Julio César Pérez: El liberalismo como resistencia existencial - LaPatilla.com

Julio César Pérez: El liberalismo como resistencia existencial

En el epicentro de la persecución política y el colapso institucional, la teoría liberal en Venezuela ha dejado de ser un ejercicio académico para convertirse en un acto de resistencia existencial. Tras los eventos del 3 de enero, el país no atraviesa una simple crisis económica; se enfrenta a la metástasis de un sistema que entendió que, para quebrar la voluntad de un pueblo, debe, primero, aniquilar su autonomía material.

La lucha que hoy lidera María Corina Machado trasciende lo electoral: es una batalla ética por devolverle al individuo su propiedad más sagrada: la libertad. Este combate encuentra sus cimientos en el liberalismo clásico y se despliega en frentes que son, simultáneamente, políticos y ontológicos.

Como señaló John Locke, el fin último de los hombres al unirse en comunidad es la preservación de su propiedad. Para el liberalismo, esta no es un simple cúmulo de posesiones, sino un derecho fundamental e inseparable de la condición humana: el hombre es dueño de su cuerpo, de su mente y de los frutos de su labor.





En Venezuela, el Estado disfraza de «justicia social» un despojo sistemático que pretende convertir al ciudadano en un simple arrendatario de su propia existencia, sometido al chantaje del subsidio y la dependencia. Frente a esta servidumbre, surge la propuesta de una «Venezuela Tierra de Gracia». Aquí, la propiedad privada no es un privilegio de pocos, sino el blindaje definitivo de todos contra la arbitrariedad: es el derecho radical a decir no al poder porque se tiene un suelo propio, físico y moral, donde sostenerse.

Sin embargo, la propiedad es papel mojado sin un andamiaje que la proteja. Aquí es donde la división de poderes de Montesquieu deja de ser una teoría de salón para volverse una necesidad vital. Cuando las instituciones son secuestradas, el Estado de derecho se transforma en una ficción legal diseñada para dar apariencia de normalidad al atropello.

En lugar de pesos y contrapesos, Venezuela padece una ingeniería jurídica de la usurpación. El ejemplo más crudo es la manipulación de la «ausencia forzada»: una construcción mediante la cual el régimen altera las normas sucesorales para perpetuarse. Mientras la Constitución ordena mecanismos claros ante la falta de un mandatario, el sistema judicial cooptado fabrica interpretaciones ad hoc para dilatar el vacío y sostener la anomalía. Esta perversión institucional genera una paradoja trágica: mientras el poder se aferra a la silla, es el ciudadano quien sufre la verdadera ausencia forzada de sus derechos, de su seguridad y de su futuro. La justicia deja de ser el árbitro de la convivencia para convertirse en el verdugo de la libertad.

Las fisuras visibles en el bloque en el poder, manifestadas en choques entre facciones de ese capitalismo de amigotes, son el reflejo de un sistema en descomposición. Estas élites no buscan la libertad, sino la supervivencia del botín; su «pragmatismo» no es más que la privatización de privilegios y no la verdadera liberación de los mercados.

Por ello, la transición no puede ser un mero recambio de rostros. Como advirtió Friedrich Hayek, la planificación centralizada no solo destruye la economía, sino que corroe el carácter moral del individuo al despojarlo de su responsabilidad. El objetivo no es encontrar un «Lider bueno», sino establecer un sistema donde el éxito dependa del talento, el esfuerzo y la innovación, y no de la cercanía al burócrata de turno.

En el centro de esta tempestad se erige María Corina Machado. Su figura trasciende la de una candidata de turno; ella encarna la integridad no negociable que el autoritarismo más teme. Mientras otros buscaron cuotas de poder dentro del sistema, ella camina el filo de la proscripción, recordando que la soberanía reside originalmente en el individuo y no en el decreto estatal.

Ella no ofrece mesías ni atajos; ofrece devolverle a cada venezolano la soberanía sobre su propia vida. Su liderazgo es la prueba de que la libertad no es una concesión graciosa del Estado, sino un derecho que se ejerce con entereza y se defiende con la razón.

Cuando la historia escriba el epitafio de esta tiranía, dirá que cayó porque la razón de un pueblo recuperó su esencia. Honrar esta lucha es el acto más radical de rebeldía y la semilla de la nación de propietarios que está por nacer.