
En el número 36 de Craven Street, en el corazón de Londres, se alza una elegante casa georgiana de ladrillo que hoy funciona como museo. Allí residió durante casi dos décadas Benjamin Franklin, entre 1757 y 1775, en los años previos a la independencia de las colonias americanas. Fue diplomático, científico, impresor y uno de los cerebros políticos más influyentes del siglo XVIII. Lo que nadie imaginaba es que, dos siglos después, su antigua residencia saltaría a los titulares por un hallazgo macabro: más de 1.200 fragmentos de huesos humanos enterrados en el sótano.
Por Muy Interesante
El descubrimiento se produjo a finales de la década de 1990, cuando un equipo acometía trabajos de restauración para convertir el edificio en la actual Benjamin Franklin House. Tal y como han revelado los responsables del museo, al excavar en una pequeña estancia sin ventanas apareció un fémur humano. Lo que parecía un hallazgo aislado terminó convirtiéndose en una excavación sistemática bajo supervisión forense. El resultado: restos pertenecientes al menos a una quincena de individuos, entre ellos varios niños.
La datación de los huesos resultó clave. Los análisis indicaron que tenían más de dos siglos de antigüedad, lo que los situaba cronológicamente en la época en la que Franklin habitó la casa. La coincidencia temporal alimentó inevitablemente las especulaciones. ¿Había estado implicado el célebre estadista en algún episodio oscuro? ¿Se trataba de víctimas de un crimen oculto bajo las tablas del suelo?
Sin embargo, la investigación histórica y arqueológica fue desmontando esa hipótesis sensacionalista. Las marcas visibles en muchos de los huesos —cortes limpios, perforaciones circulares en cráneos, secciones precisas en fémures— no apuntaban a violencia criminal, sino a prácticas anatómicas. Tal y como indican los estudios realizados tras el hallazgo, aquellos restos eran el testimonio de disecciones científicas realizadas en el siglo XVIII.
Anatomía, ciencia y clandestinidad en el siglo XVIII
Para comprender el enigma hay que trasladarse a la Inglaterra georgiana. La anatomía era entonces una disciplina en plena expansión, pero rodeada de polémica moral y restricciones legales. La disección de cadáveres humanos no estaba regulada de forma clara y, en la práctica, el acceso a cuerpos era muy limitado. Solo los ejecutados podían ser legalmente utilizados con fines anatómicos, y ni siquiera eso bastaba para cubrir la demanda creciente de las escuelas médicas.
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