
El equipo del difunto opositor ruso Alexey Navalny ha tenido en sus manos durante casi un año y medio la autopsia que funcionarios de Moscú practicaron al disidente y que entregaron a su familia tras su muerte.
Por elespanol.com
Hasta la fecha, solo se habían filtrado algunos apartados de forma fragmentaria, pero esta misma semana se ha abierto la caja de los truenos cuando los medios del planeta han comenzado a desmenuzar por lotes el resto del contenido.
EL ESPAÑOL ha tenido acceso en exclusiva a las 276 páginas del informe forense y a una docena más de documentos.
Todos ellos han sido evaluados íntegramente por este diario con la ayuda del vallisoletano Aitor Curiel López de Arcaute, un especialista en Medicina Legal y Forense que ha participado como perito en numerosos procedimientos judiciales relacionados con muertes violentas, custodia policial y análisis de lesiones traumáticas.
Lo interesante aquí es que, a pesar de que la autopsia pretende apuntalar la tesis de la muerte natural, desliza un número significativo de hallazgos que no desmienten ni el envenenamiento ni las agresiones físicas y que están sujetos a interpretaciones alternativas.
Pretendían acreditar que no fue intoxicado y han sembrado más dudas.
A la vista del contenido del dictamen, López de Arcaute cree que «lo razonable en un caso así sería realizar una segunda autopsia, recoger de nuevo muestras para anatomía patológica, microbiología y toxicología e interpretar todos los hallazgos con independencia».
Algo que queda fuera de los planes de Putin y su gobierno.
Los allegados del opositor no albergan ninguna duda de que el informe mezcla es básicamente el resultado de un compendio de falsificaciones, por acción y omisión. Pero vayamos por partes.
De ser cierto lo que dice el Kremlin, el disidente de 47 años era un hombre terriblemente enfermo en el momento de su fallecimiento en la prisión IK-3 de Jarp, más conocida como Lobo Polar.
Con arreglo al examen, padecía hipertensión arterial, cardiomegalia, encefalopatía vascular, edema pulmonar, bronquitis crónica, gastritis, nefroesclerosis, trastornos metabólicos y hepáticos…
Y así, hasta 30 enfermedades principales, patologías concomitantes y cambios degenerativos.
Cuesta creer que alguien que, según Moscú, estaba tan enfermo pudiera tan siquiera mantenerse en pie dentro de su celda.
El documento insiste especialmente en la existencia de una cardiopatía crónica avanzada.
A lo largo de varias páginas, los patólogos describen un corazón agrandado, con signos de miocardioesclerosis y aterosclerosis coronaria, un conjunto de alteraciones que ?según el informe? podría favorecer la aparición de una arritmia fatal asociada a las patologías previas.
Ese énfasis no es casual. La tesis oficial rusa se apoya precisamente en la idea de que Navalny presentaba una enfermedad cardíaca subyacente capaz de provocar una muerte súbita sin necesidad de ningún factor externo.
Las filtraciones parciales de la autopsia han alimentado en redes una lectura casi detectivesca de detalles secundarios del cadáver.
Marcas en los brazos, supuestos hematomas y otras señales aisladas que algunos usuarios han presentado de inmediato como prueba de una agresión o de malos tratos.
De hecho, canales y comentaristas prorrusos y anti-Kremlin han usado esas imágenes para sostener interpretaciones opuestas a partir de los mismos píxeles.
El problema es que ese tipo de microlectura visual, arrancada de contexto, vale muy poco por sí sola.
Así, por ejemplo, la literatura forense lleva años advirtiendo de que las equimosis y los hematomas son fáciles de malinterpretar en una autopsia.
También señala que las punciones intravenosas ?en antebrazos, pliegues del codo, manos o pies? pueden dejar moretones llamativos e incluso hematomas considerables alrededor del punto de inserción.
Dicho de otro modo: algunas de las marcas que en redes se han leído como «golpes» también podrían ser, de forma perfectamente banal, el rastro de venopunciones, intentos de canalización o maniobras médicas previas o posteriores a la muerte.
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