Venezuela identifica un nuevo mosquito capaz de transmitir malaria en una zona minera

Venezuela identifica un nuevo mosquito capaz de transmitir malaria en una zona minera

Minería en Venezuela, el 22 de enero.
Matias Delacroix (AP)

 

Ítalo Pizarro es profesor y líder de la comunidad indígena pemón San Miguel de Betania. Nunca ha sido minero, pero vive rodeado de minas en el municipio Sifontes del estado Bolívar, Venezuela, uno de los epicentros tanto de esta actividad como de la transmisión de malaria en el país. Él la ha tenido cinco veces, las tres últimas en 2015, 2016 y 2017. Hoy la enfermedad le preocupa de nuevo: una alumna de cinco años tiene malaria por octava vez y su madre, por décimo quinta.

Por elpais.com





El nuevo hallazgo

La malaria es una enfermedad que se transmite principalmente por la picadura de un mosquito Anopheles infectado con alguna de las cinco especies de parásitos que causan la enfermedad. El Plasmodium vivax, uno de los menos agresivos, ha sido la causa predominante en Venezuela. Sin embargo, desde hace unos años, un grupo de científicos venezolanos ha detectado en Sifontes el mosquito Nyssorhynchus rondoniensis, otro vector eficiente para albergar y transportar al parásito Plasmodium falciparum; precisamente la especie que genera la mayor morbilidad y mortalidad por malaria en el mundo.

No es para alarmarse. Poco más del 1% de los mosquitos está infectado de P. falciparum. Además, como precisa María Eugenia Grillet, bióloga y coordinadora de la investigación, este origen de la malaria en Venezuela no es nuevo. “Es posible que el mosquito Ny. Rondoniensis ya haya estado allí desde hace años, alimentándose principalmente de sangre de animales, y lo estábamos mal identificando. Pero ahora, con técnicas moleculares, pudimos tener un mejor foco de su taxonomía”.

Fue así como, hasta recientemente, lograron detectar al mosquito en Venezuela, uno que antes —y pese a la gran distancia geográfica— solo se había registrado en el oeste de Brasil, en los estados Acre y Rondônia, donde fue encontrado por primera vez en 2022 por un grupo de científicos brasileños liderados por Maria Anice Mureb. En ese caso, el mosquito no estaba infectado.

Jorge Moreno, entomólogo de campo especialista en malaria y control de vectores, cuenta que, en Venezuela, el hallazgo fue casual: “Lo que se estaba estudiando es la población del mosquito Anopheles darlingi, el vector principal del continente americano, y su relación con el paisaje. Este mosquito está restringido a los estados del sur, ya no existe en la zona centro-norte costera de Venezuela. Pero apareció este otro al hacer el procesamiento”, comenta. Las muestras de los mosquitos recolectados en 2017, 2022 y 2023 fueron enviadas al Centro Wadsworth, en Estados Unidos. Los resultados confirmando la detección de Ny. Rondoniensis en Venezuela fueron publicados en la revista Acta Tropica.

Nuevo mosquito; hábitat no tan nuevo

El estudio se hizo en las aldeas mineras informales El Granzón, Tierra Blanca y San Rafael, que son asentamientos mineros mixtos cuyas infraestructuras de vivienda y servicios resultan de un híbrido entre la planificación y la espontaneidad cerca del eje carretero de Sifontes. También fueron parte del estudio los asentamientos rurales típicos Puerto Beco, Pelota, Payapal y Morrocoy, con estructuras físicas y sociales permanentes. Las aldeas, comenta Moreno, “ya no son zonas estrictamente mineras o estrictamente indígenas”. Gracias al estudio, agrega, “también se ve la relación de la actividad minera, la población de anofelinos y la malaria”.

Si cambió la urbanización, también lo hizo Ny. Rondoniensis. El primer rasgo de su nuevo comportamiento es que puede tener su primera fase de desarrollo en pozos de minería y cualquier depósito de agua, y no solo en aguas naturales y extensas como lo había requerido hasta ahora. Otro cambio es que resiste la sequía, de allí que también fuera detectado durante esta estación. Además, no solo fue localizado en bordes forestales, sino en espacios peridomésticos, es decir, los que rodean las viviendas y que son un área de transición entre las casas y el entorno minero o el natural. En otras palabras, eso significa que el mosquito ya no tiene que entrar a las viviendas para picar. A diferencia de los otros Anopheles, el Ny. Rondoniensis mantiene su actividad de picadura toda la noche y no solo en las primeras horas al anochecer.

Para Grillet y Moreno, hay varias señales de que la especie posiblemente comienza su proceso de colonización en otro hábitat, lo que hará que el mosquito cambie en abundancia y composición, sobre todo porque se trata de un área amazónica cada vez más deforestada por la minería indiscriminada.

El mismo problema

Aunque son escasos los datos oficiales públicos de las autoridades sanitarias venezolanas sobre el control de malaria, la enfermedad persiste y los habitantes de las comunidades como Pizarro la padecen o la ven. Armando Obdola, líder pemón y presidente de la ONG Kapé Kapé, dedicada a potenciar el desarrollo sostenible de los pueblos indígenas, cuenta que sí hay aumento de contagios de malaria y los relaciona con la movilidad humana interna. “Como la minería pasó de ser informal a tener características medio formales, ahorita hay mayor disponibilidad de gasolina y aumentan las máquinas y el transporte. Entonces, a Sifontes llegan muchas personas de otros municipios, de otros estados, y el mosquito ya está ahí y muerde ahí, muerde allá, todos se infectan y ahí está la propagación”.

Pizarro coincide con Obdola en lo urgente que es controlar la minería por todo lo que ocasiona en materia sanitaria: falta de seguimiento de contagios, mayor dotación de insumos, personal especializado para chequeos y atención, acciones de prevención y tratamientos, y centros de salud equipados. Una fuente local que pidió anonimato resume lo urgente del control: “Vivo a unos 12 kilómetros de una mina y hay otra a 10 kilómetros de donde trabajo. Todas nuestras comunidades de Sifontes están arropadas de intereses mineros”.

Venezuela ha sido uno de los países más afectados por la malaria en América. En 2017 concentró más de la mitad de los casos de la región, un 53 %, de acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud. Ese año, se registraron 456 muertes por malaria en el país. Casi una década después, y aún en emergencia humanitaria compleja, la enfermedad sigue siendo un desafío. El reciente Boletín Epidemiológico Nacional no publica los fallecimientos por malaria, pero indica que en la última semana de marzo 2026 se registraron 25.259 casos acumulados, lo que representa un aumento de 8,3% con respecto al mismo período del 2025. Además, 16.962 son casos del estado Bolívar.

La fase de enero 2024 a diciembre 2026 del Plan Nacional de Eliminación de la Malaria espera reducir al menos en un 60 % la morbilidad y la mortalidad nacional por malaria con respecto a 2022. Lo busca hacer a través de áreas priorizadas; entre esas, el municipio Sifontes.

Con el fin de conocer los esfuerzos nacionales sobre el control de malaria en las zonas endémicas venezolanas, se contactó a Mariana Hidalgo, jefa del Laboratorio de Inmunoparasitología del Centro de Microbiología y Biología Celular del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, y al líder pemón Donald Martínez, coordinador regional del Instituto de Salud Pública del estado Bolívar. Para el cierre de esta nota no se obtuvo respuesta.

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