
En 2021, después de más de 30 años juntos, Alan Hickenbottom y su esposa solicitaron el divorcio, pero él sigue creyendo que su matrimonio fue un éxito.
Sus primeros años juntos fueron divertidos y emocionantes. Se unieron por su amor compartido por los libros y el arte, y al deseo de hacer el bien en el mundo. (Hickenbottom, de 67 años, trabajó en el sector de energías renovables durante décadas; su exesposa fue maestra y bibliotecaria escolar.)
Después se dedicaron con entusiasmo a la crianza de sus dos hijos, dijo él. Pero, como suele pasar, cuando los chicos se fueron a la universidad, Hickenbottom se dio cuenta de que él y su esposa eran más bien como colegas y compañeros de departamento que como pareja romántica.
Dos años de terapia de pareja no arreglaron las cosas.
“No quería menospreciar la vida que habíamos construido, pero esa no era la forma en la que quería vivir”, dijo Hickenbottom.
Podría tener otros 40 años por delante, pensó. “¿Qué quiero hacer?”, recordó haberse preguntado.
Hickenbottom no es de ninguna manera el único sesentón que ha decidido separarse a raíz de ese tipo de cuestionamiento existencial. Las tasas de “divorcio gris” —las separaciones entre personas de 50 años o más— han aumentado de forma considerable en Estados Unidos, y se duplicaron entre 1990 y 2010. Aunque esas tasas se han estabilizado desde la pandemia, casi el 40 por ciento de los divorcios actuales ocurren entre personas de 50 años o más.
Lea más en The New York Times

