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El Retorno a la Selva Digital: El Extraño Caso de los Sapiens que no Quieren Serlo
Hace unos 70,000 años, el Homo sapiens experimentó una Revolución Cognitiva. No fue la invención de mejores herramientas de piedra lo que nos hizo dueños del planeta, sino nuestra capacidad única para hablar de cosas que no existen. Fuimos capaces de crear ficciones: dioses, naciones, dinero y derechos humanos. Estas ficciones permitieron que millones de extraños cooperaran. Sin embargo, en el siglo XXI, estamos presenciando un giro evolutivo irónico: estamos usando esa misma capacidad de crear ficciones no para construir imperios, sino para deconstruir nuestra propia biología.
El surgimiento de la tendencia Therian ( La palabra proviene del griego antiguo «th?rion» (??????), que significa simplemente «bestia» o «animal salvaje»), individuos que se identifican, en un nivel profundo y espiritual, como animales no humanos— no es una simple moda pasajera de internet. Es un síntoma clínico de una especie que ha perdido la fe en su propio relato. Cuando un estudiante en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela (UCV) decide que su «verdadero yo» es un caballito de mar, un cánido o un felino, no está simplemente jugando; está huyendo de una realidad humana que se ha vuelto demasiado pesada, demasiado burocrática y, fundamentalmente, demasiado bizarra. Fenómeno que también podría ocurrir en Universidades privadas como la Universidad Católica Andres Bello y la Universidad Metropolitana. He alli, la seriedad del asunto.
El Colapso de las Ficciones Colectivas
Para entender a un Therian, primero debemos entender qué significa ser un «humano». Biológicamente, somos mamíferos con un cerebro sobredimensionado. Pero socialmente, el «humano» es una construcción legal y cultural. Durante siglos, nos dijimos que éramos la cúspide de la creación, los portadores de un alma o los ciudadanos de una república progresista. Estas historias daban sentido al sufrimiento y orden al caos.
Sin embargo, en lugares como Latinoamérica, donde las instituciones se desmoronan y las promesas de la modernidad parecen una estafa, el relato del «ciudadano productivo» ha perdido su encanto. En la UCV, una institución diseñada para forjar los comunicadores y científicos del futuro, la aparición de jóvenes que se identifican como bestias es una protesta inconsciente. Si el sistema educativo, económico y político de tu país no puede ofrecerte una vida humana digna, la psique busca refugio en una identidad que no deba impuestos, que no necesite pasaportes y que no sufra por la inflación. El animal es libre por definición; el ciudadano venezolano, hoy, es un rehén de la circunstancia.
Esta «enajenación» es el resultado de un cortocircuito entre nuestra biología ancestral y un entorno hipertecnológico. Vivimos en ciudades de concreto, pegados a pantallas que nos bombardean con algoritmos, pero nuestro sistema operativo cerebral sigue siendo el de un cazador-recolector de la sabana. Cuando la presión de ser un «perfil de LinkedIn» perfecto se vuelve insoportable, la idea de ser un lobo —un ser puramente instintivo y auténtico— se vuelve una fantasía irresistible.
La Reacción del Estado: El Caso Argentino y la Frontera de la Ley
La política siempre llega tarde a los cambios biológicos, pero llega con fuerza. El caso de Argentina y las posturas de Javier Milei representan la colisión frontal entre la libertad individual absoluta y la necesidad del Estado de definir qué es un «sujeto de derecho». Para un enfoque libertario o de derecha racional, el mercado y la sociedad funcionan bajo la premisa de que los individuos son agentes responsables. Si un ciudadano renuncia a su humanidad para abrazar una identidad animal, rompe el contrato básico de la civilización.
La supuesta «ilegalización» o el rechazo político a estos movimientos en el Cono Sur no es solo una cuestión de conservadurismo cultural; es una lucha por la realidad objetiva. El Estado necesita que seas un humano para poder cobrarte impuestos, para que votes y para que cumplas la ley. Un «perro» no puede firmar un contrato; un «gato» no puede ser juzgado por mala praxis. Al invalidar estas tendencias, los gobiernos intentan apuntalar el edificio de la realidad compartida que se está agrietando.
