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Desde el momento mismo que Hugo Chávez se burló del solemne acto de juramentación al asumir el cargo como primer mandatario, al llamar “moribunda” a la constitución vigente, esa misma cuyas garantías, a pesar de ser él un asesino golpista, le permitió convertirse en presidente, era obvio y reiterativo el absoluto desprecio que tenía por el ordenamiento jurídico y el estado de derecho en Venezuela. Por lo tanto, nadie, después de semejante afrenta, nadie podría sorprenderse de lo que vendría.
Hubo mucha gente culta, formada, inteligente, con experiencia política, que genuina, ingenua y hasta irresponsablemente, creyó y convenció a otros no tan cultos y expertos, que era una idea genial llevar a un militar mediocre a la posición de presidente, como solución a la coyuntura política que atravesaba Venezuela en ese entonces, cuyos planes (según se supo luego de la investigación de sus golpes fallidos, porque el del 27/11/1992 fue de su misma gente), eran asesinar al presidente junto a toda su familia y quienes se interpusieran en esa operación, capturar a los dirigentes políticos del país, para llevarlos al estadio universitario y, al estilo de Fidel y el Ché, someterlos unos “juicios populares”, para fusilarlos allí mismo.
La única y tristemente perdida oportunidad en que se pudo remediar ese error histórico, fue el 11/04/2002, pero, una vez más, la clase política y el alto mando militar, se equivocaron en sus decisiones, permitiendo que Chávez regresara al poder tan solo 48 horas luego. Pero el Chávez que regresó, aprendió de sus errores y actuó en consecuencia: Populismo para la gente con sus “misiones”; control absoluto de todos los poderes e instituciones clave y destruir la FAN, “lo cual acertó” parafraseando al famoso almirante Lucas Rincón.
Al transcurrir los años y, aunque el diagnóstico para muchos de nosotros era obvio: No se trataba de un problema ni una situación “política”, sino de la toma del poder por parte de un grupo de delincuentes, coludidos con narcotraficantes, integrantes del Foro de Sao Paulo, guerrilleros colombianos y Fidel Castro como titiritero. Razón por la cual, la solución no podría ser política, democrática ni civilizada, pues se requeriría de una fuerza abrumadoramente superior a la de ellos para prevalecer y sacarlos del poder continuamente usurpado. Pero a quienes proponíamos esas acciones nos llamaron extremistas.
Mientras tanto, dentro del país, la enquistada clase política, generadora del monstruo, junto con ese ente abstracto denominado “comunidad internacional” y sus instituciones (OEA en lo regional y ONU a escala global), hicieron exactamente lo que han hecho para resolver nuestra terrible situación: Nada.
Detrás de cada intento del pueblo en la calle, que puso sangre, sudor y lágrimas para sacar al tirano de turno, “casualmente” justo en momentos en que ya el régimen estaba a punto de colapsar, surgían diálogos, mesas de negociación y entrábamos en un período de hibernación, el pueblo desmovilizado y el régimen oxigenado para retomar siempre peores medidas de represión y violencia.
24 años luego de los sucesos de abril de 2002, tras cientos de asesinados, miles de heridos, secuestrados, desaparecidos y exiliados. No se sabe cuántos millones de dólares robados y, ahora sí, con la evidencia de lo ocurrido en las elecciones del 28/07/2024, finalmente se comprendió que la solución era justo esa que se había planteado… y llegó el 03/01/2026, las fuerzas armadas norteamericanas avasallaron las escuetas defensas militares, se llevaron al dictador y su mujer y cambiaron el estado de las cosas.
En esta ecuación faltaba ese hecho de fuerza que el régimen falló en predecir en su evaluación de riesgos, pero eso es problema de ellos y no es mi intención analizarlo. Que, al concretarse, produjo no solo la consecuencia concreta, tangible, traducida en una aplastante y humillante derrota militar, sino, además, cuando el vencedor establece cómo va a ejercer su victoria, queda un tutelaje y, por ende, una capacidad efectiva de disuasión que impide al interinato cometer las tropelías y crímenes de lesa humanidad de forma masiva y pública a que estaba cómodamente acostumbrado. Nos corresponde actuar, no solo observar, de brazos cruzados, cómo la administración Trump ejecuta las 3 fases hasta que llegue la democracia.
¿Estamos agradecidos con el gobierno norteamericano? Sí. ¿Deseamos construir y consolidar una relación favorable para todos? Sí. Pero el trabajo interno nos corresponde a nosotros: Organizar, crear alianzas, un nuevo pacto social, reconstruir, arriesgarnos…Gobernar.
Sabemos que existen amenazas reales, inminentes, y no podemos cometer el mismo error que el régimen al subestimar la capacidad de daño que representa la presencia de terroristas, guerrilleros, carteles del narcotráfico y hampa organizada. Hay que identificar, ubicar y neutralizar a cada una de ellas. Y nuestro deber es combinar fuerzas con los aliados regionales para evitar que tan solo los saquemos del territorio para que se vayan a otro por aquí cerca, no, hay que eliminarlos. Es decir, no podemos ni queremos que otros se arriesguen mientras nosotros miramos, porque, tal vez, esa será la forma en que los policías y militares venezolanos se reivindiquen ante el pueblo y, aunque sea en parte, limpien esa inmensa mancha en sus historias institucionales, en su honor.
Por todo esto, cuando escuchamos que “se necesita tiempo” para realizar los cambios que garanticen la recuperación real del control, la estabilidad del país, eso se entiende. Pero, dentro de lo lógico, razonable y justo, debemos integrarnos al esfuerzo norteamericano y definir con precisión cuánto tiempo será y, una vez decidida una fecha cierta, eliminada la incertidumbre respecto a qué nos depara el futuro, la situación de todos cambiará, porque la certeza genera tranquilidad.
Junto a todo lo anterior, es imprescindible que se hagan los ajustes económicos que reduzcan el peso de la carga que la inflación y devaluación permanentes ejercen sobre todos nosotros, dentro de lo que sea posible y viable, porque solo nosotros sabemos lo que significa no tener recursos para comprar alimentos o solucionar alguna situación de salud, mientras vemos que anuncian que se han vendido no se cuántos barriles de petróleo y otras tantas toneladas de oro: Eso no significa nada para quien no sabe de dónde va a sacar dinero para comer mañana.
Estamos listos para actuar.

