De la burla al desprecio, por Rafael Díaz Blanco  - LaPatilla.com

De la burla al desprecio, por Rafael Díaz Blanco 

En los inicios del Socialismo del siglo XXI el chavismo gobernante hablaba del “proceso”. Entonces, el proyecto político que ejecutaban respondía a una ensalada ideológica de ingredientes tan variados como el militarismo, el revolucionarismo, el marxismo, el bolivarianismo, y una buena dosis de populismo y resentimiento social. Con frecuencia, al destacarse, a veces unos y más tarde otros aspectos de sus contradictorios aderezos, se confundía fácilmente al observador que solo veía incoherencias entre pensamiento y acción. En realidad, lo contradictorio eran las ideas de Chávez que unida a la superficialidad de los escasos intelectuales que lo rodeaban, hacían del proceso una revolución imposible.

Desde los primeros años, la popularidad de Hugo Chávez, el deterioro de los liderazgos, aunado al empobrecimiento de la mayoría, alimentó las irreversibles demandas de cambio existentes permitiendo al gobernante desarrollar con éxito una estrategia de miedo que inhibía a importantes sectores nacionales. Así, Chávez avanzaba en su contradictorio proyecto político, a la par que iba tomando el control del Estado y sentaba las bases de una estructura represiva, en un ambiente de permanentemente confrontación que rechazaba toda posibilidad de acuerdo y consenso. Rápidamente, los adversarios se esfumaban, se subordinaban o simplemente convertidos en enemigos del proceso, de la patria, de la revolución “bonita”, eran destruidos.





Muy pronto, Hugo Chávez dispondría de los más grandes ingresos que ha tenido la república. En una desordenada distribución de recursos favorecería mejoras momentáneas en la vida de los venezolanos, auxiliaría a la empobrecida Cuba y financiaría la revolución imposible que ahora pretendía ser continental. La nueva “riqueza” también significó incremento de la corrupción que rápidamente se convirtió en característica predominante de la actividad gubernamental, en arma que compraba conciencia y promovía impunidad para conseguir lealtades y adeptos incondicionales. 

Los sectores populares que en su mayoría no habían votado por Chávez en 1998, disponían de “ayudas” estadales como nunca antes. La clase media accedía a dólares preferenciales para compras y vacaciones en el exterior en una suerte de narcotización que a muchos impedía ver la realidad y limitaba la protesta ciudadana. Algunos sectores, especialmente los financieros, aumentaban sus rentas a niveles que desdecían de un proyecto que se promocionaba como socialista.

Chávez se burlaba de todos y muchos festejaban. Se burló de la Constitución del 61 y de la del 99 por él promovida, de las leyes, de nuestro pensamiento, de nuestra inteligencia y de nuestra ignorancia, de nuestra historia y de nuestras creencias. Se burló de todo el mundo o de casi todo el mundo, diría Álvaro Uribe. Se burló de la comunidad internacional, de los gobiernos democráticos, de sus líderes, de sus organizaciones, de los acuerdos de integración. Se burló de los militares, convertidos primero en vendedores de verduras y después en militantes políticos, verdugos u operadores corruptos. Se burló de los productores del campo a quienes prometió la regularización de la propiedad y después despojó de sus tierras. Se burló de nuestras convicciones democráticas, de nuestras marchas y protestas. Se burló de los partidos políticos de oposición, y de quienes alguna vez lo acompañaron o fueron sus mentores o mecenas. Se burló de nuestras creencias religiosas, de nuestros pastores y obispos. Se burló de los medios de comunicación, de los periodistas y de la opinión pública. Se burló de los ricos, pero sobre todo de los más pobres, de los indígenas, de la mujer venezolana, de los niños de la calle.

Más adelante, vendría Maduro y vimos marcharse del terruño, como nunca en nuestra historia, a buena parte de la población, generando sufrimiento y dolor permanente. Una dictadura postmoderna se configuraba en un país empobrecido, con una clase media que desaparecía y una clase privilegiada integrada por los conductores del régimen, enchufados, alacranes y chavistas invisibles, que se beneficiaban de lo que iba quedando de la riqueza nacional. El proceso que quiso ser revolución se fue convirtiendo en una estructura criminal transnacional destacándose por la represión, la crueldad y el poder transformado en dinero para la casta gobernante que mutaba la burla por desprecio a todos y sobre todo a los más pobres, a los que más sufrían.

Hoy, cuando el Socialismo del siglo XXI está totalmente desdibujado se arrodillan al tutelaje norteamericano dejando atrás su tan cacareado antimperialismo colocándose a la vanguardia de una especie de nueva doctrina Monroe, tantas veces cuestionada. Las consignas altisonantes de ayer se cambian por un murmullo o se olvidan. Bolívar luce ausente, Chavez ni siquiera vive y Maduro no vuelve. En camaleónico estilo el uniforme rojo, rojito de otros tiempos desaparece. Cambia de color al igual que el miedo de acera. Mientras tanto, los venezolanos soñamos con el reencuentro de todos y la reconstrucción de un país saqueado y destrozado.

Hoy, en la etapa final del régimen, sin apoyo popular, abandonado por sus aliados internacionales, en un ambiente de traiciones, sumisos ante el gigante del norte al cual se dirigen en un tono respetuoso muy cauteloso. Sus tropelías son desenmascaradas, la crueldad sin límites comprobada, los discursos ideológicos desaparecidos. No obstante, permanece el doble discurso, la actitud mentirosa, arrogante, de quien está convencido de sus habilidades para salirse siempre con la suya. El engaño transformado ha convertido la burla de ayer en desprecio a todos, sobre todo a los que más sufren, a los más pobres, presentándose hoy como la característica primordial de un régimen criminal que se niega a reconocer estar su última etapa. Valencia, España, mayo de 2026.

@rafidiaz [email protected] alzandolavoz.wixsite.com/rafidiaz 

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