Lo que estamos viendo es una batalla por el monopolio de la identidad. Si permitimos que la identidad sea puramente subjetiva («soy lo que siento»), la estructura misma de la cooperación a gran escala corre el riesgo de disolverse. Si el día de mañana diez millones de personas deciden que son aves migratorias y no reconocen las fronteras ni las leyes de aviación, el sistema colapsa. La «bizarrez» que percibimos en los Therians es, en realidad, el sonido del cristal de la Ilustración rompiéndose.
La Paradoja de la Bestia Digital
Aquí reside la ironía más deliciosa y cruel de nuestro tiempo: los Therians utilizan la tecnología más avanzada de la historia —redes sociales, sensores ópticos, fibras de carbono en sus máscaras— para expresar un deseo de volver a lo primitivo. Es una rebelión tecnológica contra la tecnología.
En el resto del mundo, desde Japón hasta Europa, el fenómeno se repite. No es una falta de información, sino un exceso de ella. Estamos tan saturados de «identidades construidas» en el mundo digital que la biología real nos parece una cárcel. Queremos ser fluidos. Queremos ser «otros». Pero este deseo de ser animales es, paradójicamente, lo más humano que existe. Ningún lobo real ha pasado una tarde pensando que en realidad es un contador atrapado en el cuerpo de un canino. Solo los humanos tenemos la trágica capacidad de estar en desacuerdo con nuestro propio ADN.
Esta alienación es un grito de auxilio de nuestra parte animal, que se siente asfixiada en cubículos y aulas de clase que ya no prometen un futuro. El movimiento Therian es el espejo deformante de una sociedad que ha olvidado cómo nutrir el espíritu humano, ofreciendo en su lugar solo consumo y burocracia. Cuando la vida humana se vuelve una simulación de oficina, la selva —aunque sea imaginaria— parece el único lugar real que queda.
Conclusión: El Desafío de Volver a ser Sapiens
La enseñanza que nos deja este fenómeno no es que debamos perseguir o ridiculizar a quienes se sienten animales, sino que debemos preguntarnos qué estamos haciendo tan mal para que ser humano sea una oferta tan poco atractiva. Si los jóvenes prefieren identificarse con bestias antes que con el proyecto de su propia nación, el problema no es el disfraz, sino el vacío debajo de él.
El llamado a la acción es urgente y vital: debemos volver a vivir como humanos de carne y hueso. Esto no significa renunciar a la tecnología, sino subordinarla a nuestra naturaleza. Significa recuperar el contacto físico, la mirada directa, el esfuerzo real y la conexión con el mundo material que no puede ser editado con un filtro de TikTok. Ser humano es una tarea difícil; requiere aceptar nuestras limitaciones biológicas, nuestra mortalidad y nuestra responsabilidad hacia el otro.
Vivir como humanos significa reclamar nuestra soberanía sobre los algoritmos. Significa entender que nuestra verdadera esencia no se encuentra en un avatar, ya sea digital o de peluche, sino en nuestra capacidad de razonar, de crear belleza y de construir sociedades basadas en la verdad y no en el delirio. La próxima vez que veas a alguien intentando escapar de su humanidad, no mires su máscara; mira el mundo que hemos construido y pregúntate por qué alguien querría huir de él. Es hora de hacer que ser humano vuelva a valer la pena.
«La ciencia es más que un cuerpo de conocimiento; es una manera de pensar. Si no somos capaces de hacer preguntas escépticas, de interrogar a aquellos que nos dicen que algo es verdad, entonces estamos a merced del próximo charlatán, político o sistema de creencias que aparezca en el horizonte». — Carl Sagan
Dayana Cristina Duzoglou Ledo
Co-autor: Gustavo Alberto Añez Serpa (Instagram: @gustavotaichi)
X: @dduzogloul

