Venezuela en el umbral, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

Venezuela en el umbral, por @ArmandoMartini

El 3 de enero 2026 no presagiaba importancia, pero de repente cambió, la ciudad convulsionó y se produjo el acontecimiento político más disruptivo que América Latina ha presenciado en décadas. Un fin abrupto y el inicio de una transición cuyo desenlace nadie puede esbozar con certeza.

La operación dejó al mundo sin palabras. Pocos lo esperaban, Cilia y Nicolas fueron trasladados a Nueva York, y en resguardo, enfrentan cargos por narcoterrorismo y conspiración. Donald Trump lo resumió con dureza, vamos a gobernar Venezuela hasta que se dé una transición segura.





Conforme a la Constitución, la vicepresidenta ejecutiva, asumió la presidencia interina. La paradoja no podía ser más elocuente, el chavismo, edificado sobre el pilar retórico del antiimperialismo, amaneció negociando supervivencia con su enemigo existencial, hoy, interlocutor. Ironía cruel que ningún guionista se atrevería a escribir.

La Casa Blanca ordenó, estabilización, recuperación y elecciones libres. Una arquitectura ambigua que en los primeros sesenta días demuestra la inequívoca disposición de avanzar en lo económico antes que en el político. Moderación en sanciones que permiten transacciones; allanamiento del camino para que operen las petroleras estadounidenses; habilitación del espacio aéreo para vuelos comerciales; y presencia de la CIA. Sin duda, un compromiso con la estabilidad.

Pero los movimientos en el tablero político son más lentos, opacos y perturbadores. El gobierno provisional tutelado presentó una Propuesta de Ley de Amnistía que, en teoría, abarca casos de violencia política, excluyendo delitos graves. En la práctica, el proceso de liberación ha sido lento, lleno de incertidumbre y marcado por dilaciones, que observadores reconocen como estratégico. El chavismo cede en materia económica, pero dilata y enreda la liberación de reclusos y el regreso de los exiliados. Concede espacios económicos y gana tiempo en lo político.

María Corina Machado anunció regreso, sin especificar fecha. Tras recibir el Premio Nobel de la Paz, prometió que llegará para abrazarnos, trabajar juntos y garantizar una transición democrática ordenada. Su regreso sería el acto político más significativo de este período. Ella, encarna no solo la resistencia democrática, sino la legitimidad moral que la transición necesita para ser creíble. Con su ausencia en tierra venezolana, la conversación sobre elecciones libres permanece abstracta. Con su presencia, se vuelve urgente e impostergable.

Por eso, el chavismo tiene incentivos para retrasarla y rodearla de obstáculos. La historia de Venezuela enseña que entre el anuncio y el hecho político fijado suele existir un abismo.

En un balance objetivo, se debe ser honesto con lo que va bien. El régimen de Maduro terminó. Hay un diálogo real entre Caracas y Washington. Se liberan algunos presos. Las sanciones se flexibilizan. La industria petrolera comienza a atraer inversión. María Corina Machado regresa. Son logros que hace un año parecían quiméricos.

Pero también francos, con lo que genera alarma. El FMI proyecta que la inflación enorme. Los grupos armados irregulares mantienen el control de zonas periféricas, desafiando la autoridad del nuevo gobierno. La estructura chavista permanece intacta en las instituciones, y quienes controlan ese aparato no tienen ningún entusiasmo por convocar elecciones que saben perderían.

La pregunta, ¿qué tipo de democracia puede construirse bajo tutela extranjera? La intrusión dejó de lado a los organismos multilaterales y a la justicia internacional. El fracaso del multilateralismo se mide en la incapacidad para negociar una transición. Pero la intervención unilateral tampoco es, por sí sola, una respuesta suficiente.

¿Vamos bien o mal? La respuesta, marchamos en dirección desconocida, con contradicciones que generan esperanza y desconfianza al mismo tiempo. El análisis político riguroso debe resistir la tentación del optimismo fácil y pesimismo cómodo. La presión de Washington, combinada con el regreso de Machado y la movilización popular, obligan elecciones libres en un plazo razonable, no determinado, que dependerá de las circunstancias. La reactivación petrolera permite recuperación económica gradual. Venezuela inicia un proceso de reconstrucción institucional lento, sin embargo, requiere voluntad política que todavía no se ve con claridad en los herederos del chavismo.

El aparato dilata la transición, satisfacen a Washington, pero preservan control institucional. El resultado una Venezuela integrada a la economía global, pero sin democracia, una especie de petrocracia tutelada cuyo objetivo final es elecciones libres, pero que se posponen bajo pretexto técnico. No es el peor resultado, tampoco, la promesa que la oposición lleva décadas defendiendo.

El 3E, sin duda, el punto de inflexión más dramático. El tirano cayó no por revolución popular ni transición negociada, sino por intervención militar extranjera. Una victoria sobre el autoritarismo, sí. Pero también, hipoteca sobre la soberanía y legitimidad del proceso que viene. Una democracia cuya fundación descansa sobre la decisión unilateral, carga con una deuda simbólica que sus líderes tendrán que saldar, con votos libres e instituciones que respondan al pueblo, y no a ninguna capital extranjera.

La transición no ha iniciado. Los próximos 60 días serán, aún más decisivos que los que acaban de pasar. Venezuela lleva décadas siendo un laboratorio trágico de experimentos; primero del populismo rentista; luego el autoritarismo del siglo XXI; y ahora, la reconstrucción bajo presión. El mundo observa. Y los venezolanos, que han cargado con más de lo que ningún pueblo debería soportar, merecen que esta vez el ensayo tenga un desenlace distinto.

El riesgo, no es que Venezuela regrese al pasado de Maduro. Ese capítulo cerró. El peligro es que cambie de tutor sin construir instituciones democráticas que necesita y precisa para gobernarse a sí misma. 

@ArmandoMartini