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Todavía es pronto, nos dice el comedido análisis de The Washington Post, para que el entusiasmo invada los salones de la toma de decisiones en Washington. La cooperación circunstancial de Caracas, esa cortesía nacida más del miedo que de la convicción tras la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, no ha bastado para disipar la bruma de desconfianza que envuelve a la nación venezolana. Allí abajo, en el llano cálido y la refinería exhausta, se juega una partida donde las fichas son promesas y el tablero, un campo minado por la historia.
La interina Delcy Rodríguez ha aprendido el arte de la conversación cortés con los enviados de Trump, o más exactamente el viejo oficio de doblarse para no partirse. Ha liberado a algunos presos, ha alisado ciertos papeles burocráticos, ha recibido el elogio protocolario de secretarios y generales. La administración estadounidense sueña con cien mil millones de dólares reanimando la moribunda infraestructura energética. Pero las empresas petroleras, esas criaturas frías que miden cada paso con la vara del retorno, no se dejan seducir por gestos. El petróleo pesado, el más abundante en las entrañas del país, exige décadas para dar fruto, y la historia reciente —esa maestra implacable— recuerda las expropiaciones, las confiscaciones, el 2007 humeante de Chávez.
Se han cambiado leyes de hidrocarburos y minería. Se habla de mediación en Hong Kong, no de tribunales estadounidenses. Pero un detalle pequeño, una cláusula venenosa persiste: el derecho del Estado a rescindir contratos ante “actos de desestabilización política”. Ambigüedad letal, margen para la futura rapiña. Exxon y ConocoPhillips negocian con la memoria del despojo; Chevron expande sus operaciones con cautela de cirujano sin meterse las manos en los bolsillos. Sus directivos, Lance y Wirth, hablan con la franqueza de quien ha visto arder sus activos: hacen falta reformas más profundas, condiciones que impidan la apropiación del 95% bajo el disfraz de la ley.
Pero Delcy no solo mira hacia el norte. Por dentro, las presiones la cercan como un cerco de lanzas: no domina del todo a las fuerzas de seguridad, Diosdado gruñe a lo interno, ni a los colectivos; sus aliados de izquierda le recriminan el acercamiento a Washington; debe alimentar a treinta millones de almas mientras simula prepararse para unas elecciones que prometió y cuyo fantasma la sostiene y la vulnera. Porque el origen de su poder es también su condena: nació de unas elecciones robadas al lado de Maduro, y esa ilegitimidad original envenena cualquier contrato.
Trump, que aprendió de Irak que no debe desmantelar del todo al antiguo régimen, ha optado por cooptar los restos del chavismo. Pero toda lección mal digerida puede volverse cárcel. La democracia imperfecta, advierte el Post, es condición necesaria para la estabilidad duradera. Ninguna foto con altos funcionarios borrará el hecho incómodo: Delcy manda porque ella y su antiguo jefe fraguaron un fraude. Y mientras ese origen precario persista, la inversión norteamericana seguirá siendo un náufrago que mira el horizonte sin atreverse a tocar tierra. No basta la cortesía. Se requieren urnas reales. Solo entonces el capital podrá distinguir, entre la bruma, un camino que no termine en el abismo: elecciones presidenciales con CNE independiente y garantías electorales.

