
El nacimiento de Mayiyi no respondió a una estrategia ni a un plan cuidadosamente diseñado. Surgió por necesidad.
Mientras estudiaba cinematografía, Rogelio Peral había escrito y dirigido un cortometraje. Todo estaba listo para el rodaje, excepto por un detalle decisivo: el actor principal no apareció. Ante la presión del momento y sin margen para reorganizar la producción, decidió asumir el papel él mismo. No era la opción prevista, pero fue la única posible.
Lo que comenzó como una solución improvisada terminó convirtiéndose en identidad. Aquel día, en medio de la incertidumbre, experimentó una sensación inesperada. Más allá del miedo lógico de enfrentarse a cámara sin haberlo planificado, sintió que estaba exactamente donde debía estar. El personaje que surgió en ese set no fue un disfraz, sino una revelación.
Sin embargo, el escenario no era un territorio desconocido.
Mucho antes de las redes sociales y del cine, su vida transcurría bajo una carpa de circo. Nació en una familia circense; su abuelo fue uno de los grandes payasos de Cuba. El circo no era una anécdota romántica, sino un entorno real de formación. Allí aprendió que la risa tiene peso, que un aplauso no es solo ruido, sino energía compartida.
El contacto directo con el público marcó su manera de entender el entretenimiento. No como simple distracción, sino como conexión.
La vida, no obstante, introdujo pausas abruptas. A los 12 años sufrió un accidente que comprometió seriamente las primeras vértebras de su cráneo. El diagnóstico fue delicado. La posibilidad de limitaciones permanentes era real. Sobrevivir ya era incierto; hablar con normalidad, una incógnita.
El episodio no lo define, pero sí redefinió su perspectiva. La experiencia instaló una conciencia distinta sobre el tiempo y las oportunidades. Desde entonces, cada proyecto dejó de ser solo una meta profesional para convertirse en una responsabilidad personal.
A los 17 años emigró a Estados Unidos. No lo hizo con un personaje armado ni con una carrera estructurada. Llegó con inquietud creativa y una disposición a trabajar en distintos frentes. Regresó al circo, formó parte de un grupo musical, aprendió ingeniería de sonido, abrió su propio estudio y continuó su formación en cinematografía, llegando a ser reconocido como director.
Cada etapa parecía distinta, pero en retrospectiva todas aportaban herramientas. El oído musical, la disciplina escénica, la narrativa audiovisual. Nada fue aislado.
Cuando finalmente apareció Mayiyi como personaje público, durante la pandemia, no surgió desde cero. Surgió desde esa acumulación de experiencias.
En sus primeros contenidos digitales exploró distintos formatos: sketches breves, observaciones cotidianas, pequeños experimentos. El punto de quiebre llegó con una parodia sobre la cuarentena y el toque de queda. El video generó una reacción inmediata. El público se vio reflejado en situaciones que todos estaban viviendo.
Ese momento no solo significó mayor visibilidad. Marcó una dirección. Comprendió que el humor conectado a la realidad cotidiana tenía una fuerza particular. A partir de ahí, su línea creativa se volvió más definida.
Su trabajo no se limita a la actuación frente a cámara. En la mayoría de sus parodias musicales participa activamente en todo el proceso: graba voces, trabaja la mezcla, filma, edita y ajusta detalles hasta que el resultado coincide con la idea original. El proceso suele ser exigente y, en ocasiones, caótico. Repetir tomas, cambiar una línea a última hora o rehacer una edición completa forman parte de la rutina.
Esa implicación total responde a una convicción: el resultado final debe reflejar exactamente lo que imaginó.
Con el crecimiento digital llegó también una decisión estratégica. Fundó Momo Media Entertainment Corp. con el objetivo de dar estructura a su trabajo. Más que un movimiento comercial, fue un paso hacia la organización y la proyección a largo plazo. La intención es que el personaje no sea una etapa pasajera, sino parte de un recorrido más amplio dentro del entretenimiento.
Hoy se encuentra en una etapa distinta. Ya no se trata de comprobar si puede hacerlo. Esa fase quedó atrás. El foco está en hasta dónde puede llevarlo. La experiencia del circo, el accidente, la migración, la música y el cine no aparecen como capítulos desconectados, sino como preparación.
Aquella jornada en la que el actor no llegó al rodaje dejó de ser un contratiempo para convertirse en punto de partida. A veces, los giros inesperados no interrumpen una historia; la encaminan.
NP
