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La democracia no se decreta desde el poder; nace de la voluntad soberana de un pueblo decidido a ser libre.
Hay fechas que trascienden el calendario y se convierten en capítulos imborrables de la historia de una nación. El 28 de julio de 2024 es una de ellas. Ese día, millones de venezolanos salieron a las urnas con una convicción inquebrantable: exigir un cambio político por la vía democrática y abrir el camino hacia la recuperación de la República.
El paso del tiempo no ha borrado ese anhelo. Al contrario, lo ha fortalecido. Porque cuando un pueblo decide defender la democracia, ninguna maniobra política, ninguna institución sometida al poder y ninguna estrategia de intimidación pueden eliminar la aspiración colectiva de vivir en libertad.
En ese proceso, el liderazgo de María Corina Machado ha representado una referencia para amplios sectores de la sociedad venezolana. Su capacidad de convocar, organizar y sostener un mensaje de cambio ha mantenido viva la esperanza de quienes creen que Venezuela solo podrá reconstruirse con instituciones independientes, respeto al voto y pleno Estado de derecho.
Pero la democracia no puede sostenerse sobre instituciones cuya independencia es cuestionada por buena parte del país. Venezuela necesita un Consejo Nacional Electoral renovado, imparcial y confiable; un Tribunal Supremo de Justicia que responda únicamente a la Constitución; la devolución de las tarjetas electorales a las legítimas autoridades de los partidos políticos; el levantamiento de las inhabilitaciones que restringen la participación y garantías reales para que todas las fuerzas democráticas puedan competir en igualdad de condiciones.
Sin esas reformas, cualquier proceso electoral seguirá enfrentando dudas sobre su capacidad para reflejar plenamente la voluntad ciudadana.
Desde la perspectiva de la oposición democrática, la administración encabezada por Delcy Rodríguez simboliza la continuidad de un modelo político que ha concentrado poder, debilitado la institucionalidad y profundizado la crisis nacional. Ningún discurso oficial puede ocultar el deterioro de los servicios públicos, la migración de millones de venezolanos, el empobrecimiento de las familias y el reclamo persistente de un país que exige un rumbo distinto.
El poder puede administrar el miedo durante un tiempo, pero jamás podrá gobernar indefinidamente sobre la esperanza de un pueblo decidido a cambiar su destino.
La historia demuestra que las naciones no se transforman por concesiones del poder, sino por la firmeza de ciudadanos que se niegan a renunciar a sus derechos. Venezuela no necesita más confrontación estéril; necesita instituciones creíbles, justicia independiente, pluralismo político y elecciones en las que cada voto sea respetado.
El 28 de julio no es solamente un recuerdo. Es un compromiso con el futuro. Es la demostración de que la voluntad democrática sigue viva y de que ningún venezolano debe conformarse con un país donde las reglas del juego favorezcan únicamente a quienes ejercen el poder.
La libertad no se mendiga. La democracia no se simula. La República no se negocia.
Se recupera con organización, con coraje y con la decisión de millones de venezolanos que siguen creyendo que el cambio es posible.
Anthony Hernández

