moral y política antecedió a la muerte física del Libertador. El 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta expiró sin las pompas que honran a un gran jefe de Estado. Su destino era el exilio.

Esto es lo que sucedió, humanamente, entre los que hoy se han convertido en héroes impolutos de las nuevas naciones “hermanas” surgidas luego de los trescientos años de la dominación hispánica.

“El proyecto de la Gran Colombia fracasó: no por falta de gloria, sino por exceso de personalismo en una época que exigía instituciones”.