Lapatilla

Hay instantes supremos en el curso histórico de las naciones, en que la política abandona el terreno de la retórica gaseosa y se interna en el ámbito concreto de las decisiones militares irreversibles.
Venezuela hoy transita ese umbral transicional. En los corrillos militares de Washington, y en los pliegues menos visibles del poder hemisférico, se percibe una convicción moral que ya no se disimula:
La paciencia estratégica de EE. UU. se está agotando aceleradamente. El presidente Donald J. Trump, fiel a una concepción realista del orden internacional ha llegado a la conclusión de que el grave y grueso expediente chavista solo admite una definitiva una resolución final.
No se trataría de un gesto meramente emocional, sino de una respuesta intelectual acumulativa frente a una cadena de desacatos, que desde la óptica de la Casa Blanca, constituyen un desafío directo a la autoridad estratégica de Estados Unidos en el subcontinente.
El eje de esta confrontación se centra en la figura ambivalente de Delcy Rodríguez, quién intenta ejercer el poder (por ahora) como pseudo regente ilegal de un mastodóntico aparato criminal degradado en oscura organización narcoterrorista.
Dos causales, ambas letales en términos militares, se ciernen sobre su figura fatídica. La primera, sería su probable negativa taxativa a ejecutar directrices precisas emanadas directamente desde la capital de Estados Unidos, dónde se le ordena cumplir la captura inmediata de figuras emblemáticas señaladas como capos del narcotráfico y del terrorismo regional (Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López, Nicolás Maduro Guerra y Walter Gavidia Flores), nombres infames que en los despachos de seguridad estadounidenses no se pronuncian ya como adversarios políticos legítimos, sino como objetivos militares de alto valor.
El desacato, en este contexto, no es una anécdota conflictuada y superficial, muy por el contrario es una afrenta personal expresa al Sr. Presidente de Los Estados Unidos.
La segunda causal, no menos grave, emergería incluso sí Delcy Rodríguez intentaré ganar tiempo mediante un acatamiento parcial de sus órdenes económicas.
Sí, tras ello, se negaré a iniciar un desembocante proceso electoral auténtico. Si esta mujer obsesionada con un afán de venganza familiar inaplacable, obstaculiza por todo medio posible un evento comicial directo, secreto e imparcial, quedaría al desnudo su verdadera naturaleza: no la de una inofensiva administradora transitoria, sino la de una usurpadora contumaz jefa narcotraficante y directora de la tortura en el Helicoide, incapaz de permitir una muy poco probable salida pacífica del poder.
Esta sería, la revelación final de su mefistofélica catadura moral y política. Cualquiera de estas dos decisiones podría activar un “Decapitation Strike” muy similar al de Irán. Una acción aeronaval fulminante orientada a desarticular la cúspide del poder chavista, no por afán punitivo, sino por un meditado cálculo sistémico.
En Washington se asume que sin su cabeza política ni mando coherente, el régimen narcoterrorista devendría en un cuerpo inerme condenado a la dispersión y a la disolución histórica definitiva.
A estas causales mayores se suman diversos factores detonantes que harían inevitable un desenlace militar expedito. Un ataque paramilitar chavista contra la embajada estadounidense, una agresión de colectivos a personal diplomático, sabotajes a infraestructura energética vinculada a intereses norteamericanos, el magnicidio de un líder opositor relevante o una ola de represión masiva y sangrienta contra civiles desarmados.
Cualquiera de estas chispas bastaría para incendiar la seca pradera venezolana saturada de resentimiento, miseria y sed de justicia. Una pradera empapada de gasolina de avión (de muy alto octanaje).
El escenario posterior es el que los principales analistas políticos serios no se atreven ya a edulcorar.
La neutralización de la élite político-militar del chavismo implicaría por definición la acefalía inmediata del régimen.
Las estructuras residuales de la FAN institucional carecerían de la cohesión mínima (obediencia debida) para sostener una represión prolongada de la población en estado general de rebelión.
La base militar joven, formada en la inducida penuria castrochavista y no en los privilegios de la cúpula narco corrupta, difícilmente aceptaría disparar sus fusiles apocados contra un pueblo irascible que desbordaría las calles en una insurrección espontánea, aluvional, casi telúrica. Seguiría un estallido social de magnitud histórica, una especie de 27 de febrero de 1989 multiplicado, no por la consigna, sino por el hambre acumulada y la humillación sistemática de un pueblo que tiene una sed desértica de libertad.
Pero este nuevo 27 de febrero no iría precisamente contra pequeños comercios, supermercado y tiendas de electrodomésticos. Está poblada violenta e irracional iría directamente contra las instalaciones militares, las sedes del desgobierno chavista y las casas de habitación de los altos gerifaltes enchufados.
Seríamos testigos presenciales de un hondo rugido popular nacido de las entrañas mismas de las comunidades populares totalmente desposeídas, portadores entre pecho y espalda de una furia macerada por 30 años, iracundia ciega que no responde a partidos ni a caudillos, sino al puro instinto vital de la más elemental supervivencia popular contenida.
Ante ello, el llamado “Cártel de Miraflores” podría ordenar (en su insania habitual) una represión militar y policial feroz; pero esto sería, muy probablemente, su último acto sepulcral de vesania comatosa.
Así querido lector es precisamente cómo caen los regímenes terminales, no solo por la presión militar externa, sino porque pierden, de pronto la obediencia interna y el miedo calcificado que precariamente sostenía su tambaleante cuerda floja de poder militar.
El chavismo narcoterrorista se halla, pues, en una coyuntura extrema, donde la historia parece escribirse con tinta inflamable y explosiva.
Y en estas horas de protervia final, conviene recordar una lección pretérita: Cuando el poder se divorcia por completo de la legalidad y del pueblo, la caída no es una posibilidad lejana; sino una consecuencia ineludible e inmediata.
Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Jorge Rodríguez se juegan literalmente la vida misma en su inestable equilibrismo peligrante y opresivo.
¿Lo que aconteció en Irán no les enseñó nada a estos crápulas?
