
Lo primero que vino a mi mente mientras veía la última película del realizador, Christopher Nolan, fue la imagen de mi querido y apreciado profesor de literatura griega, León Algisi. Todo un semestre universitario leyendo, estancia por estancia, los dos extensos poemas que la tradición literaria atribuye a Homero: Ilíada y Odisea. Sin embargo, el erudito helenista nos sorprendió con una curiosa afirmación: “Desde mi perspectiva y por mis estudios, puedo afirmarles que muy posiblemente fue Helena, hija del aeda y músico popular, Museo, quien suministró a Homero las historias que desde hacía siglos los trovadores y demás poetas cantaban por los pueblos las glorias antiguas de la cultura griega. Era Helena, hija de Museo, quien poseía la cabra con dos lenguas; una que declamaba poesía y la otra, profecía.”
Sea cierto o no (-Yo siempre lo he creído), lo que sí parece verdad es que “Homero” (que significaría algo así como “el cegato”, “el prisionero”), era un nombre usado para asignarlo a un grupo de rapsodas (homéridas) dedicados a trasmitir las enseñanzas de la tradición y preservar la memoria oral de los grandes poetas. “Melesígenes sería el nombre del autor de los poemas, quien, al quedar ciego adoptó el apelativo de Homero”, sentenció cierta vez mi entrañable profesor. En todo caso, tanto la Ilíada como la Odisea son registros de historias que cantaban los poetas en la antigüedad, y como lo siguen haciendo nuestros decimistas en la actualidad, de hechos acontecidos en las comunidades.
Pero entremos a comentar la Odisea de Nolan. Sí, como he dejado entrever la Odisea recoge parte de la historia oral de la tradición griega antigua, y, por lo tanto, puede considerarse en su esencia como de autor anónimo puesto que son hechos, como toda obra poética antigua (la Biblia, entre ellos), trasmitidos de una a otra generación por vía oral. Y en este sentido, la oralidad ha transitado un largo y trascendente camino, mucho más rico y transformador que nuestra tradición literaria escrita. En este sentido, la película de Nolan tiene todo el derecho de ser presentada desde una perspectiva “personalísima” y de ahí su valor como aporte a la cinematografía. Nolan es uno de los cineastas más representativos de las últimas generaciones de buenos directores cinematográficos. Basta con mencionar obras de su autoría, como Oppenheimer o Tenet.
El filme aporta una extraordinaria serie de imágenes que crean verdaderos cuadros pictóricos, como la mirada que observamos desde el interior de la cueva hacia la entrada, mientras el cíclope gira la enorme piedra y deja entrar la luz. Esta y otras imágenes fotográficas, del aclamado fotógrafo Hoyte van Hoytema, quien usa cámaras IMAX de 70mm, nos hablan de un cuido extremo del ojo fotográfico que realzan la cinta. Por otra parte, el acompañamiento de la música con su ritmo monódico introduce al espectador en el mundo misterioso, antiguo y fantástico de las historias que suceden. Una muy buena instrumentación con efectos electrónicos que lleva a cabo el músico, Ludwig Göransson, ganador de varios premios.
Pero si en la película podemos encontrar y resaltar estos rasgos estéticos, la construcción de un guión absolutamente inconsistente, sesgadamente moralista y mediocre, debilita la totalidad del filme. Tomemos al menos dos aspectos, que son esenciales en la Odisea de Homero: el mar y la belleza.
La Odisea homérica tiene como telón de fondo la ondulación mediterránea. Quien ha leído el poema siente esa sal que impregna la piel. El mar es un actante (tomando el concepto de Todorov), un sujeto que habla en los versos del poeta. Está salpicada la obra por la variedad de sus aguas, por la leve brisa que se abre en la luz intensa de sus orillas. El mar es luz esencial, claridad marina, contraste de azules o celestes claridades en el Egeo o un poco más allá, en la intensidad del Adriático, el Jónico y el Tirreno. Sin embargo, el mar en la Odisea de Nolan aparece oscurecido y tenebroso, más hacia un mar nórdico, plano, inodoro e insípido, que apenas sirve para justificar la furia de Poseidón. Es un mar siempre oscurecido y de segundo plano, sin mayor trascendencia, marrón azulado. Y cuando aparece sosegado mojando los pies de una diosa “terapéutica”, Calipso, como la presenta Nolan, está metido en un encuadre anodino y banalizado. Es una escena ajena de toda sensualidad, el erotismo homérico tan recurrente en la obra literaria, se vuelve absolutamente thanático, mortecino, sin vida. El mar homérico es vida plena, viaje amniótico (esotérico) del héroe hacia el interior de sí mismo. Y es el espacio exterior, exotérico, telúrico donde el dios Poseidón lo pone a prueba.
