
John Barrett no aterriza en Caracas por azar. Llega después de pasar por dos plazas donde Washington no suele enviar diplomáticos decorativos: Panamá y Guatemala.
Por Manuel Vega Loo | La Estrella de Panamá
En Panamá, su rol fue discreto en las formas, pero claro en el fondo. Desde la Embajada estadounidense, trabajó en la convergencia de intereses y tensiones por una supuesta influencia de China en el Canal, una infraestructura que, más allá de lo económico, define equilibrios y poder. Quienes pudieron conocerlo de cerca por su paso en tierra canalera, percibían que su objetivo no era abstracto: reforzar la posición de Estados Unidos en una ruta estratégica y evitar que otros actores —particularmente China— ganaran terreno en un punto clave del comercio global.
Ese trabajo no se hacía con discursos. Se hacía alineando prioridades.
Antes de ese capítulo, Barrett había sido trasladado a Guatemala a inicios de 2026 como encargado de negocios, con una agenda igualmente concreta: seguridad, migración y fortalecimiento institucional. Allí, su misión se enmarcó en contener dinámicas que Washington desestabilizadoras —desde el narcotráfico hasta la migración irregular— y en sostener una relación bilateral bajo parámetros definidos por la política exterior estadounidense.
Su paso por ese país fue breve, pero funcional: aterrizó, ejecutó y salió. Un patrón. No es menor que Barrett pertenezca al Servicio Exterior Senior ni que acumule más de dos décadas en destinos complejos de América Latina. Su trayectoria —Panamá, Guatemala, Perú, Brasil— responde a una lógica de asignaciones donde la diplomacia opera como herramienta de influencia directa, no como mera representación.
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