
Daniel Sancho lo tenía todo desde su nacimiento para llevar una vida privilegiada y feliz. Hijo y nieto de actores con una gran trayectoria a sus espaldas, la familia gozaba de una posición económica desahogada y cómoda. Un niño que creció de manera que tuvo todo lo que quería en cada momento. Como todo chaval de vida acomodada, le costaba saber qué quería hacer en la vida. Dejaba que los acontecimientos se sucedieran para que pasase el tiempo y no tener que tomar una decisión. Fue dando tumbos de manera desordenada, como solo lo pueden hacer quienes pueden perder el tiempo porque pueden pagar para que así sea. Su último capricho fue ser cocinero. Programas como MasterChef se pusieron de moda. Los cocineros eran las nuevas estrellas, casi más que las del cine, la música o el deporte. Le pagaron cursos de cocina especialmente caros que le vinieron muy bien para aprender a despiezar todo tipo de carnes. En el amor le iba bien; era un hombre que atraía las miradas de las mujeres y de los hombres por igual. Tenía una novia que estaba profundamente enamorada de él, pero eso no era suficiente para Daniel Sancho. Había que demostrárselo de manera material. Los besos y las caricias desaparecían y se hacían gaseosa una vez dados.
Daniel Sancho conoció a Edwin Arrieta, un cirujano plástico prestigioso y exitoso. Un colombiano que vivía bien y que se prendó del hijo y nieto de esa saga de actores. Sancho se dejó querer por sus recursos económicos: el cirujano colmaba todas sus necesidades y caprichos. Ya no se conformaba con que lo hicieran sus padres, y se buscó su particular sugar daddy. Tener novia en ese momento no se convirtió en un dilema moral, sino en hacer a cada momento lo que le apetecía, como siempre. Ser un consentido como única forma posible de entender su vida. Un hombre mayor que él, enamorado de su juventud y belleza, que no se conforma con las migajas que este le concede, y le va pidiendo más implicación. Daniel le va dando largas, pero hay veces que esas luces dejan de deslumbrar y solo se puede ver la nitidez de un amor no correspondido. La insistencia del cirujano se va haciendo insoportable para alguien acostumbrado a tener el control de lo que quiere y cuando lo desea. Se asusta, se ve entre la espada y la pared. No quiere que se enteren sus padres de esa relación, y tampoco que lo haga su novia. Es el momento en que saca provecho a su manera siniestra de la lección sobre cómo utilizar los cuchillos en esa prestigiosa academia gastronómica. Un despiece en Tailandia sin la literatura de la Inglaterra victoriana detrás de Jack el Destripador.
La justicia tailandesa lo condenó a cadena perpetua. Sancho la está cumpliendo en la cárcel de Surat Thani, una de las más peligrosas de Tailandia. El próximo 30 de agosto se cumplirán dos años de su estancia en ese lugar. El juicio del caso tuvo una repercusión mediática espectacular, y si ahora vuelve a ser noticia es porque recientemente se ha sabido que recibe cientos de cartas de amor en prisión. A este hecho se le denomina hibristofilia, una parafilia en la que una persona siente atracción romántica, sexual o emocional hacia individuos que han cometido delitos graves, actos violentos o crímenes atroces, como asesinatos o violaciones. En Estados Unidos han sido muy conocidos los casos de Ted Bundy, que mató a varias mujeres, pero eso no hizo que otras muchas le enviaran cartas. Incluso se llegó a casar con una de esas «admiradoras». Lo mismo le pasó a Charles Manson, que tuvo correspondencia romántica con varias mujeres durante décadas y llegó a comprometerse con una de ellas cuando tenía más de 80 años. O Jeffrey Dahmer, famoso más recientemente por la serie de televisión sobre sus «andanzas asesinas». Recibía constantes regalos, dinero y propuestas de matrimonio por parte de mujeres fascinadas por su historial violento, a pesar de la extrema gravedad de sus actos.
Le pregunto a mi amigo Joaquín Campos por todo esto. Él es el mayor experto en el caso Daniel Sancho. Ha publicado el mejor libro sobre el tema, Muerte en Tailandia. La verdadera historia de Daniel Sancho y Edwin Arrieta. Tanto en ese libro como en su canal de YouTube, donde cuenta las últimas novedades de Sancho en la cárcel, además de hablar de otros muchos temas interesantes con su manera única de hacerlo, me contó lo que sabía sobre estas cartas de amor. Me ratificó lo de las numerosas cartas enviadas por distintas mujeres a Daniel Sancho. Y que había una mujer española que había viajado hasta la cárcel tailandesa donde se encuentra para intentar verse con él. Se puso en contacto con Joaquín Campos para ver qué tenía que hacer para conseguirlo. Lo que no sabía ella, pero sí Joaquín, es que Daniel tiene restringidas las visitas por orden de su padre, Rodolfo Sancho. Como es una persona mediática, cree que se pueden aprovechar de él.
A Daniel Sancho le llegan cartas de muchos lugares del mundo. Campos me dice que lo recomendable es enviarlas en tailandés o, si no, en inglés, ya que algún trabajador de la prisión puede conocer ese idioma, ver de qué trata la carta y aceptar o no que llegue a su destinatario. Normalmente en estos casos dan el visto bueno, pero oficialmente la correspondencia a un preso debe estar escrita en tailandés y tener como máximo una extensión de quince líneas. Esta mujer española nadó para morir en la orilla y no llegar hasta su isla bonita. La isla de las cabezas cortadas y otros miembros. Amores troceados y a distancia. Lo que se lleva en el siglo XXI. Relaciones amorosas donde «cortar» no es dejarlo, sino imantar ese sentimiento. Y hacerlo por lo sano es lo que lo hace enfermizo.

