“Un día común, puede transformarse en un día extraordinario que marque un antes y un después”
Muchas veces, la vida se puede desarrollar de manera mecánica, acostumbrándonos a actuar de forma repetitiva una y otra vez; despertar, salir, trabajar, regresar al hogar, hacer los oficios diarios, y luego dormir, para el día siguiente, volver a comenzar. Y tal situación, puede transformarse en algo desagradable o tedioso, pero…, ¿cómo se entendería alguna de esas actividades “normales” si se tuviera el conocimiento de que pudiera ser la última vez que la realizarás?, ¿afectaría saber que ese saludo diario que das a un amigo o a un vecino podría ser la última vez que lo hagas?, es decir, es el mismo saludo, pero solo que en un contexto distinto, y con esa nueva realidad, muy probablemente, lo que antes se hacía sin valorar, tal vez en esa posible última ocasión, se haga dándole mucho más valor.
Y tomando en cuenta esta reflexión, me gustaría recordar, un evento muy importante que considero justo y necesario mencionar, ¡un evento crucial!; que marcó un antes y un después. Un día que, como tantos otros, comenzó con un amanecer, y concluyó con la inevitable llegada de la noche; pero que, ¡para muchísimas personas!, fue un día que quedó grabado en sus memorias para siempre, y que hizo que sus vidas no volvieran a vivirse de la misma manera. Y ese día fue el Desembarco de Normandía: el conocido como “día D”.
Hace 82 años se estaba desarrollando lo que se conoció como la “Segunda Guerra Mundial”. Una situación terrible que produjo millones de muertes, y que sumergió a gran parte del planeta en las tinieblas del “autoritarismo militar”. La guerra se encontraba desbordada en todos los continentes, las balas y las bombas intentaban imponer voluntades, ¡imponer tiranos!, y la lucha por la libertad no parecía ser una opción, sino que era el más necesario de los deberes. Y unos de los puntos focales de esa guerra fue Europa, el viejo continente.
Las tropas del dictador Adolfo Hitler dominaban el suelo continental europeo casi por completo, desde hace varios años tenían el control sobre los países ocupados, imponiendo sus “leyes”, las cuales carecían de legitimidad (porque lo legal, no es necesariamente legítimo o justo) y de una forma atroz, buscaban acabar no solo con cualquier resquicio de libertad, sino que buscaban eliminar cualquier partícula de esperanza en la población sometida. Pero como bien la historia ha demostrado a lo largo de los siglos: aunque la noche sea terriblemente oscura, siempre habrá un amanecer, siempre brillará la luz sobre las tinieblas. Y eso fue precisamente lo que ocurrió.
El 6 de junio de 1944 las costas de Normandía en Francia, atestiguaron como las tropas del ejército Aliado, ¡haciendo un esfuerzo casi sobrehumano!, tomaron acciones dignas de ser recordadas hoy 82 años después; ¡escribiendo sus nombres con sangre y fuego en vez de tinta!, en las páginas de la historia de la humanidad. Ese día confluyeron de manera organizada, ¡y cuasi simultánea!, miles de barcos, aviones, paracaidistas, y tropas de infantería, en lo que ha sido la mayor operación militar anfibia de la historia.
Los actos ocurridos en Normandía han sido estudiados a lo largo de los años, por lo que a la fecha actual existen muchos resúmenes históricos, que puntualizan las cifras: cantidades de heridos, ¡cantidades de fallecidos!, cantidades de viudas y de huérfanos, ¡cantidad de desaparecidos!, y de muchos otros datos estadísticos. Pero, aunque los números son muy importantes, y nos permiten tener un panorama de la situación; hoy me gustaría enfocar más la atención en las “cualidades”, en los pensamientos y emociones que tantas, ¡pero tantas personas!, experimentaron ese día; porque ese día, ¡ese gran día!, el mundo entero contuvo el aliento.
De acuerdo a diversas fuentes, los datos, aun con algunas variaciones, guardan gran consistencia en las cantidades. Es así que al consultar a la Commonwealth War Graves Commission (Comisión de Tumbas de Guerra de la Commonwealth) se aprecia que el “Día D”, las tropas aliadas movilizaron a más de 150.000 soldados; más de 7.000 barcos; y más de 11.000 aviones; estimando en alrededor de 9.000 las muertes de soldados solo ese día. Y al consultar a la BBC de Londres, se puede observar que las estimaciones oscilan alrededor de 156.000 soldados; cerca de 7.000 embarcaciones; y aproximadamente 10.000 vehículos; y que adicionalmente el Mando Militar Aliado, se había preparado para recibir alrededor de unos 10.000 fallecidos y unos 30,000 heridos.