Decíamos en líneas precedentes que la Helena de Museo poseía una cabra con dos lenguas: una de poesía y otra de profecía. Ello es simbólico porque la Odisea está cargada de poesía, que se basa en la construcción de vida eterna, es erótica en su esencia (de Eros). Pero Nolan, empeñado en desacralizar su puesta en escena cinematográfica, ya nos dice desde el subtítulo (Desafiar a los dioses) que su mirada es otra: psicológica/política. Y es psicológica, tanto la escena donde Odiseo se confiesa ante la “terapeuta” Calipso, con un guion discursiva y poéticamente pobre como políticamente hipócrita en la escena aburrida, innecesariamente larga y tediosa, del discurso anti bélico de Odiseo cuando habla con Penélope. Sin embargo, dos minutos después desata su violenta furia y venganza contra los pretendientes. Semejante contradicción no pareciera ser obra de Nolan, … ¿o sí? Por eso vemos al elenco de actores como encuadrados, prisioneros de parlamentos flojos, sin capacidad para darle vuelo a los personajes que encarnan.
Lo cumbre ocurre cuando Telémaco, quien nunca había conocido a su padre (habían pasado 20 años), en medio de la matanza con los pretendientes, desde un hoyo del techo, le grita: “¡Papá!” (en inglés, dad). Al menos desde el guion pudieron indicarle que dijera, señor u Odiseo. No es creíble ese grito. Indudablemente que no.
Dejo para el final el tema de la belleza. En la obra original y en todas las reinterpretaciones y versiones, tanto literarias como en el cine, la belleza griega es fundamento, piedra angular en la estética de la tradición helenística posterior. Y en el poema está representada, básicamente, con la figura de Helena de Esparta, que luego del rapto, por parte de Paris, viene llamada Helena de Troya. Este personaje resalta por su absoluta y universal belleza. Tanto que, en uno de los encuentros de las divinidades con el dios olímpico, Zeus, el supremo Dios promovió una justa de belleza (tal vez sea esta la primera elección mundial de la belleza), entre Hera, Atenea y Afrodita, siendo Paris quien seleccionaría a la bella entre las diosas, para que Zeus la otorgara la manzana de oro. Mientras Hera y Atenea le prometían la inmortalidad y las riquezas del mundo si las elegía, Afrodita le prometió que le otorgaría a la mortal más bella del mundo. Y el príncipe troyano eligió a Afrodita. Pero cuando Paris va a Esparta a reclamar a la bella Helena la encuentra casada con el rey Menelao. Ejerciendo su derecho a poseer a Helena (-y supuestamente con el consentimiento de ella), Paris rapta a Helena y se la lleva a Troya. Con ello se desata la terrible guerra que duraría 10 años (-tiempo calculado en años lunares). Si esto no fuera un asunto que implica razonamientos sobre arquetipos y análisis de la trascendencia humana; sería esta la primera “novela rosa de la humanidad”. Tanto en el poema como en otras versiones antiguas, Helena viene siempre designada como la suprema belleza (la de “hermosa cabellera”, canta Melesígenes). Helena no es solo bella, es una mujer astuta, desinhibida. Su belleza capturó, tanto a Teseo como a Menelao, a Aquiles, a Paris, a Deifobo e incluso al viejo rey Príamo. Tuvo al menos 9 hijos. Ello contrasta con su prima hermana, Penélope, fiel a su esposo y arquetipo de la fidelidad familiar. Sin embargo, y como siempre existen los chismes, hasta en los mitos; una tradición paralela señala que Penélope cedió a la tentación y se amancebó con Antinoo, e incluso, tuvo relaciones con los 108 pretendientes para “probar” su valentía y virilidad. De ello resultó el nacimiento del dios Pan (-que significa, “todo o de todos”).
La belleza está asumida como parte de la vida cotidiana entre los griegos. Ella es “proporcionalidad”, es estética pero también, ética, porque es rectitud, encuadre, tonalidad, descanso y, por lo tanto, su manifestación marca toda la cultura. La belleza es voz en boca del rapsoda que canta las virtudes, los principios que están en la “paideia” que educa en los cantos del poeta.
Pero Nolan sustrae la obra y la despoja de toda belleza. Queda la técnica cinematográfica que, en parte, salva la película a fuerza de imágenes, mientras todo espacio vacío se llena con el ruido de espadas, movimiento y escudos. La belleza que se aprecia en el silencio, queda apartada. La espada de una lectura sesgada de Nolan decapita a la diosa Atenea y con ello, los dioses retroceden, quedan a merced del raciocinio humano. Lo que fuimos, somos y seguiremos siendo es el mismo hombre, en su esencialidad, marcado por la mirada de una divinidad que siempre permanecerá cantándole al oído, susurrando su presencia.
Una acotación final: Es una película para ver una sola vez. Lo positivo: ha puesto a un gran público a leer y releer la Odisea. ¡Ya eso es algo bueno!
(*) [email protected] X @camilodeasis IG @camilodeasis1

