
El encuentro pautado en Mar-a-Lago, donde el sol no alumbra, exhibe; y los candelabros tienen la insolencia de quien se sabe fotografiado. Fue reprogramado para la Casa Blanca, no en el Despacho Oval, sino en el ala privada, territorio donde el poder se desviste sin dejar de ser.
Con la cautela de quien teme la fantasía se deshaga por exceso de entusiasmo, confirmé con la jefa de Gabinete, que, con frialdad, ratificó la cita. Fui como se va a los sueños, con el cuerpo presente y la incredulidad estacionada.
Me anuncié, y el servicio secreto, me acompañó hasta un sofá capitoneado desde donde la ciudad es una maqueta solemne. Anocheciendo, Washington adquiere algo de escenario, consciente de que la verdadera obra ocurre, detrás de las puertas pequeñas. Esperaba con ansiedad, la que acompaña cuando estás a punto de asomarte, no a una entrevista, sino a un mecanismo.
De pronto, el family room se encendió, como si lo hubieran iluminado con reflectores; y apareció, Melania. Sin ruido, con elegancia, hermosa, no sólo por la belleza que registran las cámaras, sino por la disciplina de su presencia. Toda una dama impecable, y una voz suave que no pedía atención y, sin embargo, la obtenía.
¿Desea algo de tomar? Asenté cuidadoso y pensé en el viejo parra con agua de coco; sacramento no escrito de la nostalgia venezolana. Pero, de inmediato, recordé, Trump es devoto, casi litúrgico, de la Coca-Cola. Corregí como quien corrige una imprudencia frente al altar. ¡Un refresco está bien! Ella, sonrió con cortesía, y también la vaga conciencia de que los hombres, cuando estamos nerviosos, solemos pedir mal.
De inmediato, sobrio e intimidante, llegó Donald Trump. No entra en una habitación, la ocupa. Se acercó para estrechar la mano, como si quisiera convertir el saludo en una negociación. Su mirada de examen, te hace sentir escrutado, incorporado a una tabla invisible de utilidades.
¡Venezuela! exclamó, país de gente amable, mujeres bellas y muchas Miss Universo. Tremenda nación de enorme potencial. Muy triste lo que le pasó. Sus ojos se iluminaron con un brillo de cálculo y entretenimiento.
Estaba tan nervioso, que el Old Parr regresa insistente como un recurso de emergencia. Cuánto ayuda la compañía invisible de los viejos hábitos.
Pero, no había venido a oír frases, sino a escuchar el sistema que las produce. Porque con Trump nunca se sabe si piensa antes de hablar o hablando, una forma riesgosa y quizá más sincera de la inteligencia. Deseaba entender, a quien convierte el instinto en método y la improvisación en doctrina.
Señor presidente -le dije-, gracias por la invitación. ¿Cómo observa el futuro de Cuba? Igual de maravilloso que el venezolano. Estabilización. Recuperación económica. Transición política. Cuba puede cambiar. Venezuela también. Todos dicen que no. Marco y yo, decimos que sí. La gente está cansada, y cuando se cansa, el cambio llega siempre.
¿Se puede hacer con los mismos de siempre? Giró el rostro, le gustan las preguntas que suenan a trampa, cree, con razón a veces, que nació para salir de ellas con ventaja.
Por supuesto, los países no cambian porque los santos suban al poder. Lo hacen porque alguien entiende el momento de quién manda cuando se cierra la puerta. Se puede usar, despedir y meter miedo a los mismos de siempre. Lo importante es que entiendan que llegó un nuevo jefe. A la gente le encanta hablar de ideales. Yo hablo de resultados.
Entonces, allí estaba, claro y contundente, el núcleo de su método; reducir la historia a correlación de fuerzas, la moral a un accesorio negociable y la política a una prueba de dominio. No carece de ideas; escasea de pudor para exhibir el esqueleto.
Indague su sentir sobre quien divide pasiones. ¿María Corina?
Y, con sana picardía: esa sí que es una mujer con agallas, habla sabiendo que la sala le pertenece. Me gusta eso. Es fuerte, no se deja intimidar. Y algo importante, proyecta convicción, y en política, es importante. El ciudadano compra coraje cuando ya no soporta la humillación. Le diría: vente a trabajar conmigo. Le enseño a negociar. Usted pone el coraje, yo el apellido, y juntos haremos desaparecer al socialismo de la tierra de Bolívar.
Lo dijo sonriendo, pero en Trump la broma nunca está completamente separada del deseo. Uno escucha sus hipérboles como al mar cuando amenaza, se desconoce si romperá en espuma o catástrofe, pero conviene tomar nota.
Me atrevo a más, ¿Y Delcy?
De repente, cambia el tono, arruga la nariz como si hubiera olido un zapato viejo. Fue inteligente, arreglamos obediencia y emprendimiento, ‘Delcy Beauty’. Soy empresario, hombre de negocios. Hago acuerdos con el diablo si él, tiene buen crédito.
