
Figura emblemática, temida, sé suponía intocable, celoso guardián del legado. Habla menos de sus méritos que nuestra generosa disposición a exagerarlos. Pero el cambio fue drástico. Una vez trasladado el indiciado a un tribunal federal, la cúspide le fue esquiva. Otro se adelantó y juró obediente la continuidad tutorada, dejando frustradas sus ilusiones.
Su control se redujo a modestos equilibrios y sencilleces protocolares. Aseguran que las delicias del privilegio le serán sustituidos por una vida hogareña y sin sobresaltos. De ahí la urgencia de entenderse. Si poseyera la preponderancia que la imaginación colectiva le atribuye, ocuparía magnas envergaduras. La Casa Blanca, recuerda la enorme recompensa y advierte sobre el desolado futuro que le espera, si no coopera en la fase de estabilización. Por cierto, ya estudian vías voluntarias de atractiva ubicación.
La coherencia no es característica del autoritario, demostrado en la insistencia con que la realidad se empeña en desmentir leyendas. Existe una vieja trampa en el arte de leer el poder, confundir el miedo que inspira un fantasma con la fuerza real que ostenta. Venezuela cayó en ella con una lamentable devoción digna de mejor causa. Y el mundo, dispuesto a creer en gigantes, secundó con entusiasmo gustoso.
Se distinguió como espíritu de la revolución. Lo apodaron «el pulpo»; sus tentáculos alcanzaban los más recónditos escondites. Manejaba con destreza los hilos invisibles del Estado profundo. Un cable diplomático lo describía como quien «amasa poder y control sobre el aparato gubernamental a través de la intimidación entre bastidores». Compañeros, amigos y enemigos le temían por igual, pero todos empeñados en no disminuir su influencia para evitar privarse del placer de sufrirla.
La sobreestimación consiste en atribuir más poder del que realmente se posee. Pocas veces la historia política latinoamericana ha ofrecido un caso tan pedagógico. Si era tan colosal, ¿por qué no presidió? El moribundo desahuciado eligió sucesor, y lo descartó. Cuando el favorecido fue llamado a rendir cuenta ante la justicia, no saltó al sitial de honor; quedó en el lugar que mejor conoce, lejos de la compañía de Misia Jacinta.
El terror que inspira no es sinónimo de poder estructural. Fue, durante tiempo, más un símbolo del miedo que un arquitecto del poder. Es decir, la gente temblaba ante su retrato, no ante su ejército.
Hoy el cuadro resulta revelador. No luce tan fuerte ni estridente como en el pasado reciente. Actúa ponderado, cauteloso, con aprensión y la desconfianza que le habría parecido debilidad inadmisible. La justicia lo solicita, en Defensa sugieren que el nuevo esquema le va quedando estrecho, y el régimen que alguna vez lo necesitó como ahuyentador se ha dado cuenta, que los espantapájaros no votan, no deciden y, a cierta altura, estorban. Presumía de inamovilidad laboral; hoy de preaviso, negocia supervivencia. No es que haya perdido poder, es que, sencillamente, se le ha extraviado.
Pero la historia no termina. Comienza en esa propensión humana, recurrente, a sobreestimar los que intimidan y pasar por alto las grietas que se abren bajo sus pies revestidos por un elegante calzado. Los regímenes autoritarios son, fábricas de percepciones. Viven de que sus adversarios los crean más grandes de lo que son. El miedo, la aprensión, el terror que producen constituye su principal activo; y cuando se disipa, se desploman con la celeridad que roza lo cómico.
Entonces, la pregunta con la sinceridad que concede el alivio: ¿cómo era posible que pareciera tan invencible? La respuesta, incómoda como la verdad, es que se decidió creerlo así. Se prefirió la fácil conveniencia de un monstruo poderoso, que al trabajo de examinar sus dimensiones.
Venezuela ofrece una lección de epistemología política. Calibrar el poder es un ejercicio de lucidez y consecuencias. Subestimar cuesta libertades. Sobreestimar son décadas de resignación innecesaria. Entre ambos errores, el segundo es más confortable y, por ello, el más frecuente.
Una sombra proyectada sobre una pared pequeña, que el mundo contempló acobardado, y pocos se atrevieron a mirar de cerca. Pero la luz cambió de ángulo y la sombra se encogió. Quizás aprendamos a no confundir el tamaño de una silueta con la solidez de lo que la produce. Aunque, como observaba el gran estadista británico, los seres humanos solemos tropezar dos veces con la misma piedra y la segunda, con mayor convicción que la primera
@ArmandoMartini
