
Piongyang ha aprovechado la sesión inaugural de la XV Asamblea Popular Suprema para escenificar un relevo generacional en la cúspide del Estado. Kim Jong-un ha sido refrendado para un tercer mandato al frente de la Comisión de Asuntos de Estado, y a su vez ha desplazado a cuadros veteranos y reordenado la representación del núcleo dirigente, incluida la supuesta salida de su hermana del primer plano institucional.
Por La Razón
La Asamblea, en un sistema de partido único que opera como cámara de registro, aporta forma jurídica y coreografía política a decisiones adoptadas en circuitos opacos. Precisamente por eso, cuando el régimen introduce cambios visibles en ese escenario, suele ser una señal. Apunta a una depuración selectiva y a una reconfiguración del vértice con menos peso de la generación que tuteló la transición tras Kim Jong-il y más protagonismo de perfiles tecnocráticos y ejecutivos elegidos por su funcionalidad y por su dependencia directa del dictador.
Al adelgazar la vieja guardia, Kim reduce el valor político de las credenciales históricas —biografías, redes, lealtades sedimentadas— y sustituye ese capital por un principio de adhesión personal, trazabilidad de mando y disciplina vertical. En términos de control, es la sustitución del equilibrio de familias y aparatos por una cadena de lealtades más corta, verificable y, por tanto, más exigente.
En paralelo, el entendimiento con el Kremlin funciona como un multiplicador de autonomía. Un vínculo externo capaz de aportar respaldo material y cobertura estratégica disminuye la necesidad de pactos internos y de equilibrios heredados. El resultado es una autocracia que se quiere sin tutores, sin legados que condicionen y con menos zonas grises en la jerarquía. Una concentración del poder que busca clausurar fisuras antes de que existan.
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