
“Siempre vamos a cometer errores, pero que sean nuevos.” Enunciado que debería estar inscrito en la cúpula de parlamentos y academias. Parece una invitación al desorden, una licencia para la irresponsabilidad, coartada de un país que pudo ser futuro y eligió el ocaso. Sin embargo, encierra una verdad exigente sobre la condición humana y el arte de gobernar.
La frase contiene dos mandamientos. El primero es humilde y realista, libera al hombre público de la hipocresía de la infalibilidad. Quien gobierna y jura no errar, miente o no ha gobernado aún. El error no es accidente evitable; es un compañero de viaje. Lo que separa al buen líder del malo no es la ausencia de errores, sino la disposición a reconocerlos y la rapidez para corregirlos.
El segundo es revolucionario, procura hacer errores nuevos. Repetir viejas faltas no es un error, es idiotez; peor aún, cobardía disfrazada de experiencia. El político que tropieza dos veces con la misma piedra no es aprendiz, es dogmático, enemigo de la historia cuando confunde sus certezas con leyes eternas. La perfección es un espejismo de tiranos y una promesa de fanáticos.
La historia está satisfecha de fracasos reutilizados, proteccionismo ineficaz, pureza ideológica glotona de sí misma, mesianismos que prometieron paraísos y entregaron violaciones a los Derechos Humanos. No son errores nuevos. Son cadáveres con ropajes contemporáneos.
Los grandes estadistas, artistas y científicos se han atrevido a fracasar de forma original. Innovar, es exponerse a lo desconocido, y lo inexplorado, no viene con manual de instrucciones. Cuando los padres de la democracia moderna, que algunos calificaban de experimento extravagante, ensayaron el sufragio universal, cometieron desaciertos inéditos porque nadie había gobernado antes para todos. Cuando la separación de poderes era una herejía constitucional y el Estado de bienestar una locura suicida. Esos errores fecundos abrieron caminos, aportaron al conocimiento de la civilización; el repetido, es deuda impagada con los que ya sufrieron sus consecuencias.
Venezuela ofrece una ilustración dolorosa de lo que ocurre cuando una nación se obstina en repetir los mismos errores esperando resultados distintos. Pactos agotados, la ilusión del rentismo eterno, un autoritarismo disfrazado de revolución y una oposición que adoptó los mismos vicios que combatía. La fe en soluciones mágicas sustituyó la construcción paciente de instituciones. La tragedia no ha sido solo el sufrimiento del pueblo, sino la esterilidad de esos fracasos, una larga cadena de desaciertos hasta el absurdo.
Si algo enseñan la ruina y la diáspora, es que el pecado no es equivocarse, sino insistir en lo mismo hasta confundirlo con identidad. Venezuela no necesita iluminados; precisa lectura honesta de su historia reciente. Intentar una transición negociada y seria, con garantías, aunque pueda fracasar por difícil, costosa e imperfecta; sería, al menos, un error nuevo.
El país está en la obligación de ensayar acuerdos donde hubo desprecio, atreverse a reconstruir confianza sobre los escombros de la traición, explorar economías mixtas que no sean ni estatismo devorador ni liberalismo abstracto. Practicar la dignidad del tropiezo inédito en lugar de la humillación del calcado, porque el error repetido, es una decisión.
El progreso no consiste en acertar, sino en aprender. Una sociedad libre permite ensayar, equivocarse y corregir sin que el proceso se convierta en catástrofe. La dictadura, en cambio, exige aciertos absolutos y convierte cualquier desviación en herejía, asesinando las posibilidades nuevas para congelar lo viejo bajo la máscara de la mesura imperecedera.
Al ciudadano le corresponde entender que su juicio sobre los gobernantes no puede ser la exigencia de perfección imposible. Si cada error público se trata como crimen, nadie se atreverá a intentar nada nuevo. Gobernará entonces la mediocridad cautelosa, repetidora de añejas recetas. Esa es la peor de las tiranías; la seguridad estéril.
Quienes ejercen la cosa pública y los que juzgan desde la tribuna ciudadana no deben cacarear aciertos; deben prometer errores distintos, dignos de un tiempo nuevo. Al final, el hombre no tiene naturaleza, sino historia; no una crónica de clarividencias, sino el relato de los errores que supo superar y de los nuevos que tuvo el coraje de cometer.
La frase que motiva este ensayo, no es un consuelo. Es la exigencia de pudor y estudio mínimo para no reciclar la desgracia y el infortunio. Repetir el mismo error con entusiasmo, convicción y represión, demuestra pereza intelectual y mucha ignorancia. Equivocarse es inevitable, humano, pero la única manera de avanzar, en la conciencia de que, alguien aprenderá del tropiezo igual como deberíamos haber aprendido de los anteriores. La descripción más honesta que conocemos del progreso.
@ArmandoMartini

