La imaginación volando, por Antonio Ledezma - LaPatilla.com

La imaginación volando, por Antonio Ledezma

Desde mi infancia en San Juan de los Morros, el Cerro Platillón no era simplemente una montaña. En mi imaginación de muchacho era el techo del mundo, una presencia azulada y majestuosa que parecía sostener el firmamento guariqueño. Aquellos 1.930 metros no eran una cifra; eran la cima de una escalera hacia el infinito, el centinela eterno que vigilaba al pueblo desde la Serranía del Interior.

Me veía a mí mismo convertido en papagayo, soltando amarras desde la tierra caliente para elevarme con el viento. Desde ese vuelo imaginario, el paisaje se desplegaba como un tapiz bendecido: la imponente silueta de Los Morros emergiendo como vigías de piedra. En otro costado del pueblo permanecía el Monumento a San Juan Bautista erguido sobre la llanura; la inmensidad del llano extendiéndose hasta rendirse ante la montaña y sus santos.





Luego descendía en suave acrobacia hacia la Plaza de los Samanes. Bajo esas cúpulas verdes —esas verdaderas bóvedas naturales que filtraban la luz y cobijaban las fantasías— la política era una cátedra al aire libre. Allí el aura olía a tierra fresca y a esperanza. Los discursos de los candidatos presidenciales subían como humo entre las frondas, mezclándose con los anhelos de justicia de un país que creía en sí mismo.

Al mirar hacia el norte, el Monumento Natural Cerro Platillón regalaba su neblina y el murmullo de sus aguas cristalinas. Era el refugio del frío en medio del calor llanero, un recordatorio permanente de que, por muy plana que parezca la tierra, siempre hay una cumbre que conquistar. Esa geografía —ruda en la roca y generosa en la sombra— fue forjando mi espíritu.

Bajo la techumbre de los Samanes se dibujaba el tríptico de nuestra democracia. Jóvito Villalba irrumpía como un relámpago. Su voz electrizante sacudía las hojas de los árboles y estremecía a la multitud. No solo hablaba: pintaba el país con metáforas encendidas. En su verbo había pasión, urgencia, una fuerza capaz de hacernos creer que el Platillón podía alcanzarse con solo estirar la mano. Era la política como fuego creador.

Gonzalo Barrios representaba el contrapunto. Su figura impecable parecía no alterarse bajo el sol llanero. Su discurso farragoso, a veces denso e ininteligible para mi oído juvenil, tenía la cadencia del académico riguroso. Años después comprendí la profundidad de aquella arquitectura verbal. Era la política como razonamiento, como filigrana intelectual que exigía reflexión antes que aplauso.

Y Rafael Caldera completaba el cuadro con su solemnidad de estadista. Orador preciso, dueño de una vasta cultura, articulaba cada sílaba con el cuidado de un orfebre. Sin embargo, proyectaba una distancia sutil, casi invisible, que lo retraía del gentío. Era el académico en el ágora, consciente del peso de la historia sobre sus hombros. En él, la política adquiría la gravedad del pensamiento institucional.

Desde mi vuelo de papagayo, así entendí la democracia: como un coro de voces distintas bajo la misma sombra. El fuego eléctrico de Villalba, el laberinto intelectual de Barrios y la prestancia académica de Caldera no se anulaban; se complementaban. Pasión y razón dialogaban. Carisma y doctrina coexistían. Había debate, había contraste, pero también un respeto profundo por las reglas del juego.

Mi madre era una adeca furibunda que no dejaba de cumplir con los rigores de su entusiasta militancia. Combinaba su pedaleo para activar la aguja de aquella maquinita de coser con su mente, siempre hilando sueños y trazando el mejor diseño de vida para la familia que abrigaba con una abnegación admirable. Aferrado a su mano derecha salíamos de nuestra casa, caminando desde la Av. Miranda, atravesando la calle infante que desembocaba en la Plaza de Los Samanes. Tenía trece años, arremolinado con ella nos confundíamos entre la multitud para escuchar a aquellos gigantes. No entendía todo, pero intuía que estaba presenciando algo valioso: una nación que discutía su destino con palabras, no con imposiciones; con argumentos, no con amenazas.

Hoy, al mirar la realidad venezolana, el contraste es doloroso. La política dejó de ser un aula abierta y se convirtió en un monólogo cerrado. La pasión degeneró en fanatismo; la razón fue sustituida por consignas; la solemnidad institucional cedió ante la improvisación autoritaria.

Aquellos Samanes siguen en pie. El Platillón continúa vigilando desde su altura, el Sanjuanote sigue erguido frente a La Catedral y Los Morros, inamovibles, dándonos una idea del tamaño de los llaneros. Pero la democracia que vibraba bajo la sombra de esos follajes exige ser reconstruida. Quizá el desafío de nuestra generación sea reconciliar nuevamente el fuego y la razón; recuperar el debate respetuoso; devolverle a la política su dimensión pedagógica y moral. Que las nuevas generaciones puedan, como aquel muchacho de trece años, confundirse entre la multitud no para temer, sino para aprender; no para callar, sino para participar. Porque un país que alguna vez supo discutir bajo la sombra de sus árboles centenarios puede volver a hacerlo.

Y tal vez, si logramos reencontrar ese equilibrio entre pasión y pensamiento, la imaginación vuelva a volar —no como evasión nostálgica, sino como proyecto de futuro para Venezuela.

Antonioledezma.net Premio Sajarov (Parlamento Europeo), Premio Defensa DDHH (Congreso de los EEUU), Premio Human Rights and Democracy, Ginebra., Premio Cortes de Cádiz.  Premio Foro España Cívica.