
Donald Trump ha construido su carrera y liderazgo desafiando lo que burócratas consideran “inevitable”. La audacia puede ser una virtud y tiene mérito. Sin atrevimiento la política es un desfile de bostezos, sin reformas, cambios ni transformaciones profundas. Sin embargo, existe una sutil pero vital diferencia entre nadar contra la corriente y frenar un río desbordado. Lo primero es valentía; lo segundo inútil.
En Venezuela, y los que observan con la curiosidad de quien estudia lo psiquiátrico, hay un clamor que raya en la exasperación, ¡queremos elecciones! La pregunta ya no es si deben realizarse, sino cuándo. Y mientras los estrategas estiran el almanaque, el costo político engorda a un ritmo que ni la hiperinflación logra igualar.
En la geopolítica del desastre, los gobiernos transitorios o intervenciones foráneas sobreviven bajo una regla rudimentaria; el ciudadano perdona el hambre de hoy si le pones fecha exacta a la libertad de mañana. Entrega resultados y te concederán paciencia. Pero quítales el calendario, y las mejores intenciones se transforman en ocupación sospechosa. Los pueblos, aceptan el purgatorio como estación de tránsito, pero se niegan a firmar un contrato de alquiler a perpetuidad.
Llevamos décadas coleccionando promesas incumplidas de reconstrucción, estabilización y transiciones mágicas. El venezolano ya no juzga discursos; sino hechos y realidades. Cualquier dilación en devolverle el poder al votante transmite un mensaje perverso; la voluntad popular es un adorno de segunda mesa. Una democracia sólida no se edifica sobre semejante premisa.
Washington, donde se teje nuestro destino con una mezcla de interés geopolítico y distracción crónica, enfrenta una realidad imposible de ignorar. Mercados, inversores y aliados de ocasión exigen legitimidad. Se intenta vender el cuento de que primero hay que lograr “estabilidad perfecta” y luego votar. La estabilidad no sustituye a la democracia; la requiere, la complementa.
Jugar al misterio es un suicidio. Mientras la expectativa electoral está vigente, hay cohesión. Pero al poner la fecha en pausa, se verá cómo germina la indocilidad, la traición de pasillo. Sin horizonte claro, la coalición se pudre, surgen divisiones de sobremesa y los resentimientos florecen. La irresolución es el abono de los oportunistas. Trump, Rubio y sus asesores conocen el valor de la fuerza política, conscientes que el capital político tiene fecha de caducidad y, en el trópico, el calor se descompone rápido.
Estados Unidos pontifica sobre la democracia como el pilar de su influencia. Cometen errores, cambian de estrategia, revisan prioridades. Pero cuando la democracia deja de ser el destino urgente para convertirse en un trámite incómodo que se puede postergar, la contradicción es bochornosa, difícil de explicar. Sus adversarios globales toman nota y ríen. Dilatar el voto es regalarles el argumento de que, para el Norte, la democracia es un principio inamovible cuando conviene. La batalla por la legitimidad también se libra en el terreno de las percepciones.
Para Venezuela, en este sumidero histórico, el voto dejó de ser un procedimiento administrativo. Hoy es un exorcismo. Es el acto visceral, simbólico y político de restaurar la confianza violada, una necesidad de desagravio pacífico que ninguna reforma leguleya institucional puede sustituir. El país no quiere participar; quiere cobrar.
Gobernar es, en esencia, administrar el desastre y gestionar imperfecciones. Exigir condiciones prístinas para llamar a elecciones es una estratagema para no convocarlas nunca. Y, sobre que la estabilidad debe consolidarse, y luego llamar al sufragio; contiene parte de verdad. No obstante, siempre habrá problemas por resolver, instituciones por fortalecer, amenazas por neutralizar, reformas pendientes, corruptos por apresar, mafias por desarticular y cañerías por soldar. La estabilidad perfecta nunca llega, y esperar el escenario ideal, las votaciones serán en cualquier día por venir.
Estados Unidos tiene el peso para acelerar procesos, ejercer presión, negociar acuerdos e impulsar cambios. Lo que no tiene es el derecho a darle largas a una aspiración nacional. La historia, que cultiva un sentido del humor negro, no espera por indecisos. Ignorar el tiempo no robustece a ninguna coalición; aminora la esperanza. Y ningún arreglo de cúpulas, por bendecido, es más fuerte que la voluntad y anhelo de un pueblo harto de ser el conejillo de indias de su propia desgracia.
El “todavía no”, de excusas, tiranos y diplomacia, no espera a pesar de los intentos. La historia es paciente, pero inexorable. Cuando Venezuela reclama elecciones, no se trata de una demanda política, sino de la expresión elemental de soberanía popular. Ignorarla, no fortalece; debilita. Ningún gobierno persiste por encima del arrojo perseverante de quien ambiciona decidir su futuro.
@ArmandoMartini

