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En Venezuela, el poder ha pretendido fabricar una etiqueta gastada para descalificar a quien hoy encarna la esperanza más genuina de cambio. Durante más de dos décadas, han intentado imponer la falacia de que María Corina Machado es una líder “ultrarradical”; una suerte de figura vengativa y peligrosa, supuestamente dispuesta a desatar persecuciones. Sin embargo, esta narrativa —febrilmente repetida por el aparato de propaganda del régimen y falsos opositores— no resiste el más mínimo contraste con la realidad.
Hablo desde la experiencia. He vivido en carne propia la persecución, el secuestro y el cautiverio a manos de una corporación criminal que no tolera la disidencia. Por eso, sé reconocer con precisión quirúrgica dónde reside la verdadera radicalidad y dónde se esconde la impostura.
Vayamos a lo medular: ¿qué propone realmente María Corina Machado? ¿Acaso sus convocatorias apelan a la retaliación, al escarmiento o al desquite? Todo lo contrario. Su propuesta coincide plenamente con el anhelo del 90% de los venezolanos. Nunca como ahora había estado tan unido nuestro pueblo en torno a un liderazgo que permite mantener viva la esperanza y así esquivar otros derroteros en los que pudiera darse una explosión de emociones cargados de indignación.
Los venezolanos aspiran un país donde se pueda vivir en paz y con dignidad; donde las familias puedan acostarse con la certeza de que comerán tres veces al día; una nación que detenga y revierta el doloroso desgarramiento de la diáspora. En ese sentido, María Corina propone servicios públicos eficientes, escuelas que funcionen como verdaderos santuarios del progreso, y el respeto absoluto a los derechos humanos, a la libertad de expresión y a la propiedad privada como pilares fundamentales de la seguridad jurídica y el libre y sostenido desarrollo libre. El país que propone María Corina no es un país de retaliaciones, sino de instituciones; no es un territorio de odios, sino de oportunidades; no es una trinchera en donde se imponga “la ley del más fuerte”, sino una República donde imperen reglas claras, donde se respete la dignidad humana y donde nadie sea castigado por pensar distinto.
Por eso la pregunta es inevitable: ¿Quién es la radical? ¿La líder que propone elecciones libres, respeto a la propiedad, educación de calidad y prosperidad para todos? ¿La que garantiza justicia, cero impunidad, mas no venganza? ¿O quienes han destruido la economía, encarcelado a sus propios compañeros y expulsado a millones de venezolanos?
Eso no es radicalismo; es simple sentido común civilizado. Lo verdaderamente radical —en la acepción más abyecta y destructiva del término— es lo que Venezuela ha padecido en los últimos veintisiete años. A la vista tenemos un sistema que degradó la política a un a nivel de un pantano en donde los propios jerarcas se devoran entre sí. Hoy presenciamos, de forma palmaria, cómo quienes continúan persiguiendo y encarcelando en nombre de “la revolución”, hoy borran del mapa a sus propios exministros, militares, policías, “diplomáticos” y altos funcionarios. El canibalismo político es el sello indiscutible de su decadencia.
Los ejemplos sobran. Los mismos que colmaron de honores militares al general Hugo “El Pollo” Carvajal terminaron entregándolo a la justicia internacional. Quienes vistieron con ropajes de inmunidad y privilegios a Alex Saab, hoy lo instrumentalizan según las conveniencias del tablero político. La lista de piezas sacrificables es larga: Tareck El Aissami, Eulogio Del Pino o Nelson Martínez, todos exministros de “la revolución”, hoy sometidos al ostracismo, al silencio absoluto, a la prisión o a la muerte por quienes alguna vez ensalzaron y cohonestaron sus trapacerías.
En este sórdido teatro de simulaciones, el cinismo alcanza ribetes escandalosos. Es grotesco y repugnante observar cómo personajes como los hermanos Rodríguez se desdoblan sin pudor, adaptando su discurso al vaivén de las mareas del poder. Basta ejercer un poco de memoria —que, después de todo, es una forma de justicia— para recordar las encendidas loas que ambos dedicaban a Alex Saab, celebrando con estridencia su “rescate de las garras del imperio”. Si, de Alex Saab, colombiano de nacimiento, con nacionalidad y documentos venezolanos otorgados vía exprés, el mismo que fue elevado al rango de mártir de la patria, con cartera ministerial y credenciales de Embajador.
Hoy, la tramoya vuelve a quedar al descubierto: en esa estructura no hay convicciones, sino máscaras intercambiables. Detrás de cada discurso altisonante, solo se esconde el pánico de perder el control y la desesperada necesidad de autopreservación de una cúpula que se sabe acorralada por sus propias traiciones.
Debemos decirlo sin rodeos ni eufemismos que maquillen la tragedia: la naturaleza de este régimen no es ideológica ni doctrinaria. Es una corporación mafiosa que opera bajo los estrictos códigos del cálculo, la conveniencia mutua y la traición sistemática. Allí no existen lealtades, solo intereses transaccionales; no hay principios, solo pactos de silencio en la sombra. En ese “pozo de pirañas”, cualquier aliado, provenga de donde provenga, se vuelve desechable en el instante en que pierde utilidad.
Antonioledezma.net

