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En 1924, el presidente Juan Vicente Gómez utilizó una supuesta alianza petrolera con Alemania para presionar a Washington y consolidar su control personal sobre las reservas venezolanas
En febrero de 1924, una noticia estremeció las legaciones diplomáticas en Caracas: la Compañía Venezolana de Petróleo negociaba con el grupo alemán Stinnes la adquisición de una cuarta parte de la empresa y la explotación de doscientas mil hectáreas de reservas nacionales. No era un simple acuerdo comercial. Era un mensaje estratégico.
En la Europa de posguerra y en un hemisferio donde Estados Unidos afirmaba su hegemonía, la posibilidad de una penetración alemana en el subsuelo venezolano activó de inmediato las alarmas en Washington. Y eso era exactamente lo que buscaba el Benemérito Juan Vicente Gómez.
El dictador no improvisaba. En 1923 había creado la Compañía Venezolana de Petróleo (CVP), formalmente privada, pero bajo su control efectivo. La empresa adquiría reservas nacionales y luego negociaba con terceros.
La arquitectura era clara: centralizar la titularidad del recurso para convertirlo en instrumento de poder político y financiero. Quien aspirara a explotar petróleo venezolano debía hacerlo a través de la estructura gomecista.
La amenaza germana calculada
Los inversionistas norteamericanos desconfiaban de la CVP. Dudaban de la estabilidad jurídica de concesiones otorgadas bajo un régimen personalista. Entonces apareció la maniobra.
Se difundió que el grupo Stinnes entraría como socio estratégico, representado por Guillermo Sturup y Wilhelm Waltking. El convenio proyectado otorgaba acceso preferente a tierras federales y a aquellas que se transformaran en reservas nacionales. En términos geopolíticos, aquello equivalía a abrir una cuña europea en el Caribe petrolero.
El 26 de marzo de 1924, el Departamento de Estado instruyó a su misión en Caracas para que expresara formalmente que Estados Unidos vería con alarma cualquier medida que excluyera a sus intereses de competir en igualdad de condiciones. En la capital venezolana no había embajador acreditado; la representación recaía en oficiales consulares como Arthur R. Williams y Thomas W. Voetter, quienes actuaban como enlace directo con Washington.
La Cancillería venezolana respondió negando cualquier intención confiscatoria. Gómez envió su propio mensaje tranquilizador: no permitiría que nadie aventajara a los norteamericanos. Pero la advertencia ya había surtido efecto.
La supuesta negociación con Alemania no era un cambio de eje geopolítico; era una palanca de presión. Gómez mostraba que tenía alternativas. Estados Unidos dejó de ser un interlocutor exclusivo y pasó a ser un competidor potencial.
Concentración y negociación
La reacción empresarial fue inmediata. La Standard Oil de Nueva Jersey reconsideró su postura y comenzó a adquirir concesiones, pese a cuestionamientos previos sobre su legalidad. Otras compañías siguieron la misma lógica. Era preferible pactar con Gómez antes que perder terreno frente a un eventual capital europeo.
El Gobierno publicó en Gaceta Oficial los lapsos para ofertar por reservas nacionales. Fueron tan breves que solo la CVP estaba en condiciones reales de optar. Las concesiones terminaron concentradas en el círculo presidencial.
En 1926, el general Gómez dio un paso más sofisticado. Designó al Dr. José Gil-Fortoul, destacado historiador y periodista, como su enviado plenipotenciario, con amplias facultades para negociar en el exterior las reservas nacionales concentradas en la CVP. No se trataba de un delegado técnico imprevisto sino de un representante investido de poderes extraordinarios para estructurar asociaciones internacionales.
El acuerdo que tomó forma en Londres y fue finalmente suscrito en París en octubre de 1927 implicó la transferencia de más de un millón 500 mil hectáreas con títulos de exploración y otras más de 210 mil hectáreas con títulos de explotación efectiva. Era una porción sustantiva del patrimonio petrolero nacional.
El contrato público establecía pagos en efectivo a la CVP. Sin embargo, arreglos paralelos contemplaban una participación porcentual en las utilidades netas de la nueva estructura societaria. El Gobierno recibiría una porción definida; otra parte quedaría bajo control de la CVP —es decir, de Gómez— y el propio Gil-Fortoul participaría en ese esquema de beneficios.
Desde la óptica institucional moderna, resulta problemático que un enviado plenipotenciario obtuviera participación en utilidades derivadas de la negociación que él mismo conducía. Pero en el marco del gomecismo, donde la línea entre Estado y patrimonio personal era difusa, aquello no era una anomalía sino parte del sistema.
Cuando los directores de la CVP evaluaron los términos fiscales —impuestos acumulados por cientos de miles de bolívares, riesgos de reversión de títulos y costos adicionales significativos— advirtieron el carácter especulativo de la operación. Gómez ordenó continuar.
Interdependencia estratégica
Hacia 1929, ciento siete compañías estaban registradas en Venezuela, pero solo cinco exportaban. Más del noventa y ocho por ciento de la producción estaba en manos de Shell, Gulf y Standard de Indiana. La Shell producía alrededor del cuarenta y cinco por ciento; las otras dos, cerca de veintisiete por ciento cada una.
Entre 1922 y 1928, la producción venezolana se duplicó año tras año. Edward Gerald Duffy observó que en 1924 las importaciones totales del país alcanzaron 41 millones 600 mil dólares, de los cuales 23 millones correspondían a exportaciones norteamericanas. La relación económica era ya estructural.
Hubo fricciones. Desde el Ministerio de Fomento, Gumersindo Torres cuestionó por qué la gasolina refinada del petróleo venezolano era más barata en Estados Unidos que en el propio territorio nacional. Detectó diferencias inexplicables en costos de transporte y calculó que, entre 1927 y 1931, importantes compañías habían defraudado al fisco venezolano por decenas de millones de bolívares. Sus reclamos fueron finalmente neutralizados.
Washington no adoptó medidas disciplinarias contra Gómez. El dictador garantizaba estabilidad y suministro. En un contexto continental donde la Standard enfrentaba conflictos en México o Bolivia, Venezuela ofrecía expansión de reservas y relaciones fluidas con el poder político.
De riguroso cálculo a deterioro total
Gómez no fue un nacionalista petrolero. Fue un estratega autoritario que entendió el valor geopolítico del recurso. Utilizó la amenaza alemana para disciplinar a Estados Unidos y utilizó a Estados Unidos para consolidar su régimen. Manipuló rivalidades internacionales con frialdad y precisión.
Había cálculo. Había conciencia del peso estratégico del petróleo.
Décadas después, la industria que había sido eje de negociaciones globales fue reducida a instrumento ideológico y caja chica política. Bajo el gobierno de Hugo Chávez y luego de Nicolás Maduro, el petróleo dejó de ser carta mayor en una partida internacional para convertirse en mercancía de intercambio coyuntural: barriles por alianzas circunstanciales, acuerdos opacos, improvisación técnica. La diferencia es estructural.
Gómez manejó el petróleo como instrumento de poder geopolítico.
El proyecto chavista-madurista administró la renta sin preservar la capacidad productiva, la hizo un instrumento personal.
Entre la celada alemana de 1924 y el colapso del siglo XXI, el petróleo venezolano pasó de ser palanca estratégica en el tablero hemisférico a símbolo de deterioro institucional, el más nefasto de la historia latinoamericana.
Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
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@LuisPerozoPadua


