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Hoy nos embarga una tristeza profunda que trasciende las fronteras de nuestra geografía y cala en lo más hondo del alma nacional. Ha partido Doña Carmen Navas, y con su partida, el pueblo de Venezuela pierde a una de sus figuras más dignas, desgarradoras y ejemplares: la de una madre que encarnó, con silenciosa entereza, el calvario de miles de hogares venezolanos.
Para quienes tuvimos el doloroso honor de conocer de cerca su lucha, Doña Carmen no fue solo la madre de Víctor Quero Navas; se convirtió en un símbolo de resistencia y amor incondicional. Fue esa madre abnegada que, mes tras mes, año tras año, intentaba extraer fuerzas de la nada, intentaba levantar la mirada a pesar del inmenso dolor que sacudía su cuerpo y su espíritu debido a la desaparición forzada de su amado hijo.
Ningún ser humano debería estar destinado a soportar la tortura de la incertidumbre y la injusticia. A su hijo Víctor se lo arrebataron y lo mataron cruelmente. Fue un acto de barbarie que no solo segó una vida joven, sino que inició un proceso de lento y despiadado desgaste para Doña Carmen. A ella, en medio de ese horrendo secuestro, de la impunidad y la desaparición de su hijo, le fueron arrebatando la existencia poco a poco. Le robaron la paz, le confiscaron los amaneceres y le tiñeron la vida de un luto perpetuo.
Este sufrimiento indecible, que se prolongó en el tiempo ante la mirada indolente de la justicia, terminó por vencer sus fuerzas físicas. El cuerpo de Doña Carmen se rindió, exhausto de tanto batallar contra la corriente del olvido, y su alma se fue despidiendo lentamente, en medio de semejante tragedia familiar que es, al mismo tiempo, una tragedia colectiva para nuestro país.
En nombre de todos los venezolanos que hoy lloramos su partida, y que compartimos la herida abierta de la persecución, el secuestro y la impunidad, Junto a mi esposa Mitzy, queremos hacer llegar nuestras más sentidas palabras de pésame a sus familiares, amigos y a todos aquellos que la acompañaron en su incansable búsqueda de justicia.
Doña Carmen ya no sufre. Hoy su alma se eleva, libre de las cadenas de este mundo cruel, y nos queda la fe de que finalmente se ha reencontrado con su hijo Víctor, allá donde la injusticia de los hombres no puede alcanzarlos y donde la paz es eterna.
Tu lucha no ha sido en vano, Doña Carmen. Tu dolor es nuestro dolor, y tu memoria nos obliga a no descansar hasta que la justicia y la verdad imperen en nuestra amada Venezuela.
Descansa en paz, madre coraje.
AntonioLedezma.net

