
Se robaron la patria, desvalijaron la Republica, desmembraron la familia y arrebataron la última lágrima. Destrozaron el corazón y desplomaron el alma. No sé cómo escribir esto, lo hago como un golpe a la conciencia, porque están los que sucumben aniquilados por la carencia de todo y la abundancia de nada.
Ninguna ley de la naturaleza prepara para sepultar a un hijo asesinado por el hambre. Falleció un martes. O quizás un jueves. Qué importa, cuando el tiempo se detiene en la agonía. Tenía quince años y apenas pesaba diez kilos de promesas marchitas. Estudioso, alegre y cariñoso dibujaba pajaritos al margen del cuaderno. Murió con los ojos abiertos, como si en su último aliento aún aguardara un milagro que Venezuela le negó, y en ruinas no supo fabricarle.
No hubo ataúd, era un cajón de madera que la intemperie casi había consumido. El sacerdote no pudo bendecirlo, la gasolina no llegó, y su corona fúnebre, fue tallos de hierba seca arrancados del polvo. Nos arrodillamos, no pudimos llorar, teníamos la garganta seca como todo lo demás. Pedimos perdón por haberle prometido, que las cosas mejorarían.
El médico, bajó la mirada y exclamó: sanar es un lujo y la medicina un mito. Convirtiéndose en el mensajero de una sentencia que no firmó. Y cuando los galenos lloran en silencio; comprendí que no estamos en crisis, sino ante una crucifixión.
Trabajó su vida como maestra de escuela, y la pensión apenas alcanza para comprar dos kilos de harina. Y, cuando el corazón pierde vigor, improvisan una silla de ruedas, la llevan al hospital con una sonrisa que da vergüenza ajena de tanto que duele verla. Gracias, le dice a la enfermera que la recibe con doce horas de trabajo, y cuya remuneración es equivalente a la insignificancia. Tiene treinta años, solicitó visa para tres países; mientras espera, trabaja y sonríe, aprendió que la sonrisa es lo último que nadie le puede racionar.
El profesor da clases en un pizarrón viejo, sin tiza, donde faltan pupitres y el techo gotea. Lápices y cuadernos los facilita una papelería cercana. Sus alumnos entre ocho y doce años, vienen sin desayunar. Sabe cuál finge y cuál no se concentra. Ese, de diez años, su mamá trabaja dos turnos limpiando casas. Llega solo y se va solo.
Un joven con dieciocho años, no consigue trabajo. Salió de bachillerato con buenas notas, pero la universidad queda lejos, el pasaje cuesta lo que no tiene, y su papá está en lejanías enviando lo que puede. Pasa los días con sus amigos, no son malos, están en la misma situación; el país les cerró las puertas. Sueñan con ser alguien. Lo dicen sin ironía, con una seriedad que parte el espíritu, porque todavía no han aprendido a no soñar.
Los apagones llegan sin aviso y la familia saca velas con la parsimonia de lo habitual. Los niños hacen la tarea en la penumbra. Los enfermos dependientes rezan para que el apagón sea breve. El insuficiente renal, implora que la planta eléctrica funcione para dializarse. Así pasa el tiempo, esperando la visita del agua, haciendo cola para conseguir lo que no hay; esperando la respuesta de un arbitrario que se burla. Una vida de ciudadanos cansados, que aprendieron a esperar como se aprende a respirar, sin pensar.
Violar Derechos Humanos no es solo un calabozo de torturas. Es más perverso y cruel. Es una violación de la vida. Cuando se humilla al ciudadano se transgrede la memoria de la civilización. Se viola la muerte misma, y en Venezuela, hasta el derecho a morir con dignidad fue expropiado. No vengan insinceros a dar conferencias sobre Derechos Humanos, ataviados de elegancias en distinguidos salones, firmando resoluciones de fantasía, para justificar la inapetencia moral.
¿Y qué haces después? Caminé con los zapatos rotos, las uñas colmas de terruño y el alma en un morral remendado. Cruzando fronteras que miraban como se mira a quien viene a quitarte algo. Pagué con la poca dignidad que me quedaba, el derecho a respirar en otro lado. Y llegué a una ciudad sin sentimientos que me da techo, pero nunca patria. No sabe cómo se llama Venezuela.
Se quedaron los que ya no tienen que perder, salvo la memoria. Permanecieron los que sostienen con las manos lo que el Estado rompió con las suyas. Eso es lo que se pierde cuando se extravía un país. No solo la geografía. Se traspapela el contexto que te hace ser quién eres. El idioma de las cosas pequeñas; los olores del hogar, de la calle; el saludo de los amigos de toda la vida, el nombre que pronunciaban de cierta manera, el arraigo, la versión de uno mismo que solo existe en ese lugar.
Murió el tiempo donde la dignidad cabía en una taza de café; el vecino prestaba su hombro para socorrer y la infancia desconocía cómo medir el hambre en gramos de silencio. Lo asesinó la avaricia, soberbia, totalitarismo y una ideología criminal.
No escribo para que sientan lástima, lo hago para que duela, y sus lágrimas manchen estas letras. Que sientan a Venezuela y a los venezolanos. Que sus brazos perciban un cuerpo inerte cuyo peso es menor a un sueño. Y, en algún lugar, soporten la inaguantable vergüenza de olvidar. Detrás de cada cifra hay un nombre, con historia, con algo que amaba y tuvo que dejar. Si no pueden darnos justicia, al menos permitan llorar a través de sus ojos.
Si callo, dejo de ser humano. El llanto compartido es el último rastro de justicia y el único idioma que no necesita visa. Lo hago por los que se quedaron en el camino; los niños que no saben cómo se conjuga el verbo reír, y los ancianos que se marchan sin despedirse. Estamos obligados a recordar, que la peor tragedia no es perderlo todo; la verdadera atrocidad es cuando se vuelve costumbre. Eso, es la destrucción humana.
@ArmandoMartini

