
Un poco más de cien años atrás te morías de cualquier cosa. Nada era una pavada. Una otitis podía ser fatal porque, cuando progresaba la infección y se propagaba hasta el hueso mastoides y lo infectaba, se convertía en una vía de acceso directa al cerebro, lo que podría derivar en meningitis, abscesos o una trombosis del seno sigmoideo. ¡Levanten la mano quienes no hayan tenido una otitis bacteriana en su vida! Una lastimadura cualquiera, si tenías mala suerte, también podía llevarte a un punto de no retorno. Una herida o un simple raspón eran potencialmente mortales. Si la infección era severa, en el mejor de los casos, una amputación a tiempo podía salvarte de esa necrosis que te iba comiendo el cuerpo. Bebés y niños morían apestados con facilidad y llegar a ancianos era una verdadera peripecia.
Por infobae.com
Hasta que en 1928 Alexander Fleming descubrió la penicilina. Esa fue la bisagra crucial que terminó con la puerta giratoria por donde se escapaba la vida y entraba la muerte. Su producción industrial ocurrió unos años más tarde, entre 1941 y 1943, y tuvo un papel esencial a fines de la Segunda Guerra Mundial para mantener a los soldados con vida en las trincheras.
Poco a poco, los científicos fueron ampliando el espectro de los antibióticos y las muertes retrocedieron con rapidez y por millones en el mundo entero.
Se habían generado las drogas salvadoras que con el tiempo acabamos normalizando. El descubrimiento había empujado las fronteras de la existencia y situado a la obcecada “señora de negro” tanto más lejos. El promedio de vida en los países industrializados subió con velocidad de entre 40/50 años a 60/65. La mortalidad infantil se desplomó del treinta al cinco por ciento. Se vivía más y mejor.
Pero convengamos que en aquellos tiempos de la “era pre antibióticos” había muchas otras enfermedades fatales y sin cura. Por ejemplo, la diabetes. Desde el momento en que alguien se enteraba de que la padecía sabía que sus días estaban contados. Era el fin.
La orina dulce
En la antigüedad la diabetes estaba muy documentada, pero nadie la entendía demasiado.
Fue en el siglo II después de Cristo que el médico griego Areteo de Capadocia le puso nombre y apellido: diabetes, que venía a decir algo como dejar “pasar a través”. La idea era que el cuerpo dejaba pasar a la orina cosas que normalmente no debería permitir. El síntoma principal era que el paciente hacía muchísimo pis. A los comienzos se diagnosticaba oliendo la orina que era muy distinta a la del resto.
En la antigua India lo llamaban “orín dulce” y para saber si el paciente tenía diabetes o no colocaban hormigas cerca de una muestra de orina del enfermo para ver si eran atraídas por ella. Si se acercaban daban la señal de que estaba endulzada. Era un misterio el motivo por el qué, lo que creían azúcar, llegaba hasta allí.
Además de orinar en cantidad, los enfermos sentían muchísima sed y eran sometidos a dietas extremas para paliar los síntomas. Los médicos sabían que ingerir menos calorías era lo único que funcionaba temporalmente.
Tener un diagnóstico de diabetes resultaba, en esa época, una sentencia de muerte. Lo único que se podía hacer, para intentar controlarla, eran los ayunos. Punto.
En 1674 el médico inglés Thomas Willis describió a la diabetes como una enfermedad con una orina “maravillosamente dulce” y por eso le agregó al nombre la palabra mellitus (que significa en latín “como miel”). Su método clínico consistía directamente en probarla. Casi cien años después, otro médico británico, Matthew Dobson, confirmó que lo que había en la orina no parecía azúcar, lo era. Así de sencillo. El metabolismo, por algún motivo que desconocían, en algunas personas, tendía a acumular el azúcar que circulaba por la sangre que, luego de pasar por el riñón, acababa en la orina. Ese pasaje era para el cuerpo un desafío mortal.
Si bien la diabetes se le diagnosticaba al uno por ciento de la población, la tasa de mortalidad era del cien por ciento. La muerte llegaba, en promedio, tres años después del diagnóstico. Los niños la tenían peor: morían en un año y tres meses.
En 1889 fueron dos médicos alemanes, Paul Langerhans y Oskar Minkoswki, los que vincularon el páncreas con la diabetes al realizar varios experimentos en perros. Cuando extirpaban el órgano al animal, este desarrollaba diabetes grave. Fue entonces que se descubrió que el páncreas produce una sustancia que regula el azúcar en sangre. Nada menos. Empezaron a preguntarse cómo podían aislar esa sustancia tan necesaria para administrarla.
