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El significado de la permanencia en el poder no es novedoso para los venezolanos. Sin embargo, los riesgos asociados y su utilidad práctica pueden ser revisadas a profundidad con el propósito de establecer si existe alguna ventaja real en su aplicación. En realidad, la humanidad ya ha experimentado (y con severas consecuencias) este tipo de expresiones en el poder político y militar.
En la época de emperadores, reyes y conquistadores (en general monarcas líderes indiscutibles de los acontecimientos), la perpetuidad no solo era una aceptación del rol de protector sino también una necesidad administrativa de la época.
En la propia República de Venezuela entre los años 1961 y 1999, existió la figura de senador vitalicio. Si bien sus actuaciones se enmarcaban en las discusiones de la cámara de senadores y sus opiniones podían ser consideradas orientadoras, no tenían el mismo alcance que las de un legislador electo por votación popular y, por supuesto, estaban bien alejadas de las acciones del poder ejecutivo nacional.
En buena parte de la historia republicana, en medio de muchos vaivenes, el concepto de democracia generó un frenesí de postulaciones. Siempre se avanzó en el marco de un sistema que obligaba a la alternancia: una reelección presidencial debía esperar un período constitucional entero, y además, se permitía solo una vez más. Como era de esperarse, todas las instituciones (incluyendo las universidades y gremios) mantenían dichos procesos electorales bajo una metodología adecuada.
Durante las últimas dos décadas, no hay claridad si fue una manzana podrida la que corrompió a las demás, o si muchas manzanas podridas generaron el entorno ideal para llegar y perpetuarse en el poder, afectando a distintos niveles y tipos de instituciones.
La suma de las presiones gubernamentales, el deterioro económico, el efecto pandemia y la subversión provocada desde todos los estamentos del poder público, derivó en la consagración de figuras que optaron por mantenerse en sus cargos mucho más allá del vencimiento de sus mandatos. Este fenómeno hasta el día de hoy, parece haber extraviado los propios intereses y funciones de sus estructuras.
Existen varias justificaciones para este fenómeno, pero ninguna es válida, legítima o legal. De hecho, algunas resultan más descabelladas que otras: la supuesta falta de relevos apropiados, la escasez de tiempo para organizar nuevos procesos, la ausencia de postulaciones o, simplemente, la falta de un momento oportuno. Sin embargo, la excusa más utilizada (a veces pública, a veces velada) es aquella de: “solo yo o nosotros somos los únicos capaces”. Bajo estos argumentos, parecería que ninguna otra persona posee la venia espiritual para asumir la labor que otros se han venido adjudicando.
Todo esto ha ocurrido al amparo, la complacencia y también complicidad para normalizar la situación nacional. Una desproporción que no solo limitó la capacidad de las organizaciones para crecer, replantarse, evaluarse y/o evolucionar; sino que constituyó una verdadera afrenta a las partes interesadas y exigentes de una buena gestión.
En fin, esperemos que este tipo de virus endémico, pueda de un momento a otro abandonar los cuerpos, mentes y ambiciones de muchos.

