
La lancha atraviesa el agua verde del lago de Maracaibo, enclavado en el noroeste de Venezuela. No es un verde vivo. Es un verde muerto, espeso, sofocante. Una mancha que cubre el 70% de la superficie como una mortaja. Es el verdín, cianobacterias tóxicas que han convertido el lago en un cementerio acuático. En el horizonte, las plataformas de hierro reposan como monstruos gigantes suspendidos en el tiempo. Oxidadas, inmóviles, algunas con las estructuras parcialmente hundidas, parecen esqueletos de una civilización que fue.
Por Jorge Benezra | ABC.es
Según los expertos, 10.000 litros de aguas residuales sin tratar entran cada segundo. Las plantas de tratamiento no funcionan. El informe de Odevida es categórico: eutrofización intensiva, provocada por décadas de derrames petroleros, desechos sólidos, agroquímicos y efluentes urbanos. Cabimas, la cuna del petróleo venezolano en 1918, hoy respira el veneno de su propia riqueza.
Rafael Zambrano está de pie en el muelle. Es secretario general del Sindicato Marino del estado Zulia y secretario ejecutivo de Fedepetrol, donde están afiliados la mayoría de los trabajadores petroleros del país. Habla con la precisión de quien ha visto morir una industria desde dentro. «El estado de la industria a día de hoy es deprimente», dice, mirando al agua. «La infraestructura está completamente colapsada».
Los números que recita son como epitafios. Antes de 1999, cuando Chávez llegó al poder, Occidente tenía 156 taladros trabajando en los campos de tierra y 89 gabarras en el lago. Había entre 50 y 60 remolcadores dando apoyo, 32 barcazas de suministro y 400 embarcaciones livianas movilizando trabajadores. «Aquí había un corredor muy intenso de embarcaciones», recuerda Rafael. «Transportaban personal a las diferentes instalaciones del lago».
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