
Desde que Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina de Venezuela, el pulso de la calle en Mérida revela una nación atrapada en una transición que aún no termina de definirse y que mantiene en incertidumbre a los venezolanos.
Por lapatilla.com
Mientras el discurso oficial intenta proyectar una imagen de renovación y apertura, los testimonios de diversos sectores productivos y sociales coinciden en una premisa: la supuesta «liberalización» política no termina de cruzar la puerta de los hogares ni de los comercios.

Una libertad a medias
Para un analista político y observador social consultado (cuyo nombre se omite por la seguridad de la fuente), el cambio desde el 3 de enero se percibe como una «atmósfera distinta» signada por la liberalización, pero advierte que esto no implica necesariamente una democratización real. «El presidio y la persecución política parecen haber entrado en una fase de regularización, pero el sistema que convirtió la diferencia personal en un delito de odio, sigue intacto», señala.
Según su visión, los problemas estructurales —servicios públicos colapsados y una educación con un atraso de un siglo— persisten porque quienes provocaron el desastre siguen al mando de las instituciones.
Para este sector, la solución no es cosmética, sino que pasa por una reinstitucionalización profunda de las fuerzas armadas, sindicatos y universidades.
Entretanto, desde la perspectiva de un activista comunitario, la sensación en el ciudadano de a pie es de una «expectativa aún no consolidada». Si bien reconoce que hay un margen mayor de libertad para expresarse y se han visto excarcelaciones, subraya una desconexión ideológica en la cúpula.
«Siguen gobernando los chavistas, aunque hay incoherencias entre su filosofía política, lo que decían antes y lo que hacen ahora». Para el ciudadano común, los años de crisis no se borran con promesas de 100 días. La demanda sigue siendo la misma: elecciones libres y reales que permitan una recuperación económica tangible, ya que, hasta ahora, el ingreso familiar no ha experimentado un cambio real.

Quiebre de la cadena productiva
Quizás el testimonio más crudo proviene del sector productivo. Una empresaria del ramo de alimentos, con casi una década de trayectoria, describe los últimos tres meses como un periodo de asfixia sin precedentes.
Explica que la economía venezolana ha mutado de tal forma que los comerciantes dependen indirectamente del gasto estatal para que el dinero circule. «Antes, alguien con negocios en el Gobierno movía la economía y uno contrataba con ellos; ahora, todas esas economías se han detenido», relata.
A esta parálisis se suma el fenómeno de la «inflación en dólares», que ha llevado la cesta básica a precios internacionales mientras los salarios permanecen estancados.
Esta distorsión genera una recesión silenciosa donde el consumidor se limita estrictamente a lo básico para sobrevivir. «La gente gana un salario y la cesta básica sube todos los días con costos anclados a la tasa de cambio oficial del Banco Central de Venezuela. Eso hace que los comerciantes no vendan, porque el ciudadano solo puede enfocarse en comprar la comida», sentencia la comerciante.

Un balance en pausa
El balance de estos 100 días de gestión de Delcy Rodríguez al frente de la presidencia interina muestra un país que ha dejado atrás la fase más aguda de la persecución política, pero que se hunde en una crisis de consumo y servicios que no parece tener freno, sumado a la creciente devaluación del bolívar en medio de la moribunda economía venezolana.
La conclusión de las tres fuentes consultadas es unánime: mientras el salario siga desconectado de la realidad de la economía y las instituciones no se democraticen, la gestión de Rodríguez será recordada solo como un breve respiro en medio de una crisis que aún espera por soluciones de fondo, tras más de 25 años de un Estado forajido en contra de los ciudadanos que sobreviven y buscan subsistir al costo de la vida.



