El aguacero y la intemperie: El régimen en cuenta regresiva, por José Luis Farías  - LaPatilla.com

El aguacero y la intemperie: El régimen en cuenta regresiva, por José Luis Farías 

Cayó sobre Caracas el cordonazo de San Francisco, esa lluvia pertinaz que en el calendario popular anuncia el fin del verano y el comienzo de las penurias. Y bajo ese aguacero marchó el PSUV, catorce años después de que Hugo Chávez cerrara su última campaña en la avenida Bolívar, cuando aún era posible confundir la enfermedad con la épica y la derrota con la siembra. Ahora la caminata terminaba en la esquina del Corazón de Jesús, como si el itinerario mismo quisiera decir algo que el discurso no se atrevía: que hay símbolos que se gastan, que hay nombres que ya no convocan, que hay multitudes que se desvanecen como se desvanece el humo de una fogata mal encendida.

La escuálida participación no era un secreto para nadie. Tampoco las ausencias: Jorge Rodríguez, entre muchos otros, brillaba por su falta, y esa ausencia pesaba más que cualquier presencia. En la tarima, Diosdado Cabello, flanqueado por Pedro Infante y la alcaldesa Carmen Meléndez, pronunció el discurso de cierre. Dijo que «esta revolución tiene largo aliento», que «nosotros convertimos las derrotas en victorias», que «nosotros nos adaptamos a las circunstancias». Frases que suenan a consigna pero que, en el contexto de una marcha deslucida, adquieren un tono casi elegíaco. Porque adaptarse a las circunstancias, cuando las circunstancias son adversas, puede ser sabiduría o puede ser resignación. Y convertir derrotas en victorias, cuando la derrota es evidente, puede ser retórica o puede ser autoengaño.





Cabello añadió que la tarea es «seguir acompañando a la presidenta Delcy Rodríguez en todos los frentes de batalla», y que el partido está listo para medirse en elecciones con quienes dicen tener 90 % en las encuestas. «No es tiempo de mezquindad», dijo. «Aquí nadie se puede caer a coba». Los «pata en el suelo» y los «monos», sentenció, «siempre le ganamos». Y recordó que el 4 de octubre de 2012, un Chávez enfermo insistió en recorrer la multitud pese a las obheciones de sus allegados. Pura retórica hueca, en la que no creen ni los más fanáticos. Porque evocar al líder muerto es, a veces, la forma más elegante de decir que el líder vivo ya no está. Y cuando la retórica se sostiene solo por inercia, cuando las palabras se pronuncian sin convicción, el discurso deja de ser un instrumento de poder y se convierte en un ritual de supervivencia.

Nicolás Maduro y Cilia Flores, nueve meses presos en Brooklyn, no fueron mencionados desde la tarima. ¿Prudencia, miedo o conveniencia? La pregunta queda flotando en el aire húmedo de la tarde. Algunos marchistas, en un ejercicio patético que rozaba lo surrealista, llevaban el bigote y pancartas por su liberación. El discurso oficialista, otrora pródigo en antiimperialismo, no contuvo ninguna línea contra el imperio. Ni una sola. Como si el enemigo ya no fuera necesario para explicar lo que pasa. Como si la intemperie fuera suficiente. Y es que el antiimperialismo, esa muletilla que durante años encendió el espíritu de las masas chavistas, ha dejado de funcionar cuando el enemigo ya no está afuera sino adentro, cuando la crisis no viene del Norte sino de la propia casa.

No se publicó cifra de asistencia. Sería penoso arriesgar un número, una evidencia demasiado clara de la declinación del régimen. En tiempos de esplendor, las cifras se inflaban sin pudor; ahora se ocultan con vergüenza. Es el signo de los tiempos: cuando la realidad se impone, la propaganda se retira. Y en ese silencio estadístico hay más elocuencia que en cualquier discurso. Por eso insisten en retrasar todo lo que puedan las elecciones presidenciales, tratando de desgastar el liderazgo de María Corina Machado, como si el tiempo fuera un aliado y no un verdugo. Pero el tiempo no juega para nadie: solo revela.

¿Se avecina un cisma que acelere su fin? Es posible. Las crisis de las organizaciones políticas rara vez son lineales; suelen avanzar por fracturas internas, por traiciones que se disfrazan de lealtad, por ambiciones que se esconden detrás de principios. ¿Qué lo frena? Probablemente una mezcla de clientelismo, complicidad, miedo. El miedo es un pegamento poderoso, pero también es un combustible volátil. Puede mantener unido lo que ya está roto, pero también puede incendiar lo que queda.

Lo que sí es seguro es que el régimen, como en el boxeo, está en conteo de protección. El árbitro ha empezado a contar. Los golpes no son visibles para todos, pero el cuerpo los registra. La respiración se acorta, las piernas tiemblan, la mirada se nubla. Y en ese momento, cuando el boxeador se levanta antes de los diez, nadie sabe si es porque aún tiene fuerzas o porque ya no sabe caer. Amanecerá y veremos. La frase, que parece una rendición, es en realidad una advertencia. Porque el amanecer no es neutro: ilumina lo que la noche ocultaba. Y lo que la noche oculta, a veces, es que el aguacero no limpia; solo moja. Y que el cordonazo de San Francisco no anuncia el fin de la tormenta, sino el comienzo de otra.

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