¿Cree que podrían algún día sentarse a negociar? Suelta una carcajada tan ruidosa, que obliga a la protección presidencial a investigar. Su respuesta fue escueta. Quizás.
Se levanta, se ajusta el flux, dejándome con la imagen de María Corina dando un mitin en la Torre Trump, y Delcy Rodríguez vendiendo cosméticos en la Casa Blanca. Todo es posible en la cabeza de Donald, excepto el silencio.
La primera dama, me obsequia un pañuelo, de esos desechables, para que apacigüe el sudor, y casi suplica que tome algo. Ante la insistencia, y con el ánimo de Winston, el león británico, respondí: un Old Parr en vaso corto y mucho hielo.
Un asistente interrumpe discreto y con urgencia entrega una nota. Trump la leyó y frunció la boca. Fuck. Irán se complica. Los Ayatolas son una porquería.
La sala cambió de temperatura. Su voz bajó un tono, se volvió seca, y expreso: Irán es distinto, no basta con parecer fuerte. Hay que ser impredecible. Si te leen, te prueban. Si te prueban, te empujan. Si te empujan, perdiste. En Medio Oriente, la paz sólo aparece cuando creen que eres capaz de hacer algo terrible y, aun así, prefieres no hacerlo. Esa es la jugada. La gente no entiende. León tampoco.
¿El Papa? Y aflora el viejo reflejo del competidor de reality show cuando habla de figuras globales, no las reconoce como autoridades morales, sino como marcas rivales.
Respeto a los que tienen audiencia -dijo-. Y él tiene muchísima. Sabe hablarle al mundo. Usar el símbolo. Pero el Vaticano piensa en siglos; yo en segundos. Esa es la diferencia. Hablan de paz, yo de disuasión, petróleo, estrechos marítimos, elecciones, aliados nerviosos. El Papa condena la guerra. También preferiría no tenerlas. Son costosas. Pero a veces para evitar una conflagración larga necesitas hacer creíble una amenaza corta. A los sacerdotes eso no les gusta. A los mercados tampoco. Pero el mundo real no se administra con homilías.
Sentí el rigor de la soberbia pragmática, de quien considera la moral como un lujo que sólo puede permitirse quien no le toca decidir bajo reloj.
La conversación volvió a Venezuela, como el rio al mar de nuestras obsesiones. ¿Usted cree en una transición? pregunté. Su rostro adquirió esa concentración extraña que le aparece cuando deja de actuar para empezar a diagnosticar.
Cuando hay tres cosas: agotamiento de la gente, fractura arriba y oferta clara abajo. Ustedes tienen lo primero. A veces lo segundo. Les falta consolidar lo tercero. El problema, y pasa en todas partes, not only Venezuela-, es que creen que denunciar reemplaza a organizar. Y no. Denunciar ayuda. Organizar gana. Si no controlas mandos, dinero, relato y calle, no tienes transición, tienes catarsis.
Una claridad casi cruel, sentí escalofrío. No porque alabara, sino por reconocer el filo de una intuición política verdadera. Trump confunde muchas cosas, exagera casi todas, pero huele el poder con un instinto que a veces suple la falta de filosofía.
Entonces ocurrió algo. Su voz se volvió menos performática, más humana en el peor y mejor sentido.
A Venezuela la destruyó una combinación tóxica de ideología, corrupción y debilidad. Terrible mezcla. Y cuando eso pasa, todo se pudre, la moneda, la fuerza armada, la verdad, la esperanza. Reconstruir toma más tiempo del que la gente soporta. Por eso el liderazgo importa tanto. Cuando un país ha sido humillado durante demasiado tiempo, precisa reformas y necesita volver a mirarse al espejo sin pedir perdón por existir.
No supe si aquella frase provenía del estratega, del hombre o actor. Tal vez de los tres.
Afuera, Washington ya era una constelación. Adentro, tenía la sensación de haber hablado no con un presidente, sino con una maquinaria de voluntad revestida de vanidad.
Me levanté agradeciendo. Volvió a darme la mano. Esta vez el apretón fue menos un peaje que una rúbrica. Write something good -me dijo-. Pero no aburrido.
Salí de la Casa Blanca con el paso incierto de quien regresa de una conversación imposible. Cavile, mientras bajaba los corredores donde la historia se deja oír; Trump decide como habla, exagerando, presionando, intuyendo, comprando con audacia, sustituyendo la teoría por el instinto, y la duda por una energía que produce victorias e incendios.
No sé si aquella noche comprendí mejor. Pero sí vislumbré algo sobre nuestra época, el mundo se ha vuelto tan inestable, tan fatigado de sí mismo, que hombres como él ya no parecen anomalía, sino respuesta. Y eso, para un venezolano, no deja de ser mala noticia envuelta en espectáculo.
@ArmandoMartini