Pero como mencione antes, más allá de los datos cuantitativos, hay que prestar atención a esas características cualitativas que fueron percibidas por los sentidos de las personas que protagonizaron ese día. Nombres como Utah, Omaha, Gold, Juno, y Sword, con los que se designaban a las playas donde se desembarcarían, ¡resonaban muy fuerte!, tanto en la mente de los militares y civiles involucrados, ¡como por los estallidos de las municiones de todos los calibres posibles! Ese “día D” tan esperado, conocido militarmente con el nombre clave de “Operación Overlord”: había comenzado, y ese comienzo no era más que el principio del fin para el régimen de terror de Hitler…
Ese día la Mar estaba muy embravecida, el viento golpeaba con muchísima fuerza, y las olas podían arrebatar vidas antes de que se detonara el primer disparo. El clima era tan terrible que el ejército de Hitler, pensó que con tan inclemente clima, sería imposible que los Aliados intentaran desembarcar bajo esas condiciones. Pero bajo esas circunstancias, el ejército Aliado comenzó la Gran Invasión. Y tanto civiles como militares vieron de frente a la muerte, interponiéndose hacia la libertad; y con un valor incalculable lo arriesgaron todo, por tan preciada meta. Siendo que, efectivamente, muchísimos de esos participantes, perdieron la vida bajo tan terribles sufrimientos terrenos, en una batalla de hermandad entre soldados que ofrecían su vida, frente al “Muro Atlántico” que intentaba proteger a la tiranía.
Cuenta la historia, que la noche previa al desembarco, el Primer Ministro Winston Churchill le mencionó a su esposa, que para la mañana siguiente podrían encontrarse con unos 20.000 muertos aproximadamente. Y narra también la historia que el designado como “Comandante Supremo” del Mando Aliado en Europa, el General Dwight D. Eisenhower, con nervios encendía un cigarrillo con otro que acababa de terminar; pero aun así, se mantenía firme en sus labores y pasaba revista personalmente, conversando un poco con los soldados que formarían parte de la primera oleada, mientras el reloj iba marcando paso a paso el tiempo restante para el comienzo de aquella tan sangrienta batalla.
Por todos estos hechos que se conmemoran el 06 de junio, se imprimió una gran huella en la memoria de la humanidad; y tal acontecimiento, es imprescindible mantenerlo como un recuerdo vivo y latente, porque ese día, ese gran día, se luchó fuertemente contra el Mal personificado en el ejército de Hitler. Y tan grande esfuerzo y sacrificio debe servir para seguir inspirando a las generaciones siguientes, a luchar con entrega y sacrificio por la libertad. Y demostrando en ese contexto “mundial” que la libertad es un bien que no es exclusivo de algunos países, sino que ¡todos los países del mundo!, están llamados a buscarla y conseguirla.
Y dentro de ese mismo contexto mundial, uno de esos países, que ha recibido el llamado a luchar por alcanzar, ¡y afianzar la libertad!: es nuestra patria Venezuela. Una tierra que luego de la segunda guerra mundial, sirvió como un hogar que acogió a miles de familias que venían de sufrir en carne propia los estragos de la guerra, y que resaltaba como un lugar de prosperidad presente y con gran proyección de futuro, haciéndola muy apetecible para viajar y establecerse en ella.
Por tales motivos ese recuerdo de Normandía, tiene que demostrar a la nación venezolana, que por muy terrible que sea un sistema tiránico, luego de surgir un punto de inflexión, ese régimen comienza su derrumbe y su desmantelamiento. Por eso, ¡hoy más que nunca antes!, el pueblo venezolano, habiendo encontrado ya ese punto de inflexión, ¡debe trabajar en conjunto!, hombro a hombro, mano a mano, uniendo esfuerzos, ¡porque unidos somos mejores!; y de esa forma sumar esfuerzos y sacrificios, hoy, mañana y los días que sean necesarios, hasta lograr alcanzar esa meta, tanto para las generaciones presentes, como para las generaciones futuras.

