
Jonathan Carrillo es un hombre de 35 años de edad que estuvo detenido desde el 20 de julio de 2022 hasta el 26 de febrero de 2026, es decir, tres años, siete meses y seis días en una injusta privación de libertad.
De ese tiempo, permaneció tres años y dos meses en El Helicoide, Caracas; luego el 12 de agosto de 2025 lo trasladaron al Centro Penitenciario Yare III (estado Miranda) y luego lo llevaron a Yare II desde el 25 de septiembre de 2025 hasta el día de su excarcelación el 26 de febrero de 2026 con dos medidas cautelares: régimen de presentación cada 30 días y prohibición de salir del país.
Su madre, su fuerza
Jonathan nació y se crio en Ciudad Bolívar. Es el mayor de dos hermanos, pero su hermano menor perdió la vida en un accidente de tránsito hace nueve años. Es la luz de los ojos de su mamá, ambos son una llave inseparable, un equipo que se fortaleció en los momentos más adversos durante el tiempo que estuvo tras las rejas de forma arbitraria.
Se define como una persona talentosa, trabajadora y que logra las metas que se propone. “No soy un ángel, pero considero que tengo buenos sentimientos. Me gusta avanzar, ser un luchador, salir adelante y con el ejemplo de mi madre”, expresó a Espacio Público.
Adicionalmente, manifestó que le gustan los estudios, así como también trabajar y el activismo político, sobre todo, en las luchas por los más vulnerables. “Me gusta luchar por el bien común de las comunidades”, agregó.
Hace varios años decidió venirse a la ciudad de Caracas para estudiar la carrera de sus sueños: Comunicación Social. Cursaba el noveno semestre en la Universidad Bolivariana de Venezuela y trabajaba en el área administrativa de la Asamblea Nacional.

Funcionarios del SEBIN lo detuvieron
Todo marchó bien hasta el 20 de julio de 2022 cuando se dirigió hacia el Aeropuerto Nacional de Maiquetía a comprar un pasaje para viajar a su ciudad natal ese día o al siguiente, pero no llegó ni a su casa materna ni a la casa que lo albergó en Caracas.
En el terminal aéreo se le acercaron tres funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y le quitaron sus dos teléfonos. Lo llevaron a una oficina del cuerpo policial en el aeropuerto y permaneció allí durante cuatro horas. Ahí empezó su calvario.
No le permitieron avisarle a su mamá. Imploró para que lo dejaran hacer una llamada, pero se lo impidieron a toda costa. Una vez que su madre supo de su paradero, se mudó a Caracas para ayudarlo sin cesar.
Ocho días después, el 28 de julio, lo presentaron ante el Tribunal 4to de Control de La Guaira y lo acusaron con los delitos: migración ilícita, usurpación de funciones y forjamiento de documentos. De ahí se lo llevaron al Helicoide y, ya en el sitio, a la celda que llaman “El tigrito”. En el Helicoide desarrolló gastritis e hígado graso, entre otras alteraciones en su salud.
Jonathan habla con firmeza, con claridad, con un brillo en su mirada que denota la injusticia que vivió, pero a la vez con reconocimiento hacia su madre por no desmayar y acompañarlo de todas las maneras posibles. Para él, su mamá lo es todo. “Mi madre significa mi vida. Yo estoy aquí producto de su lucha, perseverancia, de su trabajo, de estar siempre con su hijo y yo con ella”, expresó con orgullo y agradecimiento.
De tanto en tanto afloran sus emociones por lo que vivió en los tres centros de detención. Lo golpearon. ¿Las razones? por mirar, por no mirar, por moverse, por no moverse, simplemente por estar ahí. En diversas ocasiones los castigos eran colectivos: por uno pagaban todos. Esto podía ser en recibir una dosis de diclofenac (batazo) o con exposición al sol desde el mediodía hasta el anochecer, así como también torturas psicológicas que incluían amenazas y descalificaciones.
En una oportunidad recibió un batazo porque le dijo a su mamá que no había electricidad en Yare II.
Hasta la fecha, Jonathan desconoce en sí la razón por la que lo detuvieron porque esos delitos no los cometió.
Durante los años que estuvo en el Helicoide se refugió en la lectura y en la escritura. Logró que su mamá le llevara libretas y lápices para plasmar no solo su sentir, sino también sus derechos legales. De esta experiencia, nació el sueño de escribir un libro que inspire a la juventud a salir adelante.
Jonathan en todo momento pone a Dios por encima de todo, aunque confesó que su fe se resquebrajó en varias oportunidades cuando la desesperación hacía de las suyas. “La desesperación en prisión es horrible. Estando afuera te puedes desesperar por algo, pero en prisión tienes las manos atadas y dependes de otra persona. Saber que no puedes hacer nada porque estás ahí… preso”, expresó.
¿Hay un Jonathan Carrillo antes y después de este proceso?
“¡Sí! Cada proceso en la vida te marca y yo no merecía pasar por esto. Estaba trabajando y estudiando y esta situación me marcó por la irresponsabilidad de un Estado sin derecho, un Estado que no garantiza la justicia y por sus graves irregularidades. El Jonathan de antes no es el mismo del actual porque me siento con más fuerza. No siento deuda moral con el Estado ni con la sociedad porque nunca fui ni seré delincuente. ¡Llevo mi frente bien en alto!”, expresó con orgullo.
No obstante, asegura que salió de este proceso con un poco más de malicia e incrédulo con las personas, pero a la vez afirmó que no guarda rencor en su corazón y que perdona a las personas que le hicieron daño.
Por último, Jonathan envió un mensaje a todas las personas que siguen tras las rejas por razones políticas: “aférrense a Dios principalmente porque él todo lo puede, no pierdan la esperanza porque sí saldrán en libertad y tendremos una Venezuela libre y democrática, con justicia. ¡No se dejen vencer porque Venezuela los recibirá con los brazos abiertos!”.
Al momento de publicar esta nota, Jonathan Carrillo solo tenía una semana de su excarcelación y apenas iniciaba su proceso de readaptación a la vida que el Estado venezolano le arrebató por casi cuatro años.
