Lapatilla
Por una parte, existen unos señores expertos en números, quienes no trabajan en la administración pública, opuestos radicalmente al incremento del salario mínimo. Por otra, están quienes no trabajan en la empresa privada, representantes radicales de un sindicalismo caduco, que suponen ganar más adeptos si radicalizan más su posición con las exigencias gritadas de que todo lo estatuido en la Constitución, las leyes, y los DD.HH. debe cumplirse desde el 3 de enero. A mi parecer, ambos extremos olvidan un asunto que no debería ser tan difícil de entender, para no generar molestias ni falsas expectativas en la desesperada población trabajadora: la realidad.
¿Que podemos irnos encaminando, luego de superar dificultades económicas profundas -la inflacion entre ellas- a que se cumpla lo establecido y logrado por todos los trabajadores? Podemos ir en ese proceso, hacia ese proceso. Pero esto se está apenas iniciando. No nos mintamos ni caigamos a embustes a los demás. Soy partidario -siempre lo he sido- de que los derechos laborales deben cumplirse todos y a cabailidad. Es cierto que desde el poder se nos arrebataron derechos hasta llegar a esta calamidad insoportable que nos igualó a todos con el bono de guerra como casi única compensación económica, como casi única retribución por el trabajo, miserable retribución. La composición de ese esquema hambreador -no olvidemos que el hambre fue usada criminalmente como control político de la población- se va a llevar su tiempo.
¿Qué debemos exigir? Y en eso he sido consistente todo este año: un plan económico a largo plazo que garantice la orientación hacia el saneamiento de las dificultades en ese sentido, que nos encamine realmente a una estabilización, sin contar que el petróleo se va a mantener al rededor de los 100 dólares que nos ha favorecido coyunturalmente, porque esta situación de altos precios petroleros muy probablemente no se sostendrá por mucho tiempo. También: un plan laboral que nos vaya llevando a cumplir con todo lo establecido en el papel, sin modificación negativa para el trabajador. Es mentira que el incremento en los bonos, así sea temporal, es la solución por un tiempo. Los bonos deben más bien ir mermando hasta su desaparición, sustituidos por un sueldo justo, apropiado y sano, como corresponde. Luego, y también paulatinamente: el resarcimiento del daño laboral. De algún modo en la alocución presidencial se comenzó a reconocer este daño. Ese resarcimiento debe tener sus efectos políticos y morales, obviamente. Pero también sus secuelas económicas: devolver la calidad de vida arrebatada todos estos años, progresivamente.
Es mentira que las empresas van a desaparecer si se aumenta un poco el salario mínimo, como en justicia corresponde hace más de cuatro años. ¿O los empresarios y sus voceros «calificados» no perciben que 0,27 de dólar, más su afectación miserable en las escalas de sueldos, es una insignificancia mayúscula? ¿Y las pensiones y los pensionados no sobreviven a tanto arrase? Me atrevo a adelantar, públicamente, algo que mencioné en privado al inicio del año, debe venir un ajuste del salario mínimo y un ajuste mayor en los bonos. Eso para comenzar a palear la emergencia laboral planteada. Es lo que creo que va a ocurrir, atenido a la realidad, no a mis deseos de un cambio profundo. Los anuncios fueron escuetos y nada precisos. Más políticos que económicos. Fueron más bien advertencias y llamados a la sensatez.
¿Qué no debe ocurrir? Que olvidemos el norte. Una cosa en la atención de la emergencia laboral y otra que pretendan que esa atención de la emergencia se convierta en algo permanente. No. Atiendan la emergencia y digan cómo van a ser los planes económicos y laborales para sacarnos del marasmo. Con claridad absoluta. ¿Cómo van a reducir el gasto público? ¿Cómo van a combatir la corrupción que también aceptaron como un cáncer revolucionario? ¿Van a traer al país el capital inmenso producto de los robos a la nación de los corruptos y sus testaferros de todos estos años? ¿Van a sanear realmente la economía para devolverle el valor al trabajo y la dignidad al trabajador? Indudablemente eso no se logra en tres meses. Pero los planes deben tener contemplado un cronograma que nos lleve a calcular una a una las metas a ser cumplidas. Esta antesala, pasajera, de la transición debe servir para llevarnos a ella del mejor modo laboral, sin dejar de lado ninguno de los demás aspectos de los derechos humanos y políticos. Incluyendo las libertades. Por cierto: liberen a los presos políticos, porque son TODOS.
