
Para el momento en que escribo estás líneas, han transcurrido 8 días del terremoto. Las noticias siguen siendo desgarradoras, y eso que solo contamos con una parte de la información considerando las limitaciones que impone la censura a los medios de comunicación nacionales y extranjeros, todo parece indicar que el número total de fallecidos será de horror y el trauma colectivo difícilmente se podrá superar.
Lo que genera mayor preocupación es que al desastre natural se le sume el desastre humanitario que supone la persistencia de un gobierno de facto. La propia naturaleza de un gobierno establecido de espaldas a la voluntad general expresada en las elecciones de 2024 consiste en que su prioridad absoluta es su conservación y no la gente ni sus intereses. Por ejemplo, antes de declarar el reinicio de las clases en el sistema educativo, un gobierno democrático, sustentado en el respaldo de las mayorías, ordenaría la inspección técnica de las escuelas, en conjunto con los cuerpos de bomberos de cada municipio y el Colegio de Ingenieros de Venezuela, para tranquilidad de las familias y el regreso seguro de los niños a clase. Un gobierno autoritario, seguro declarará el reinicio de clases sin tomar dichas previsiones o, peor, aparentará tomarlas, porque su prioridad será demostrar, a los ojos de sus amos de Washington, al emperador Trump, que son la garantía de estabilidad que requiere la industria extractivista internacional. Si una escuela le cae encima, por una réplica o por daños estructurales, a un número indeterminado de niños será un daño colateral más, no dolerá al gobierno como si lo sufrirán sus familias.
Lo triste de todo esto es que estás líneas serán ignoradas por el gobierno, en sus tres niveles, porque ellos no leen artículos, solo las métricas de Instagram o Tik Tok. O, si ocurre el milagro de una lectura casual, el alcalde o el gobernador dirá, si acaso, que nuestras opiniones son una especie de nube negra, que hay que ser optimistas, que “aquí nadie se rinde” y que eso de pensar en desgracias futuras es de mal agüero. Como de mal agüero fueron todos los estudios que con años de anticipación siempre han dicho y redicho que Venezuela es un país sísmico y con fallas activas que la atraviesan de cabo a rabo.
Hoy finaliza el periodo que la constitución exige para hacer un llamado a elecciones, esa misma constitución que los venezolanos aprobaron por voto popular, pero lo previsible es que será violada, ignorada y desechada porque al emperador y a su “gobernadora” le conviene más, a efectos de sus negocios compartidos, que una república se convierta en colonia sin disparar un tiro.
Si el emperador Trump y a su desafortunado asistente, Marco Rubio, no desean la vergüenza internacional de amparar una dictadura por motivaciones fútiles, que comprueben su compromiso democrático. ¿Cómo lo pueden hacer? Sencillo: permitan el regreso de María Corina Machado porque su liderazgo, ampliamente legitimado, es el único capaz de garantizar una transición segura y ordenada hacia la democracia. Los venezolanos siempre hemos sido buenos aliados y vecinos de todo el hemisferio, pero en calidad de ciudadanos libres e independientes, soberanos y con capacidad de gestionar nuestros recursos bajo una premisa fundamental: primero Venezuela.
Julio Castellanos / [email protected] / @rockypolitica

