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La historia del siglo XX y lo que va del XXI podría resumirse en una sola lección: el hambre no se cura con consignas, sino con mercados. La transformación de la República Popular China es, sin duda, el experimento sociopolítico más radical de nuestra era. De ser un país sumido en el letargo de un marxismo agrario asfixiante bajo el mando de Mao Zedong, se convirtió en una potencia que hoy disputa la hegemonía global. Este cambio no fue el resultado de una iluminación ideológica, sino de una claudicación necesaria ante la realidad económica.
En 1950, tras la consolidación de la República, China era un cementerio de ilusiones colectivistas. Mao, con una fe ciega en la planificación central, impuso la abolición de la propiedad privada y la colectivización forzada. El resultado fue un aislamiento casi total y un PIB per cápita que apenas rozaba los 54 dólares.
Bajo el «Gran Salto Adelante» y la posterior «Revolución Cultural», la pureza ideológica se pagó con millones de vidas y una economía de subsistencia donde el ingreso rural apenas alcanzaba los 8 euros mensuales. Mientras Occidente prosperaba, la China de Mao languidecía en una pobreza extrema que afectaba a más del 90% de su población.
El punto de inflexión llegó en 1978, tras la muerte de Mao, la figura de Deng Xiaoping emergió no para proponer más socialismo, sino para inyectar dosis masivas de libertad económica. Al sustituir el dogma por el pragmatismo —bajo la premisa de «buscar la verdad en los hechos»— China inició su «Reforma y Apertura». Se permitió a los campesinos poseer y comercializar sus productos y se crearon zonas de libre mercado que atrajeron capital extranjero. Los números no mienten: desde aquel diciembre de 1978 hasta hoy, la economía china creció a un promedio anual del 9.5%, logrando la proeza de sacar a más de 740 millones de personas de la miseria extrema. China no triunfó económicamente por profundizar el marxismo, sino por permitir que su gente compitiera en el capitalismo global.
Esta metamorfosis contrasta dolorosamente con los modelos del llamado «Socialismo del Siglo XXI» en América Latina. Mientras China abrazaba el comercio, naciones como Venezuela, bajo el mando de Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro, recorrieron el camino inverso. Venezuela pasó de ser la nación más próspera de la región a un estado fallido, cuya economía se contrajo más del 55% en la última década debido a las expropiaciones, el control de precios y la brutal represión política. En 2026, tras la reciente captura de Maduro por fuerzas estadounidenses y la asunción de Delcy Rodríguez, el país queda como un testimonio del colapso que produce el estatismo radical.
Lo mismo ocurre en Cuba y Nicaragua. En la isla, el 89% de los hogares vive hoy en la pobreza extrema, enfrentando un desabastecimiento total tras la caída de sus subsidios petroleros, mientras que en Nicaragua la represión política intenta enmascarar una economía que sobrevive bajo la incertidumbre. Estos países cometieron el error que China decidió corregir hace casi 50 años: creer que el Estado puede sustituir la iniciativa individual.
Al final del día, la experiencia china y el colapso venezolano nos enseñan que la economía no se recupera solo con decretos, sino con valores. Como bien sostiene Pedro Pablo Fernández en sus conferencias por toda Venezuela, el problema del país no es simplemente político o de flujo de caja, sino de un quiebre profundo en el tejido social y cultural; si no sanamos la forma en que nos vemos como ciudadanos y nuestra relación con el trabajo y la ética, cualquier cambio será superficial. Aquí es donde la advertencia del escritor Argentino Agustín Laje, cobra un sentido urgente: ‘Si ganamos la batalla cultural, habremos ganado el resto de las batallas’. No se trata solo de abrir el mercado, sino de ganar la guerra de las ideas contra el resentimiento y el estatismo que han atrofiado la mente de las nuevas generaciones. China triunfó porque sustituyó el dogma por el pragmatismo de la superación; nosotros solo saldremos del foso cuando entendamos que la verdadera libertad comienza por derrotar, en cada aula y en cada hogar, la cultura de la dependencia que el socialismo nos inoculó.
A mi juicio, como joven ciudadano, el éxito de China frente al fracaso de los regímenes de Maduro o la dictadura cubana demuestra que la prosperidad es hija de la libertad económica. El gigante asiático entendió que la soberanía de una nación se construye con producción y tecnología, no con retórica anticapitalista. Hoy, la brecha entre el brillo de Shanghái y las ruinas de La Habana, o el colapso económico de Venezuela, o la locura de Daniel Ortega en Nicaragua, es el recordatorio más contundente de que, cuando la ideología nefasta y mala choca con las leyes del mercado, es el pueblo el que termina pagando el precio de la terquedad de sus líderes.
T.S.U. George García Khiyami
Joven Ciudadano
Ig: @georgesg_khiyami
