
Cuando hablo de luz no me refiero sólo a la catástrofe eléctrica nacional, mezcla de corrupción, incompetencia y abandono. Me refiero a la luz como fuente de iluminación de los caminos que debemos transitar para salir de la hegemonía despótica y depredadora, ahora asimilada al concepto de protectorado petrolero que la Casa Blanca impone a la voluntad democrática nacional.
Luz en lo político, social y económico. Luz para el presente y el futuro. Carecemos de esa luz. Al poder establecido o reencauchado no le importa que no haya luz, es más así lo prefiere, porque la tiniebla favorece el continuismo.
Las luces están en la Constitución formalmente vigente. Pero los jefes del poder, sobre todo allá, no parecen muy interesados en encenderlas, es decir en impulsar la soberanía constitucional. Y a los jefezuelos de acá les aterra esa posibilidad, porque ya no tendrían cabida en la vida pública sino un destino de merecida justicia.
Mientras tanto los enchufes no sólo permanecen sino que aumentan, por obra de los nuevos negociados petroleros y de otra índole. Cambian algunos de los que sujetan los cables o de los beneficiarios del colosal latrocinio, pero el ecosistema de los enchufes no cambia.
Y no puede cambiar en el tiempo de la hegemonía, porque es el entramado que la sustenta. La libertad económica es el enemigo mortal del “enchufaje”. En el norte lo saben y se hacen la vista tan gorda, que levantan sanciones a personajes que deberían ser enjuiciados y condenados.
Sin embargo no es admisible que se difumine la esperanza en un cambio de raíz. La esperanza es el motor del cambio, y a pesar de todos los pesares debemos cuidarla y fortalecerla. ¿Cómo? Con la verdad por delante, sin miedo, porque la historia demuestra que la verdad nos hace libres.

