La difícil tarea de fundar una nación, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

La difícil tarea de fundar una nación, por @ArmandoMartini

Las naciones no mueren de un disparo; se consumen con lentitud. Se agotan entre la costumbre de la insuficiencia, degradación de las instituciones y resignación de los ciudadanos. Hay un instante, sin embargo, que una sociedad cansada deja de preguntar cuánto ha perdido y comienza a preguntarse cuánto está dispuesta a recuperar. Ese momento es el más delicado de todos, el de la reconstrucción.

Venezuela ha sido descrita como tragedia, experimento ideológico, emergencia humanitaria, colapso, crisis. Todas definiciones que contienen algo de verdad, pero ninguna alcanza el centro del problema. El drama no ha sido únicamente económico; también es moral, institucional y cultural. Un país puede sobrevivir a la pobreza, pero lo que destruye a una nación es convertir la anormalidad en costumbre.





Por ello, cualquier proyecto responsable de transición enfrenta una realidad incómoda, no basta sustituir a quienes ejercen el poder. Se requiere reconstruir los pilares invisibles sobre los que descansa una república; la confianza, autoridad legítima, seguridad jurídica y sentido de pertenencia.

Allí aparece la primera gran tensión histórica. Después de largos períodos de opresión, las sociedades desean, en simultáneo, dos cosas que no siempre van de la mano ni caminan juntas. Libertad y orden. Anhelan recuperar derechos y exigen seguridad; desean justicia, pero reclaman estabilidad; piden reconciliación, no obstante, conservan heridas demasiado profundas para olvidar con facilidad.

La reconstrucción nacional exige navegar esa contradicción. No hay economía que florezca cuando ilegalidades gobiernan territorios enteros; menos invertir donde los jueces responden a intereses políticos partidistas y de grupos privilegiados. Ni prosperidad si el ciudadano teme más al funcionario que al delincuente. La seguridad deja entonces de ser un asunto típico militar y se convierte en el punto de partida para cualquier recuperación seria.

Sin control territorial no existe Estado. Sin Estado no hay mercado. Y sin ambos, la libertad termina siendo una declaración poética escrita sobre papel mojado.

Las reconstrucciones fracasan cuando confunden firmeza con revancha. La historia latinoamericana ofrece suficientes cementerios políticos para recordar que la tentación del vencedor suele consistir en parecerse demasiado al derrotado. Quien reconstruye una democracia tiene una obligación más exigente que la de ganar; demostrar que el poder puede actuar con límites.

La justicia será necesaria. La impunidad no puede convertirse en política pública. No obstante, la ecuanimidad que pretende sanar, es imposible que se parezca a una extensión de la guerra. Debe ser fuerte sin convertirse en venganza y firme sin degenerar en persecución.

En el plano económico, el desafío es monumental. Décadas de destrucción productiva no desaparecen mediante consignas ni ceremonias políticas. El petróleo puede financiar la recuperación; difícilmente sustituirla. El recurso más valioso de una nación, además de sus recursos humanos y naturales. Es la confianza.

La que abre bancos antes que edificios. Atrae inversión antes que discursos. Trae de regreso al profesional y técnico que emigró, al que abandonó sueños, al que cerró u obligaron a cerrar su empresa y especialmente, al joven que dejó de creer. Sin ella, incluso miles de millones de dólares terminan evaporándose entre burocracias y promesas.

El aspecto más complejo de un proyecto de refundación, es la ilusión de que todo cambia de inmediato. Los pueblos que han sufrido demasiado esperan milagros porque la paciencia se agotó hace tiempo. Sin embargo, las naciones no se reconstruyen con la velocidad de una campaña electoral; lo hacen con la lentitud obstinada de una obra de ingeniería. Los escombros pueden retirarse rápidamente; las instituciones no.

La verdadera prueba de una transición política no será el lenguaje heroico de sus proclamaciones ni la contundencia de sus discursos. Será algo más sencillo y mucho más difícil, que el ciudadano vuelva a abrir un grifo y encuentre agua limpia; que pase el interruptor y disfrute un buen servicio eléctrico; que la ciudadanía disponga de un sistema de salud moderno y adecuado; que un maestro vuelva a enseñar con dignidad; y un jubilado deje de elegir entre comer o sobrevivir.

Porque al final las repúblicas no son salvadas por documentos grandiosos ni por promesas solemnes. Son rescatadas cuando la política abandona la teatralidad y vuelve a ocuparse de aquello para lo cual fue creada, hacer posible una vida digna y cultivar un futuro de excelencia.

Las revoluciones prometen paraísos. Las reconstrucciones, en cambio, comienzan reparando techos. Y quizás allí resida la diferencia entre el entusiasmo pasajero y la verdadera grandeza nacional.

@ArmandoMartini

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