
Nueva York intimida a cualquiera que llega en busca de nuevas oportunidades, pero Sandra Sayago enfrentó el reto con determinación. Esta tachirense emigró a La Gran Manzana acompañada por su hija de dos años y la urgencia de construir un futuro seguro. Los primeros meses trajeron consigo una inmensa tristeza y el duro choque de adaptarse a una cultura completamente diferente. Lejos de su tierra natal, encontró en la adversidad el impulso para salir adelante.
El camino hacia la estabilidad demandó esfuerzo, constancia y extenuantes jornadas laborales como mesera. A pesar del cansancio y la soledad, transformó la melancolía del migrante en la base de un exitoso negocio: «El Budare Café». Hoy en día dirige dos restaurantes que cautiva a los locales y ofrece refugio a la gran comunidad de venezolanos. En conversación con La Patilla, relató cómo logró posicionar los sabores criollos en la “capital del mundo».
lapatilla.com
Sandra Sayago nació en San Cristóbal, la pintoresca capital del estado Táchira. Allí completó sus estudios universitarios formales y obtuvo su título de médico cirujano en la ilustre Universidad de Los Andes. Su rutina diaria transcurría muy lejos del mundo de los restaurantes, aunque el destino le preparaba un sorprendente giro en otras latitudes.
Su vocación por los sabores tradicionales no surgió bajo la tutela de ninguna academia culinaria de prestigio. El profundo amor por la gastronomía se forjó durante su infancia y fue así como la memoria gustativa jugó un papel de suma importancia en la concepción de su futura empresa. «Siempre fui amante de la comida criolla y más la que mi abuela me preparaba desde niña. En ella se inspiran todos los sabores».
La difícil decisión de emigrar desató un torbellino de emociones encontradas y un agotamiento físico evidente. El choque cultural al pisar suelo norteamericano representó un golpe de realidad para sus ilusiones. «Los primeros meses fueron fuertes y tristes. No es fácil salir de tu país y dejar todo lo que amas atrás, duele mucho. Cuando llegué aquí trabajaba como mesera», contó.

Esa abrumadora soledad amenazó con quebrar su entusiasmo durante aquella ruda etapa inicial de adaptación. Del mismo modo, la compleja barrera del idioma y las interminables jornadas laborales ponían a prueba su firmeza mental a diario. Reveló que el tan anhelado “sueño americano” lucía como una fantasía inalcanzable. » Al principio, veía muy fuerte este país. Vine con mi hija pequeña de dos años y estábamos solas, cada día que pasaba quería regresar a mi país».
A pesar del panorama difícil, la voluntad de brindarle un futuro estable a su hija se fortaleció. Lejos de abandonar la batalla, la tachirense utilizó la nostalgia como combustible primordial para su proceso creativo. En vez de resignarse, optó por aferrarse a la esperanza y enfrentó las adversidades sin mirar atrás. Su ímpetu venció el miedo, pues en sus palabras tomó “la decisión de luchar y salir adelante».
Un refugio gastronómico
Para Sandra, añorar constantemente los platillos típicos de Venezuela despertó el inmenso deseo de recrear esos recuerdos en Norteamérica. Así nació la idea de un emprendimiento destinado a reunir a la inmensa diáspora. «El extrañar tanto a Venezuela y sus sabores me llevó a soñar con un lugar donde todos se sintieran en casa».
Sin embargo, la meta requería replicar fielmente las recetas tradicionales para acortar las distancias a través del paladar. Materializar aquella visión demandó mucho coraje, inversión de capital y un apoyo familiar a prueba de todo. Esa tenacidad la empujó a perseguir la excelencia hasta lograr la exactitud que su memoria lograba recordar. Ansiaba ofrecer «una rica comida la cual me pudiera transportar a Venezuela, y hoy día siento que lo logramos».

Inaugurar formalmente las puertas de «El Budare Café» marcó un antes y un después en su trayectoria personal. El trabajo conjunto con sus seres queridos rindió frutos tras superar innumerables trabas burocráticas. La materialización del local físico representó el cierre triunfal de una etapa llena de sacrificios inmensos. Fue «un reto y sueño cumplido que le agradezco siempre primeramente a Dios y también a mi esposo».
Contar con un aliado estratégico resultó vital para mantener la motivación intacta. Las dudas propias del mundo de los negocios se disiparon gracias al respaldo mutuo de la pareja. Sandra reconoció que su compañero de vida la «impulsó a luchar y creer en un sueño que se veía lejos».

El menú actual del establecimiento funciona como un pasaporte directo a las ricas tradiciones del llano y el Caribe. La diversa oferta abarca distintos platillos para complacer cualquier antojo criollo. «Tenemos una variedad de comida venezolana que incluye empanadas, pasteles, cachapas, pabellón, pasticho, sopas, pepitos, hamburguesas, tequeños, de todo un poco».

Destacar en la competitiva escena gastronómica neoyorquina exige contar con platos capaces de enamorar desde el primer bocado. La variada carta ostenta opciones estelares que cautivan por igual a los residentes de los cinco distritos. «Nuestro producto estrella es la cachapa seguida de nuestra reina pepiada», aseguró Sandra.
Una estrategia audaz
Para quienes están detrás de esa labor en “El Budare Café», cada plato servido simboliza una oportunidad de oro para derribar falsos prejuicios sociales y barreras culturales. «Lo más importante es que saboree Venezuela con cada bocado de nuestra comida y con eso que nos identifica a los venezolanos: sabor, alegría, cordialidad y hogar».
“Esa es nuestra meta para que todos los neoyorquinos de todas las nacionalidades puedan conocer Venezuela porque para nosotros no solo se trata de comida, se trata de que la gente conozca nuestra amada Venezuela y poner siempre su nombre en alto”, añadió.

Una nutrida red de colaboradores de distintas latitudes aporta su talento y esfuerzo diario al progreso de este emprendimiento. La amplia diversidad cultural enriquece la dinámica laboral interna y fortalece el compromiso colectivo con la marca. «Mi esposo es mi socio y pilar fundamental en este proyecto, pero tenemos un gran equipo del cual me siento muy orgullosa ya que son de diferentes nacionalidades incluyendo nuestra gente venezolana, pero también mexicanos, colombianos, guatemaltecos, ecuatorianos y eso nos hace feliz porque todos aman a El Budare Café y sobre todo aman y se sienten orgullosos de poder ser parte de Venezuela”.

No obstante, expandir las operaciones en un mercado tan feroz como el neoyorquino requirió de extrema audacia financiera. La apertura de una segunda sucursal logró consolidar la presencia de los sabores criollos en la región. El impacto comercial del crecimiento rebasó por completo las proyecciones más optimistas de los propios dueños. «Logramos posicionar nuestra comida en esta gran ciudad la cual es multicultural».
La masificación de la cultura propia en suelo norteamericano produjo una enorme satisfacción personal. Para ella «fue un reto que todas las personas probaran nuestra comida y ver cómo todo el mundo ahora conoce la arepa, la cachapa».

Para festejar por todo lo alto la inauguración del nuevo espacio, los dueños organizaron una actividad colosal. La audaz estrategia de promoción consistió en obsequiar el platillo más representativo de nuestra cultura a los desprevenidos transeúntes. «Cuando abrimos nuestro segundo local nos pusimos una meta y fue regalar 1000 arepas. Lograr eso fue fascinante».
El increíble resultado de aquella degustación multitudinaria garantizó una base de fieles consumidores a largo plazo. Infinidad de personas jamás cruzaron sus caminos con la versátil masa de maíz precocida hasta esa misma tarde. Las recomendaciones entre conocidos multiplicaron rápidamente la clientela regular de manera exponencial e imparable durante los meses posteriores. «Cada persona que nunca probó las arepas, ese día las probó, quedó fascinado y regresó».
El impacto más allá de la cocina
La huella social de este ambicioso proyecto rebasa por mucho el espectro estrictamente financiero o puramente lucrativo. Contemplar a comensales de otras latitudes disfrutar al compás de la música llanera o caribeña genera genuina emoción. El establecimiento opera de facto como un centro vital de difusión de las tradiciones criollas. «Ver cómo otras culturas celebran nuestras pasiones, nuestra música, nuestras tristezas, es genial porque logramos darle al mundo una buena cara de lo que somos los venezolanos».

Paralelamente, las instalaciones ofrecen consuelo inmediato a la enorme comunidad emigrante que extraña sus costumbres. «Aparte de eso, también ver cómo hemos logrado hacer que nuestra comunidad Venezolana se sienta en casa. Cuando nos visitan es muy reconfortante ya que esa fue la idea de este sueño».
Pero las ambiciones no se detienen para Sandra, quien anhela abrir más locales y expandir su propuesta en el futuro. «Sin duda alguna, sí. Y más porque todos nuestros clientes lo piden y sería un sueño poder seguir expandiendo y llevando nuestra cultura venezolana a todo Estados Unidos».

El mensaje de esta emprendedora busca orientar a los criollos recién llegados al complejo territorio norteamericano. La clave radica en el “trabajo duro, que aunque atraviesen muchas tormentas no olviden que siempre viene la calma».
Asimismo, La bonanza económica nunca debe suprimir las duras lecciones asimiladas durante los amargos periodos de profunda escasez. Su reflexión resalta de manera brillante la importancia de proteger la identidad nacional de forma intacta. “Aún tenemos tempestades que debemos superar. No dejen de soñar, y a medida que vayan alcanzando sus metas y sus sueños nunca pierdan la humildad. Nunca olviden de dónde vienen y la bandera que los vio nacer”.
